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Un ser de cercanías

Mayte Ortega Gallego
martes 16 de marzo de 2010, 15:55h
Puede que a Umbral le hubiese hecho gracia mi juego de palabras. Él era más de Heidegger y más de lejanías. Un ser de cercanías es una definición en apariencia nada trascendente de alguien que ha cogido el tren de cercanías durante años y ha logrado despertarse en la parada exacta. Dejé de coger el tren hace meses. Lo tomé de nuevo la semana pasada y comprobé ciertos cambios. En las seis paradas que duró el trayecto pasaron cuatro personas por el vagón pidiendo dinero. Siempre las hubo, generalmente yonquis que tocaban la flauta y/o dejaban que la chica cantase algo por Camarón. Se prodigaban especialmente hasta El Pozo y Entrevías (a éste último intentaron quitarle peso tóxico añadiendo Asamblea de Madrid y no sé yo quién salió más intoxicado). Esta vez describo la secuencia de las reacciones en el vagón: desde la indiferencia hasta la conmiseración. Antes hubiese rodado alguna moneda. En estas cuatro ocasiones nadie dio nada. Incluída yo.

Hay que decir que no montaban en tren pero era común encontrar a sacerdotes rumanos (aire pope) pidiendo en las paradas del cercanías, sentados, con escapularios, estampitas y trajes algo mugrientos que te recordaban a la descripción que en las novelas españolas de la primera mitad del siglo veinte se hacía de los curas rurales.

Al cambiar el ser de cercanías por el ser de M-40, los mendicantes acuden al semáforo. Lo habrán observado: en todo el Paseo de la Castellana e inmediaciones hay un señor tullido, de barba, que arrastra su pierna entre los coches. Todos sabemos de la organización de las mafias, de la explotación que ejercen sobre la gente que mendiga por la calle, pero “franquiciar el mendicante” me parece una burla hacia “cliente potencial”. En una época de segmentación del mercado, ofrecer el mismo “producto” en cada una de las rotondas de la Castellana no parece muy acertado como posicionamiento de marca.

Es ésta una época en la que la gente se muestra contentísima por haber elucubrado palabras como “glocal”, fruto de una sesuda intersección de local y global y yo tengo que reconocer que “glocal” me hace pensar más bien en una marca de colutorio bucal-. Decía que en esta época de grandes descubrimientos lingúísticos yo también quiero aportar mi granito de arena y adopto la expresión “un ser de medianías”, porque he sido, soy y seré usuaria del tren de cercanías pero me siento cada vez más lejos de las cosas, cada vez más lejos de comprender por qué soy capaz de ironizar sobre alguien que pide en un semáforo y llamarlo “producto”, por qué me alejo de él como hombre, sin empatía alguna de especie.

Mayte Ortega Gallego

Coordinadora de programas de la Comisión Europea

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