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Laxe, el alma de la Costa de la Muerte

jueves 01 de abril de 2010, 20:58h
Ernest Hemingway solía decir que una de las razones por las que tanto le gustaba España era porque en cada rincón, por pequeño que fuese, podía encontrarse un tesoro. Quien más quien menos ha conducido alguna vez hasta un lugar con el que no contaba, pero donde acaba por descubrir algo que realmente merece la pena. Eso es precisamente lo que les sucede a los que visitan por primera vez Laxe, un municipio coruñés enclavado en el corazón de la Costa de la Muerte donde parece cobrar todo su sentido aquella expresión que define a Galicia como “terra de meigas”. Coincidiendo con la Semana Santa, las calles de Laxe acogen la procesión del Rosario de la Buena Muerte, donde los marineros rezan para obtener precisamente eso, una buena muerte. El origen de los versos que se recitan se pierde en la noche de los tiempos, al igual que otras muchas cosas de Laxe.

Y es que la villa tiene una historia que se remonta al siglo XII, donde tenía una de sus residencias oficiales el rey Alfonso IX. Del mismo siglo datan los restos que aún hoy se conservan del caserón que fuera de doña Urraca de Moscoso y Altamira, uno de los linajes con más solera de la Galicia medieval. Algo posterior, del siglo XIV, es su magnífica iglesia románica de Santa María de la Atalaya, cuya ubicación en promontorio y arquitectura maciza son prueba viviente del carácter defensivo con que se la quiso dotar. No en vano, Laxe padeció a lo largo de su historia todo tipo de incursiones, desde las normandas altomedievales hasta una de piratas ingleses allá por el siglo XVII y que lo arrasó casi por completo. También hay constancia de presencia humana mucho antes de la Era Cristiana, como así atestiguan los restos del castro de Torre de Moa, en Traba. De hecho, la comarca tiene una fuerte presencia megalítica, con auténticas joyas como el Dolmen de Dombate o el castro A Cidade, monumentos ambos magníficamente conservados y a escasos kilómetros de Laxe.

Hay aún más “piedras”. Como las que conforman la ermita de Santa Rosa, en lo alto de un monte desde donde se divisa una de las vistas más increíbles de toda la costa atlántica. Frente a ella, una antigua cruz de piedra señala el lugar bajo el que a mediados del siglo XVI un navegante llamado Cruceiro enterraría unas reliquias traídas de Tierra Santa, de las cuales no quedan sino vagos testimonios. Laxe es un pueblo eminentemente marinero; tan es así que todos los veranos celebra una de las festividades más llamativas de toda Galicia, el Naufragio. Un hombre de mar, Avelino Lema, lo instituyó hace casi medio siglo, como homenaje a todos los que han dejado su vida en el mar -él mismo ha sobrevivido a unos cuantos naufragios-. Al poco de salir de puerto, una barca se hunde y sus ocupantes llegan a tierra con el cuerpo sin vida de uno de ellos, que resucita ante los pies de la Virgen del Carmen. Tras ello, se canta la “Salve Marinera” y comienza una procesión de todos los barcos de Laxe por la ría del mismo nombre. Y no, no es ni Benidorm ni Marbella. Ni falta que le hace. Pero seguro que, de haber tenido ocasión, Hemingway se habría dado el gusto de ver su “Adiós a las armas” en el viejo cine Capitol, hoy desaparecido. Y le habría encantado.
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