www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Israel, Irán, Rusia, China: ¿Está el Imperio acatarrado?

lunes 22 de marzo de 2010, 19:00h
No pasan por el mejor momento las relaciones entre Washington y Tel Aviv. A pesar de lo que muchos piensan, cierto es, no han sido nunca unas relaciones fáciles, bien que en el trasfondo de los pequeños o grandes desencuentros que en ellas pudieran surgir, quedaba normalmente un poso de radical confianza. Israel así quedaba investido como el más firme de los aliados de los americanos en el Oriente Medio y los Estados Unidos, tanto lo habían dicho que no hacía falta repartirlo demasiado, era el garante último y definitivo de la existencia del Estado judío. Sería exagerado decir que eso ya no sea así, pero tampoco resultaría ajustado a la realidad pretender que las cosas entre los dos países siguen igual que antes. Es decir, antes de que Barack Obama llegara a la Casa Blanca con un programa revisionista de la política exterior de su predecesor que incluye la imposición sobre Israel de algunos comportamientos imprescindibles, en la óptica de Obama, para llegar al establecimiento de una paz definitiva en el Oriente Medio. Es patente el deseo de este Casa Blanca de intentar equilibrar la balanza del conflicto, que estima claramente inclinada del lado de los intereses israelíes. El recordado discurso presidencial en la universidad de El Cairo o las repetidas manifestaciones a favor de un dialogo constructivo con Iran, bajo la amenaza de una nueva potencia nuclear, forman parte del mismo diseño. Hay que dar más a los árabes y menos a Israel, sería la consigna.

El incidente de los asentamientos en Jerusalén Este, cuya trascendencia no debería ser exagerada, pone sin embargo de relieve los umbrales de la nueva desconfianza. Confundidos los israelíes sobre las auténticas intenciones de la nueva administración, alardean de su bien aprendida arrogancia para medir la temperatura de las relaciones con un manifiesto feo diplomático a Joseph Biden. Washington ha mordido el anzuelo y manifestado, de manera no menos arrogante, el alcance de la ofensa. Puede creer Obama que la exigencia de sus bases no está tanto en las buenas relaciones con Israel sino en la consecución de una paz permanente en la región, y seguramente la incipiente existencia de grupos judíos americanos que se niegan a seguir disciplinadamente la política del primer ministro israelí de turno le concede algún pequeño margen de respiro en la ecuación tradicional. Mucho maniobrar haría falta, sin embargo, para vender a la opinión pública americana un abandono, por mínimo que fuera, de la inconsútil garantía de seguridad hasta ahora ofrecida a Israel. Pero Tel Aviv, es evidente, se está curando en salud.

Tanto más cuanto que los esfuerzos multilaterales, ya comenzados en tiempos de Bush, para convencer a los iraníes de abandonar su evidente carrera hacia el arma nuclear no han producido ningún resultado. La irritante chulería –porque no se puede calificar de otro modo- con que los mullahs y sus acólitos vienen desafiando a la comunidad internacional es muestra desgraciada y patética de la incapacidad de ésta para resolver conflictos potenciales de envergadura, aunque en realidad lo que les preocupa a los israelíes es la inutilidad de la confianza depositada en los americanos para solucionar el tema y, de paso, evitar que ellos mismos se tomaran la justicia por su mano. En ese juego de malentendidos, en el cual todos tienen su parte de culpa, sobresale el temor existencial de los israelíes y los riesgos que su exasperación entraña. No es aventurado mantener que hoy, un año después de la llegada de Obama al poder, las posibilidades de una acción unilateral israelí contra las instalaciones atómicas iraníes son bastante más altas que entonces.

Y, aunque parezca paradójico, también bastante más altas las posibilidades de una acción unilateral americana contra los iraníes, dada la manifiesta imposibilidad de obtener de China y Rusia, miembros permanentes del Consejo de Seguridad, el beneplácito para endurecer al actual régimen de sanciones contra los persas. La bomba de Teherán es el reclamo que todos los desalmados de la tierra esperan, desde los bolivarianos venezolanos hasta los talibanes afganos y pakistaníes, pasando naturalmente por todo la retahíla de islamistas desorejados y revolucionarios sin Unión Soviética que llevarse a la boca. La gran desestabilización mundial. ¿Se lo pueden permitir el comandante en jefe de los Estados Unidos y las fuerzas políticas y armadas de sus aliados, dentro y fuera de la OTAN? ¿No estaremos acaso repitiendo el mismo escenario que llevó a la invasión de Irak en 2003?

Mientras, quien más quien menos se divierte en ningunear al coloso –todavía- de la plaza mundial. Además de mostrarse esquivos con el tema iraní, seguramente mostrando una notoria escasez de visión estratégica, los chinos juegan frente a los Estados Unidos con las ventajas de una moneda minusvalorada y los rusos, aprovechando la presencia de la Secretaria de Estado Clinton en Moscú, anuncian la puesta en práctica de una central nuclear iraní construida con tecnología propia. Desaire tras desaire, el espectáculo del “pim pam pum” antiamericano suscita incómodos interrogantes. ¿Están instalados los de la persuasión obamita en la idea de un mundo post americano? ¿Piensan ceder tan barata la primogenitura? ¿Estiman, como algunos dicen, que de lo que se trata es de cortejar a los enemigos y adversarios mientras se extrema la severidad con los amigos y próximos?

No existe fácil receta para todos y cada uno de los conflictos internacionales. Sobre todo si, como ocurre en el caso del Oriente Medio, palestinos e israelíes están más interesados en azuzar las razones de su inquina que en buscar la paz para sus ciudadanos. Al menos cabría la esperanza de que la fortaleza del mayor de la clase sirviera para conjurar cualquier peligroso exceso, viniera de donde viniera. Pero si el grandullón abandona su papel protector y se resguarda en la teoría de que todo el mundo es bueno, ¿no estará invitando a los malos a seguir con sus barrabasadas? No es fácil ser gran potencia. Pero absurdo proponerse dejar de serlo de la noche a la mañana. ¿Es esto un simple catarro primaveral o una pulmonía de difícil tratamiento? La respuesta la tiene el doctor Barack Obama.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.