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I. Marruecos: de la asociación con la Europa comunitaria al estatuto avanzado

jueves 18 de marzo de 2010, 19:21h
Poco podrá entenderse el tema del acuerdo euro-marroquí sobre el Estatuto Avanzado que se ratificó en la reciente cumbre (Granada, 7 de marzo de 2010) entre los dignatarios de la Unión europea y sus homólogos de Marruecos, si no se proyecta la luz que arrojan los precedentes. Veámoslos sucintamente.

De una parte, hay que recordar el tratamiento especial que Bruselas dispensó a los países del Magreb desde la terminación del proceso descolonizador. Botón de muestra de esta voluntad son los convenios de Lomé firmados entre 1963-1969, en los que Marruecos y Túnez ya figuran en calidad de interlocutores válidos y destinatarios privilegiados de los ajustes económicos entre la Comunidad europea y determinados países africanos, caribeños y extremo-orientales.

En puridad, Túnez y Marruecos fueron los darling de lo que, con el transcurso de los años, vendría a ser denominada Política Global Mediterránea. Marruecos, muy particularmente durante el reinado de Hassan II, se situó a la cabeza del pelotón en lo que a asociación con la eurozona concierne.

La voluntad manifiesta de Bruselas, a través de la Comisión, de aproximar los intereses mediterráneos compartidos por los países ribereños condujo a las reuniones de 4+5 (o sea, Francia, Italia, España y Portugal, de una parte/ los cinco Estados del Magreb, de otra). La Conferencia de Barcelona (1995) vino a cerrar una etapa de cooperación entre la eurozona con todo el ámbito árabe-israelí y turco del Mediterráneo. El balance de la operación está pendiente de establecimiento.

Paralelamente a este proceso de voluntad de incorporación del Magreb a la estructura e intereses europeos, recuérdese cómo se había venido desarrollando el “espíritu” de la Conferencia de Tánger (1958) en aras, siempre, de una Unión del Magreb Árabe (UMA), integradora de los jóvenes Estados emergentes de la descolonización. Un broche formal a esta nostalgia, con pompa y circunstancia inclusive, vino a ponerlo treinta y un años más tarde (1989) la Cumbre panmagrebí que se celebró en Marraques bajo los auspicios del trono alauí.

Sin embargo, la retórica unionista en el Magreb estuvo marcada siempre por un conjunto de diferendos territoriales y pugnaces rivalidades ancestrales que han venido gobernando las relaciones intermagrebíes hasta el día de la fecha. En concreto, hay una de ellas que abona el distanciamiento entre Rabat y Argel, con el contencioso sahariano por medio.

Mientras que durante los años 90 del siglo pasado, Argelia se precipitó hacia el abismo de un conflicto complejo entre el Frente de Liberación Islámico y sucedáneos, de una parte, y el establecimiento militar y político de aquella República, de otra, Marruecos, por el contrario, vino a abrirse por entonces -siquiera fuese en parva medida- a varios intentos de liberalización y adecentamiento jurídico -de fachada con frecuencia- durante los últimos años del reinado de Hassan II y los primeros de su hijo y sucesor en el trono, Mohamed VI.

De cara a las expectativas de Bruselas a lo largo del primer decenio, de arranque, del siglo XXI, Marruecos no ha dejado de revisar su pasado -dichos “años de plomo”-; de potenciar los derechos humanos -aunque burlados en ocasiones-; y de configurar recientemente una Comisión Consultiva para la Regionalización del Reino. Comisión, a propósito, que preside Omar Azziman, último embajador de Marruecos en España, y que ha sido un dechado de caballerosidad y tacto a lo largo de los cinco años de duración de su misión diplomática entre nosotros.

Dirijamos ahora nuestra atención al recorrido hecho por las autoridades del país vecino entre 2002-2010 para colocar con acierto los pilares de descarga que soporten las consecuencias que tendría una mayor aproximación del norte de África a una Unión europea un tanto metida en zozobras de diversa causalidad desde hace unos cuantos años.

Recordemos, además, que la implantación de una autonomía en el Sahara occidental implicará para el territorio de la nación un replanteamiento general de su deficiente configuración democrática.
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