Disidentes en Cuba
miércoles 24 de marzo de 2010, 18:53h
Los sistemas políticos totalitarios no se reforman, se hunden. Es una lección que la historia reciente ha dado sobradamente. Las “totalidades”, a diferencia de las “pluralidades” tienen siempre problemas de relación. Pero el tema de mi artículo, como su título indica no es reflexionar sobre los sistemas totalitarios sino volver a esa extraña sombra que siempre los acompaña en cualquier latitud, clima o conformación social o histórica: la disidencia.
Ante el espectáculo de la huelga de hambre de los disidentes cubanos, emocionante y atroz, uno se pregunta de dónde extraen su coraje y su firmeza para llevar a cabo esa paradójica forma de resistencia que consiste en decir No al Estado sin nada más que con el propio sufrimiento, un Estado todopoderoso que puede aniquilarte con una fracción infinitesimal de su infinito poder. Un decir No, sin embargo que, como muy bien nos enseñó Václav Havel tiene la extraña capacidad de destruir el mecanismo totalitario en que se han fundado los Estados del “socialismo real”. Puesto que el Estado comunista se basa en una mentira que circula por todos los conductos de la vida social, como la sangre por las arterias de un cuerpo, basta que alguien declare la verdad para que la mentira se objetive como tal mentira. Apurando la metáfora biológica diríamos que entonces el sistema genera trombos que antes o después amenazan con llegar al corazón. Cuando el sistema mismo es mentira, la verdad se convierte en el instrumento de destrucción más eficaz. Una democracia popular no tolera tener disidentes. Cuando las cárceles están llenas de gentes que por hacer política se convierten en delincuentes, su existencia sin más es la prueba de que el sistema no es lo que dice ser. De ahí el peligro “total” que representa la disidencia y la saña, mezcla de estupor y odio, con que el sistema los persigue. Son los aguafiestas del Paraíso. Y son más eficaces que la violencia y la oposición armada.
Pero hay una condición para que la lucha desigual que el disidente afronta tenga un mínimo de éxito. Y es que la verdad sólo es eficaz cuando se dice entre los hombres. Si el disidente se convierte en el profeta que predica en el desierto, el Estado totalitario gana la partida, cosa nada difícil habida cuenta de las habilidades en la manipulación de los medios de comunicación. En el caso de Cuba, España, su sociedad civil, su clase política y sobre todo su gobierno, tienen una responsabilidad añadida, que no es necesario explicar, en la irrenunciable obligación de prestar atención y apoyo, en fin de actuar como caja de resonancia, de los gestos de resistencia de los disidentes cubanos. Y más cuando la protesta adopta la forma extrema de la huelga de hambre.
Habría que terminar de una vez con la vacua sentimentalidad revolucionaria que ve en la pequeña Cuba algo así como la gloriosa oposición al “gigante yanki”. Asombra, por no decir que repugna, el hecho de que haya sujetos que identifican el régimen familiar de los hermanos Castro con algo así como un régimen socialista involucrado en la suerte de su pueblo. Y lo siento, Estados Unidos no juega esta partida entre los Castro y los disidentes, que exigen, ¡mon Dieu!, libertades públicas y respeto a los derechos humanos personales.
Conviene que cada uno se diga con quien está. Conviene que, por lo menos, se entienda el claro gesto heroico de unos hombres y mujeres que convierten su propia vida desnuda en el impulso que busca acabar con el tirano. Conviene, en fin, que la sensibilidad de izquierdas reconozca la lección de la historia: los sistemas totalitarios no se reforman, se hunden. Y se actúe en consecuencia.
Dedicado a la memoria de Orlando Zapata y para el resto de los disidentes cubanos que proyectan su gesto
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Doctor en Filosofía
José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.
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