Balmes, ¿personaje actual?
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 29 de marzo de 2010, 19:41h
Aunque gran parte de la opinión pública del país crea opuestamente, Balmes no fue una figura muy popular en los ambientes conservadores de su tiempo ni tampoco del posterior. Incómoda para los tradicionalistas que la consideraron ambigua y proclive al entendimiento censurable con el liberalismo de templada cochura, su figura tampoco gozó de simpatía en los medios de este último. En un tiempo como el del franquismo en el que todo semejaba aunarse para que el pensador vigatense fuese reclamado como bandera por tirios y troyanos para recubrir su mercancía ideológica autores tan renombrados y de gran capacidad de liderazgo intelectual como Francisco Elías de Tejada y Jaume Vicens Vives redujeron, por motivaciones contrapuestas, drástica y vehementemente la estatura intelectual del autor de El Criterio, al que régimen había erigido en guía y mentor cultural de la nación. La Cataluña moderna, hogar fecundo y escuela de todos los idearios denostados por los vencedores de la guerra civil, encontraba así, en su pensamiento, una justa reivindicación de sus muchas glorias de impecable pedigrí católico y español.
Como se recordará, sin ninguna deturpación política, ésta había sido, en esencia, la posición de Menéndez Pelayo, arquitecto mayor del universo mental y simbólico del franquismo, a través de la interpretación de sus principales exégetas. Sin embargo, el encendido canto balmesiano del sabio montañés poseía una riqueza de registros que no pasaron a sus escoliastas. La semblanza más entusiasta entre las diversas que del escritor barcelonés trazara D. Marcelino se delineó en los años finales de la corta y fecunda existencia del autor de “Los Heterodoxos” –estrecho paralelismo con la de aquél-, orillado en una España que le desplacía y de vuelta de todos los caminos de la ilusión, la vanidad y el poder en su dimensión más deletérea: la cultural. En este “kairós”, dibujó Menéndez Pelayo el retrato más ajustado y atractivo de un hombre cuya biografía compendiaba, a sus ojos, las muchas tragedias y fracasos por aclimatar en España una convivencia troquelada por la tolerancia y la síntesis feliz de tradición y progreso.
Un siglo exacto después de que la pluma, siempre buida e irisdicente, del genial galeoto silueteara envidiablemente, a socaire de su centenario, el perfil intelectual y humano de quien se afanara hasta la extenuación por encontrar caminos de diálogo y concordia en el laberinto de egoísmos y cegueras de la España de progresistas, moderados y carlistas de los años 40 de ha dos siglos, la coyuntura se ofrece propicia para hacer una lectura muy actual de la obra y mensaje de Jaume Balmes. Partidario a ultranza de un reformismo radical más que de un centrismo acartonado y sin pápara actitud ante la innovación, creía decididamente en el cambio como motor de la historia, de una historia en las que los elementos de estabilidad aportados por el pasado no debían nunca arrumbarse en nombre de un decantado progreso.
En letra más pequeña, pero de no menos obligatoria lectura en los momentos muy graves que el tema depara en la actualidad más candente del país, merece destacarse el agudo planteamiento que del difícil encaje de Catalunya en la gran patria española hizo Balmes. ¿Su fórmula? Realismo, mesura e inclinación incoercible por la suma, sin olvidar que ninguna generación puede liquidar, salvo peligro de inevitable catástrofe, una empresa colectiva patinada por los siglos.