Una sima insondable: la enseñanza española en 2010
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 15 de marzo de 2010, 19:51h
Entre las delicias de la vida provinciana –compensadoras de aldeanismos atávicos y, a las veces, clientelismo insoportables- pocas pueden rivalizar con la proporcionada por una charla de café con un amigo o conocido de vuelta ya de casi todos los caminos, pero aún animado por la idealidad que sorbiera por todos los poros de su infancia y mocedad.
Esto le ha acontecido muy recientemente al cronista con un antiguo alumno de su más afamado discípulo, de activa, casi frenética vida política en otro tiempo y hoy retornado a la ciudad que rigiera desde su silla curial edilicia. Imantado por la enseñanza en todas sus vertientes docentes, no se resiste a lograr su médicamente obligada tranquilidad a cambio de pactar con el conformismo frente la situación hodierna de escuelas, colegios, Institutos y Universidades. Entre sus debilidades nunca figuró la claudicación moral ante las adversidades y las situaciones configuradas por un consenso de interés egoísta y apatía cívica. De ahí que su actitud cara al estado de las disciplinas sociales –las llamadas, en conjunto, en otro tiempo Humanidades- en nuestro país no pueda ser más crítica y, por consiguiente, más pesimista su postura respecto al nivel cultural de las generaciones que protagonizan gran parte del presente y lo harán en exclusiva del inmediato futuro. Su repertorio de dislates e indigencias del lado no sólo de alumnos sino también de profesores y catedráticos es tan denso como abrumador. Cruzado de algunas de las mejores causas de nuestro tiempo, se embarca ahora en la de la reforma a ultranza del sistema educativo, cuya “degradación acelerada” bloquea cualquier posibilidad de progreso real de la sociedad española. La vuelta a los viejos y acreditados usos de la disciplina y el esfuerzo constituye, en su sentir, el único recurso efectivo para desatascar el carro de nuestra enseñanza del lodazal de incuria, inoperancia y frivolidad en que se encuentra sumido.
Sin duda, será muy importante el refuerzo aportado por una personalidad de impecable pedigrí anticonservador a los diversos y escuálidos grupos que, atomizados y desubicados en una colectividad que los margina, se afanan aquí y allá por concienciar a sus conciudadanos de la hondura del cáncer que necrosa el tejido más vital de la existencia nacional al día de la fecha. La trillada acusación de casandristas y nostálgicos del tiempo ido de la dictadura franquista perderá la fuerza aplastante que en la actualidad disfruta, y su labor tendrá así menos obstáculos y quizá también más eco en medios hasta el momentos hostiles a sus prédicas.
Naturalmente, su esforzado trabajo en modo alguno podrá justificar la pasividad de los sectores y gentes observan con inembridable zozobra el despeñamiento de la enseñanza y ansían un revulsivo milagroso para detener su camino hacia el abismo. Una senda no del todo inaccesible y acaso exitosa estribaría en redoblar su anhelo ante sus representantes en el Congreso de los Diputados a fin de que, sin pretexto alguno, los dos grandes partidos del Parlamento no cejen hasta llegar en la presente legislatura a resultados tangibles y convincentes en el ordenamiento de los estudios primarios y secundarios. Todos los exvotos y declaraciones grandilocuentes acerca de la sociedad del conocimiento, de los daños irreversibles de la exclusión social y de la perentoriedad inesquivable de una productividad económica muy superior a la actual, se convertirían en cínico ejercicio de la peor retórica política si no damos a los niños y jóvenes una firme esperanza de plena realización personal a través de una educación digna de tal nombre.