Lula y los derechos humanos
Enrique Aguilar
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enrique_aguilarucaeduar/15/15/19/23
miércoles 17 de marzo de 2010, 20:53h
Una máxima reiterada entre los cultores de la Realpolitik es la que afirma que en política exterior no hay buena voluntad sino intereses que coinciden.
Mal que nos pese, esta máxima es la que parece presidir las acciones de todos los Estados, grandes o pequeños, en su relación con sus respectivos vecinos o demás miembros de la comunidad internacional. Si se trata o no de una regla inherente a la política misma es un interrogante que afecta directamente al eterno debate sobre el carácter subalternante de los principios morales o, dicho con otras palabras, sobre el lugar que en la política ocupa lo que Weber llamaba la ética de la convicción. Sin embargo, aquí me refiero tan sólo a la política exterior, ámbito donde tradicionalmente han pesado más las consideraciones pragmáticas o aun el cinismo de las partes.
Motiva esta reflexión el silencio del presidente Lula da Silva sobre la situación de los disidentes cubanos y, en particular, sobre la muerte del albañil Orlando Zapata Tamayo como consecuencia de una prolongada huelga de hambre. En lo personal, todo el respeto que me merece Lula por su condición de estadista y líder de la región se desvanece rápidamente ante la serie de imágenes que lo muestran departiendo entre risas con los hermanos Castro, responsables máximos de un régimen oprobioso que desconoce todos los derechos que seguramente el presidente brasileño hace valer en su país procurando su efectivo y no retórico ejercicio.
Por cierto que ningún jefe de Estado de América latina (con excepción, hasta donde conozco, de Sebastián Piñera) tuvo a bien elevar una voz de protesta por la muerte de Zapata (Lula llegó a compararlo indirectamente con un malhechor) o por las infames condiciones a las que son sometidos en Cuba los prisioneros políticos. Ni siquiera una supuesta abanderada de los derechos humanos como la presidenta argentina emitió declaraciones al respecto. Ingenuamente, empero, algunos esperábamos de Lula una actitud algo distinta, dados su propios orígenes y el papel central que le toca jugar en este lado del mundo. Es una lástima, que nos lleva a concluir con Mario Vargas Llosa que Lula no escapa al arquetipo del “mandatario democrático latinoamericano”, que no vacila en “cortejar a dictadores y demagogos” para no perder sus credenciales “progresistas” o quizá, en este caso particular, para no perjudicar los intereses de los inversores brasileños en la modernización del puerto de Mariel.
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Politólogo
ENRIQUE AGUILAR es director del Instituto de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Católica Argentina
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