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Civilización y barbarie

Rafael Núñez Florencio
martes 30 de marzo de 2010, 19:19h
Antes de que terminara el siglo XX, Octavio Paz, que había nacido en el año en que estalló la Primera Guerra Mundial, escribía un brillante artículo (“Respuestas nuevas a preguntas viejas”) en el que trazaba un balance abiertamente negativo de su época: “Nuestro siglo –decía el maestro mexicano- ha sido un período de grandes transformaciones y trastornos. Un siglo terrible, uno de los más crueles de la cruel historia de los hombres”. Un lustro después, aun sin concluir la centuria, el historiador Gabriel Jackson utilizaba para caracterizar la historia de Europa en ese período los conceptos de civilización y barbarie. Al juntar los avances y las masacres, no podía por menos que detenerse un momento para preguntarse: “¿cómo es posible entender la combinación de tan prodigiosos logros con tan devastadora violencia?” ¿Puede extraerse alguna lección de la amalgama de elementos tan heterogéneos? Más aún, ¿qué es lo que quedará en el futuro como lo característico de nuestra reciente historia: los ejemplos que deberían ser emulados, las creaciones que siguen siendo admirables, las catástrofes que podríamos haber evitado, los grandes errores que no nos podemos perdonar? (Civilización y barbarie en la Europa del siglo XX).

Cuando, al entrar en el nuevo milenio, hemos vuelto la mirada atrás –se supone que ya con más perspectiva- el dictamen no ha variado. Hace unas semanas se acaba de publicar en español otro libro sobre la historia europea del siglo XX con un título muy parecido, otra vez con esos mismos conceptos (Barbarie y civilización. Una historia de la Europa de nuestro tiempo). La primera frase del libro es una cita del filósofo Walter Benjamin: “No existe un solo documento sobre la civilización que no sea al mismo tiempo un documento sobre la barbarie”. Dentro de la perplejidad inevitable que provoca esa simbiosis, el autor de esta obra, el historiador Bernard Wasserstein, se atrevía a subrayar algunas evidencias: lejos de repelerse mutuamente, “la civilización y la barbarie avanzaron codo con codo en Europa a lo largo del pasado siglo”. No son por tanto, pese a nuestros buenos deseos, polos opuestos sino elementos que parecen necesitarse en una desconcertante relación dialéctica. Cuanto más progresa la civilización, más obligada se cree a cubrir con un hipócrita manto de caridad los males que va engendrando. Desde una óptica complementaria, añade Wasserstein que debemos “reconocer la barbarie profundamente arraigada en el corazón de nuestra civilización”.

Me he acordado de estas dos obras y, en especial, de la última frase transcrita, al llegar casualmente a mis manos un breve pero enjundioso tratado –en realidad un folleto de cien páginas escasas y letra grande- de la filósofa italiana Michela Marzano, titulado La muerte como espectáculo, que lleva el mucho más inquietante subtítulo de La difusión de la violencia en Internet y sus implicaciones éticas. No sean tan ingenuos de creer que estamos hablando de episodios ficticios. Desde 2004, nos informa Marzano, circulan libremente por Internet vídeos de torturas y asesinatos reales, cometidos y difundidos sobre todo por grupos islamistas. Son filmaciones que “muestran la fría ejecución por degollación de cientos de prisioneros occidentales en Irak o en Afganistán”. Confieso que lo que hagan o dejen de hacer en este sentido los fanáticos islamistas es un asunto que desborda mi capacidad de comprensión. Lo que ahora me interesa destacar es otra cosa: esos vídeos constituyen para muchas personas una gran atracción. Sí, han leído bien. O, mejor, me limito a citar uno de los datos que se aporta en el libro: “cada día más de 200.000 personas miraban aquellas imágenes” y el número “superaba los 700.000 cuando se ponía en línea un nuevo vídeo”.

