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Elecciones administrativas en Italia

Andrea Donofrio
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adonofriohotmailcom/9/9/17
viernes 26 de marzo de 2010, 16:31h
Los próximos domingo y lunes, más de 40 millones de italianos votarán en las elecciones administrativas. Trece regiones, once provincias y más de mil ayuntamientos renovarán sus Gobiernos. La cita electoral se presenta de gran importancia ya que, por un lado, será un termómetro sobre la actuación del gobierno de Silvio Berlusconi a dos años del arrollador triunfo en las elecciones generales de 2008; pero por otro lado, servirá para aclarar algunas incógnitas cómo en qué condiciones versa la izquierda italiana, qué peso tendrá el alto probable abstencionismo y el estado de salud de una democracia enferma como aparece, en la actualidad, la italiana.

Los principales contrincantes se presentan, al evento, desgastados y debilitados, al final de una campaña electoral monótona, distante de los reales problemas del país y viciada por la anómala (criticable) decisión del gobierno de censurar cualquier tipo de información política en la televisión publica.

El centro derecha llega a la cita electoral en medio de graves escándalos de corrupción cercano al entourage presidencial y exteriorizando una creciente división interna, una lucha intestina para hacerse con el poder. El caos en la presentación de las listas resulta emblemático de las dificultades internas de un partido desprovisto de una línea política única y que se presenta como la agrupación de personas acomunadas por intereses económicos más que ideológicos. El único partido que se presenta confiado al evento es la Liga, el aliado que impone sus ideas políticas (racistas y falso-legalistas) en el Norte del país. Berlusconi se ha mostrado cansado, privado de ideas y obligado a recurrir a la retórica de siempre (“los jueces comunistas y el estado de policía fiscal que quiere imponer la izquierda”), intentando alzar los tonos de la contienda contra la posible desafección de un electorado pasivo y a la espera de las prometidas reformas. La única novedad ofrecida por el primer ministro ha sido el lema de su campaña: “el amor vence siempre sobre le envidia y el odio”. Además de sonar bastante cursi, carece de cualquier sentido político y muestra la letanía de un personaje que se siente perseguido por fiscales, jueces y periodistas.

Por su parte, el Partido Democrático (PD) sigue mostrando todas sus limitaciones, la incapacidad a postularse como una alternativa creíble a la retórica populista de Berlusconi, su imposibilidad a renovarse y articular, por fin, un discurso político coherente. Por eso, la izquierda italiana sigue apareciendo perdida y entorpecida, carente de un líder carismático y de candidatos nuevos. El óptimo resultado socialista en Francia ha, en parte, devuelto el optimismo, pero la falta de un proyecto coherente y de ideas claras representan unos obstáculos al deseo de resurgimiento.

La vulgaridad del debate político, la ausencia de una discusión pública sobre los problemas que afligen al país, las dudas sobre la moralidad y ética de la clase política nacional aumentarán la abstención y contribuirán a la difusión de un marcado sentimiento “anti-político”, una desafección por la res publica, sobre todo entre los jóvenes, hartos de la gatopardiana situación del “cambiar todo para no cambiar nada”. La general pérdida de la esperanza de cambio viene alimentada por otro dramático elemento cual la abundante presencia en las listas de condenados, procesados y candidatos con “olor de mafia”, tanto que Roberto Saviano ha lanzado, de forma provocativa pero necesaria, la idea de pedir a la OSCE, a la ONU, a la Unión Europea el envío de observadores electorales. Según el escritor “vivimos en estado de asedio”, mientras hemos asistido a una campaña electoral con absoluto desprecio de toda regla, desde la presentación de las listas a la forma de adquirir votos. La idea, que está encontrado un gran eco internacional, representa una señal más de la crisis política que invade Italia, de la deriva nacional y de la anomalía de una democracia “en peligro”, cada día “más propensa” a derogar sus reglas y obviar las normas prevista por un Estado de derecho.

La campaña electoral ha sido condicionado por el veto gubernamental a los programas de información política en televisión, unicum e inédito para cualquier democracia. El dato resulta de gran importancia si consideramos que se estima que el 80% de los italianos deciden su preferencia electoral por televisión. Además, la fiscalía de Trani ha abierto una investigación sobre 18 llamadas del primer ministro al director de informativos de la cadena pública y a consejeros de la autoridad reguladora de la competencia, para cerrar los programas críticos con su persona, tachándolos de incómodos. En la investigación, a Berlusconi se le acusa de concusión (obtención de beneficio mediante abuso del cargo y amenazas): una acusación ignominiosa más a una persona que ocupa un eminente cargo público.

Difícil vaticinar un resultado claro en estas elecciones, como tampoco las consecuencias del mismo. Parece evidente que el valor (y la posible secuela política) del voto depende de la interpretación que le querrán dar los protagonistas: los sondeos apuestan por una leve mejoría del PD y un pequeño “castigo” al actual gobierno, tanto que Berlusconi prevé la pérdida de 4 puntos porcentuales. A contrario, Berlusconi querrá interpretar el resultado electoral como un “plebiscito” entorno a su persona, llegando al absurdo de plantear una reforma presidencialista del sistema, con el declarado objetivo de aumentar sus poderes.

Finalmente en una batalla que se preanuncia apretada, más que los votos, contará el resultado región a región. Las encuestas auguran la victoria del centro izquierda en siete regiones y de la derecha en seis. Independientemente del resultado, Italia debe cambiar rumbo político (y clase política) lo más pronto posible y recuperar su ruta democrática. Sin embargo, mientras los italianos siguen esperando (soñando) algo diferente, la sensación que el propio voto sea inútil, “quita fuerzas a la gente honrada”.

Andrea Donofrio

Politólogo

Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset

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