Famosillos
sábado 27 de marzo de 2010, 16:22h
Durante siglos la fama fue dispensada por poetas y artistas. Un atleta, un guerrero, un caudillo cuyas hazañas no fueran recogidas en una obra ilustre estaba condenado al olvido.
Luego surgió la ciencia histórica y la fama pasó a ser el galardón de la posteridad, un premio concedido a los personajes más notables de cada época: benefactores, sabios, artistas, héroes, siempre ordenados jerárquicamente de acuerdo con su contribución al progreso de los hombres.
Con la irrupción de las masas y la revolución tecnológica cambió la esencia de la fama. Más que la naturaleza intrínseca de la acciones, comenzó a importar su impacto en el público. Público, no pueblo. El pueblo es una cosa trasnochada, que posee raíces, historia y memoria de ella. El público, en cambio, va de una cosa a otra, como el progreso. Desde entonces la fama es dispensada por los medios de comunicación.
El peso de los medios de comunicación en la forma de actuar y pensar de las masas es equiparable al de la tradición y la educación juntas. Su influencia no se reduce al vestuario o la decoración de la casa; incluye cosas más substanciales: la instrucción de la prole, la vida sexual o la interpretación de los avances científicos. Dado el carácter habitualmente precipitado de lo que aparece en ellos, cuesta admitir que su ascendiente sea tan grande, pero puesto que hay personas muy bien situadas en la cadena de mando que sueñan con convertir los estereotipos mediáticos en asignaturas troncales, es absurdo negarlo.
La gran aportación mediática al mundo de los arquetipos es el famosillo. El famosillo pertenece al género de lo que antes llamábamos beautiful people, pero si la beautiful people solía descender siempre de alguien, el famosillo es un tipo que se ha hecho a sí mismo, o para ser más estrictos, que se ha deshecho a sí mismo ofreciendo los flancos más aborrecibles de su personalidad a la consideración del público, representado por los coprófagos del corazón.
Aunque carece de habilidades conocidas, al famosillo tampoco le hacen ninguna falta. Su único deber, como instrumento de las audiencias, es abrir su corazón y su mente a quienes viven de denigrarlo. Ahora bien, como esto, para el espectador, es igual que echar una mirada al desierto del Gobi, no tiene más remedio que adornarse con continuos y bufonescos ataques de paroxismo, aullidos, aspavientos, risotadas frenéticas y llantos irrefrenables que impidan al público caer en el horror vacui, marca de los tiempos.
Los famosillos están vacíos, pero no tienen fondo. En ellos todo es superficie. Viven, sin embargo, de sus secretos, de fingir que los tienen, aunque sean incapaces de guardarlos. La profesión no puede comprenderse sin un continuo irse de la lengua. Esto es bueno porque el público experimenta un gran placer intelectual descubriendo sus deslices. La gloria mediática, sucedáneo de la ilustración, dura poco y es un arte cometerlos y divulgarlos en la proporción adecuada.
El gremio de los famosillos se nutre de los pollos de los reality, jóvenes a medio cocer que se prestan a convivir durante varias semanas a la vista de todo el mundo y fuera de los límites de la inteligencia. Conscientes de que la cobertura mediática es como la aureola de los santos, que torna a cualquiera en criatura divina, se entregan a lo que sea con tal de recabarla. Disputar locamente, hacer grandes demostraciones emocionales, exhibirse sin pudor, enojarse por cualquier cosa hasta el punto de parecer siempre al borde de una hemorragia cerebral, son los recursos habituales para captar la atención de las cámaras. De no ser porque el público los vigila día y noche –la televisión es la caja de resonancia de la nada- podría pensarse que todas las mañanas se endilgan varios pantocrazos de ouzo o de cualquier otro licorcito clásico. Sólo así se explica la satisfacción que les produce vivir como quien cae por un sumidero, metáfora de la vida actual.
Tan enigmática como la existencia del famosillo es la de su público. Ni la pasión por el chismorreo ni el gusto por los espectáculos cruentos, eso que antes llevaba a desparramar las entrañas de la gente y ahora a exhibir sus inmundicias, explican su éxito. Yo apuntaría a otro factor, lo que podríamos denominar “empatía del desbarajuste”. El famosillo presta un loable servicio impidiendo a la audiencia sentirse amedrentada por llevar una vida de mediocridad. Encarna, por así decir, la más extrema vulgaridad, aunque sin censuras o inhibiciones. Esto no sólo no lo ha hundido en el descrédito, sino que lo ha convertido en un modelo, el modelo del triunfo mediático, la popularidad y los autógrafos. Hasta en las universidades imitan ya el estilo del famosillo y de los que se ocupan de él. Graves problemas son tratados como si fueran un escándalo sexual. Igual ocurre en el debate político. Piensen por ejemplo en los tertulianos que se desgañitan en los platós televisivos con maneras de lagarterana sin otro objetivo aparente que ratificarse en sus posiciones de partida. Cambian los tiempos y los modelos demostrando una vez más que los caminos de la evolución son inescrutables y que, por mucho que se diga, nada puede interponerse en la marcha ascendente de los homínidos.