Lo voy a decir de otra manera, siempre basándome en los datos concretos que se aportan en el libro en cuestión: en la sociedad de la imagen, los “mirones” compulsivos, los consumidores habituales de “pornografía dura” o, simplemente, los que buscan en general “emociones fuertes” (escenas impactantes), ya no se conforman con la simulación. Quieren “imágenes reales”. Cuanto más “duras”, mejor. No estamos hablando de unos pocos miles de degenerados. Estamos hablando de cientos de miles de personas, muy probablemente algunos millones, aparentemente tan respetables como usted o como yo. Como en los asuntos de pederastia que se destapan cada cierto tiempo -que, no nos engañemos, no constituyen ni la décima parte de los que existen- en este caso se trata también de un fenómeno que se detecta en todos los sectores sociales, sin distinción de edades, profesiones o estatus. De hecho, los niños y adolescentes constituyen uno de los más nutridos nichos de consumidores potenciales de esa “realidad-horror”. Esa certidumbre está tan extendida que ya ha pasado a la descripción habitual de nuestro hábitat cultural: así por ejemplo, en Marcas de nacimiento, una reconocida novela de Nancy Huston, el niño protagonista se ufana de excitarse sexualmente con las tristemente célebres imágenes de la prisión de Abu Ghraib.

Sostiene Michela Marzano que esa insensibilidad hacia el sufrimiento humano, esa clamorosa falta de empatía, nos conduce a la “sociedad de la indiferencia”. Yo creo más bien que se queda corta en este aspecto. Porque es verdad que hay una alarmante apatía moral, pero en este caso se va más allá de ella, porque lo que se busca es la emoción o incluso el disfrute con el dolor ajeno. De hecho, ella misma cita ese fenómeno que se ha extendido sobre todo entre los jóvenes, conocido como “happy slapping” -literalmente felices bofetadas-, que consiste en grabar con el móvil humillaciones y golpes de un grupo contra una víctima propiciatoria. La agresión va de la simple paliza a la violación o, en algunos casos, el asesinato. Repito, no son especulaciones, son casos reales que, en contadas ocasiones, han llegado a los tribunales, las páginas periodísticas o las noticias del telediario. La mayoría de las veces permanecen impunes porque la propia víctima se resiste a airear su vejación.

De ahí que, tras hacer un repaso de las diversas vertientes de esa situación (que, no nos hagamos ilusiones, va a peor), la filósofa italiana desemboque en el mismo punto en que empezó este artículo: ¿qué civilización es ésta, la nuestra, que acumula en su interior tanta barbarie? Sería injusto decir que somos como animales, sigue argumentando, porque es el hombre, no el animal, “el que crea la barbarie” y, de todos los hombres, es el que se dice civilizado “el que comete a veces lo peor”. Hemos llegado a una perversa paradoja: las imágenes de muerte y sufrimiento que teóricamente debían fortalecer nuestra condición moral se han convertido en material consumible, con una gratificación añadida, la del entretenimiento y regocijo. Por usar los términos de Marzano, “los vídeos macabros no generan ni el análisis ni la reflexión”, sino que, muy al contrario, “confortan -y refuerzan- la indiferencia o el disfrute de los espectadores”.

En Terrorista, el novelista norteamericano John Updike trata de meterse en la piel -y, sobre todo, en la mente- de uno de esos jóvenes fanáticos islamistas que, viviendo en la opulenta sociedad occidental, abomina de ella y trata, literalmente, de dinamitarla, cargándose de paso a la mayor cantidad de “infieles” posibles. Analizando su actitud de rebeldía, dice uno de los personajes: “Estos árabes locos tienen razón: hedonismo y nihilismo es lo único que sabemos ofrecer”. Y continúa: “No sabemos qué hacer, no tenemos las respuestas que antes teníamos; solamente vamos tirando, intentando no pensar”. La capacidad de crítica ha sido una de las claves de la supremacía occidental. Ya va siendo hora de que la ejercitemos para limpiar la barbarie que anida como pus en el interior de nuestra civilización.

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