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Empleo para hoy, hipoteca para mañana

José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
viernes 19 de marzo de 2010, 16:32h
Existe desde hace ya mucho tiempo una insana mitificación de la “creación de empleo”, que no es más que el anverso de una moneda que por la otra cara tiene al fantasma del paro. Las encuestas, ante la pregunta “¿Cuál es su mayor preocupación actualmente?” siempre suelen dar un importante lugar al desempleo. Cuando resulta que una de las causas de que éste nos de tanto miedo es el no poder afrontar las deudas, de lo que se debería deducir que es la amenaza del impago la que nos preocupa.

Esa fiebre por la creación de empleo es irracional. Los seres humanos no necesitan un puesto de trabajo, muchos de ellos detestan el suyo y pocos están dispuestos a disfrutar de él hasta los 67 años. Lo único que las personas necesitan es la cobertura de sus necesidades básicas. Como mucho puedo admitir que la gente necesite trabajar para sentirse realizada, pero las formas asalariadas con las que el capitalismo monopolizante inunda nuestro entorno, promotoras de relaciones sociales y de poder deshumanizadoras, distan mucho de algo que yo pudiese llamar dignamente trabajo. He ahí la “macdonalización” y la “starbucksización” de las ciudades para hacernos ver que en el futuro la serie Cheers será catalogada como ciencia ficción.

Dada la agresiva mercantilización y precarización de dichas necesidades básicas, por supuesto que necesitamos un empleo. Y no sólo uno, varios por familia. Y no sólo un empleo, también créditos e hipotecas con los que completar el esquema casa-coche-trabajo-coche-casa. ¿En qué situación se encuentra la cobertura de éstas necesidades? Observamos problemas de acceso a la vivienda (y eso que existen miles y miles de casas sin utilizar); problemas en el acceso a bienes, como los alimentos, cuyos circuitos trucados por intermediarios y grandes comerciantes descuidan la calidad del producto al tiempo que hinchan el precio; problemas de transporte, indispensable para ir a nuestros “queridos” puestos de trabajo, con el modelo de una persona-un coche provocando atascos por doquier. Otros servicios como la sanidad y la educación también se ven continuamente amenazados por los colmillos de un mercado insaciable.

Cuando, en sus actos de charlatanería, la clase política habla de crear trabajo, no piensa tanto en empleo de calidad, como en poder presentar unos indicadores de ocupación favorables, independientemente de las condiciones, la temporalidad o la solidez del contrato. Existe además, una vasta diferencia entre lo que podría considerarse un empleo útil y responsable frente a uno que no cumpla dichos requisitos. La salvífica obra pública puede poner a 100 personas a trabajar destrozando la costa, pero bien sabemos que eso no es bueno. La gente cobra su sueldo, estupendo, pero luego, ¿a qué se enfrentan? Si es trabajo temporal, van de cabeza al paro, si está mal remunerado no podrán hacer frente a los gastos y además se comete un crimen ecológico. Por ejemplo, ante la construcción de un nuevo campo de golf, incluso en tierras cultivables, siempre hay algún listo que suelta la famosa frase: “¡¿Y qué hay del empleo que genera eso?!”

Hemos determinado que para acceder a los bienes y servicios se necesita pagar por ellos, y para pagarlos hay que tener dinero, y para tener dinero hay que crear empleo. No soy tan iluso como para creer que se puede vivir del aire, pero quizás estamos pagando demasiado por lo que tenemos, aparte del hecho de que tenemos demasiado. Compartir, reutilizar, reciclar, renunciar... son verbos que necesitamos introducir en nuestro vocabulario. Dos artículos muertos de hambre en dos trasteros bien pueden ser objeto de trueque. Y es que, esclavos como somos del hábito de la compra, nos vemos en la necesidad ya desde jóvenes de maltratar nuestros cuerpos y mentes en actividades laborales que muchas veces deploramos. Hay unas expectativas de propiedad, tanto a nivel personal como ajeno, que debemos cumplir: tener un buen coche, una televisión con muchas, muchas pulgadas, muebles de Ikea nuevos cada ciertos meses, etc. etc. Ante tal situación no me queda más remedio que recurrir a la vieja duda de si trabajamos para vivir o vivimos para trabajar.

José María Zavala

Sociólogo

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