Elecciones inglesas: ¿sorpresa?
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 22 de marzo de 2010, 19:42h
Cuarenta años exactamente después de que los tories alcanzaran sorpresivamente una resonante victoria bajo el liderazgo del melómano Edward Heath, sondeos cada vez más numerosos anuncian el triunfo laborista, descartado hasta hace pocas semanas atrás.
En los inicios de la primavera de 1970, la opción conservadora aparecía desahuciada frente a la reelección del brillante y hábil Harold Wilson. Destrozado su gobierno por feroces luchas intestinas del dominio público, a mediados de 1969, y agotado su programa, en enero de 1970 los sondeos de Gallup concedían a su adversario un 48% frente al 41%. No obstante, un mes antes de los sufragios, en mayo, el sutil premier laborista logró, como se recordará, dar un vuelco a la intención de voto, colocando a su partido con un 49% cara al 42% de sus rivales. Empero, en uno de los desmentidos electorales más resonantes de las democracias europeas de la segunda mitad del siglo XX, un renovado partido tory retornaba el 18 de junio de 1970 a presidir los destinos de Gran Bretaña. El 46,4% de los sufragios se otorgaron al viejo partido de Salisbury, Baldwin y Churchill y el 43% al Labour, con una mayoría de treinta escaños sobre todas las fuerzas parlamentarias.
De acuerdo con los pronósticos más recientes, hoy podría acontecer lo contrario. Un George Brown, en los antípodas -menos en los orígenes humildes de ambos- del muy cordial y modesto Heath, se alzaría con la victoria en los ya inminentes comicios de 2010. En la coyuntura de 1970, no sólo eran las encuestas sino la casi unanimidad de la elite dirigentes, de los analistas y guías de la opinión las que mostraron una confianza absoluta, en vísperas del veredicto de las urnas, en la ratificación de Wilson a la cabeza del gobierno del reino Unido. Hodierno, empero, la posición de comentaristas y gurúes mediáticos se encuentra más fragmentada, si bien ha sido muy llamativa y notable la reacción de algunos de sus círculos ante la reversión experimentada por el panorama políticos inglés desde que comenzara el presente año. El triunfo del joven Cameron, aparte de su significación ideológica –una Europa occidental pintada toda ella de azul, salvo el rojo de la Península Ibérica-, proporcionaría sin duda más estabilidad a los inquietos mercados, más confiados, a la fecha, en la estrategia económica de los partidos conservadores que en la de sus oponentes.
En el seno de la sociedad británica, tal resultado ilustraría sin duda anchamente acerca de su evolución después de casi un quindecenio bajo la égida del Nuevo Laborismo. Y por lo que respecta a la comparación entre el actual líder tory y Heath, sus ostensibles diferencias de cuna, educación y carácter podrían descubrir, una vez llegado al poder Cameron al despegar el III milenio, no pocos caminos en orden al conocimiento de la verdadera anatomía del conservadurismo inglés, punto obligado de referencia y modelo alquitarado del resto del Viejo Continente. Edward Heath ha sido el más ardiente y sincero europeísta de los gobernantes ingleses contemporáneos, sin excluir a Churchill ni a Macmillan. ¿Seguiría sus pasos desde Downing Street el primer ocupante tory del siglo XXI? En la tesitura hodierna, quizá sea ésta la más decisiva cuestión que para los estados y los habitantes la UE dibuja la hipotética llegada de los conservadores al poder en unos comicios cuya cuenta atrás ya ha comenzado.
En la todavía más venerable de las democracias, las urnas darán completa legitimidad a la opción victoriosa. Si fuese la acaudillada por Cameron, acaso no convendría olvidar que el programa electoral de Heath fue denominado por sus redactores: “Un mañana mejor” –A Better Tomorrows…