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LA MUERTE DEL HIJO DE DIOS VIVO

viernes 02 de abril de 2010, 12:46h
Las revelaciones de Ana Catalina Emmerick, la gran vidente del siglo XIX, sólo poseen autoridad humana. Aquella monja alemana tuvo la gracia de ver y vivir la pasión de Jesucristo, varios pasajes del antiguo y del nuevo Testamento y gran cantidad de hechos históricos. Las visiones de Ana Catalina, recogidas por el poeta Clemente Brentano, al que ella misma designó, tienen una fuerza descriptiva que impresiona. Los pasajes y detalles complementarios de la pasión de Cristo que callan los Evangelios pudieron no suceder como dice Ana Catalina Emmerick, pero, en cualquier caso, sus visiones son un monumento para la meditación cristiana. Han sido llevadas desgarradamente al cine. Más de un Papa ha recomendado su lectura en los días de Semana Santa. Hace dos siglos, la monja alemana contó, por ejemplo, con toda minuciosidad, las obras y hechos de la secta de los esenios prácticamente ignorada hasta después de la II Guerra Mundial. Como señaló la excelente revista L’Homme nouveau, los manuscritos del mar Muerto, descubiertos y descifrados hace 50 años, coinciden punto por punto con las revelaciones sobre los esenios de Ana Catalina. Teniendo en cuenta este dato, sus visiones de la Luna y de la vida en otros planetas resultan alucinantes y se leen en la actualidad con apasionado interés.

     No hace falta, sin embargo, acudir a las angustiadas visiones de una monja admirable para vivir el gran drama del Calvario. Como decía Kazantzakis, Cristo ha sido otra vez crucificado y esa imagen posee perfecta validez. Sangra de nuevo el Hijo de Dios vivo. Gota a gota se está consumando otra vez el gran sacrificio ante la impasibilidad de millones de cristianos. Vivimos la época de las increíbles abdicaciones. Toda una civilización se derrumba ante nuestros ojos con aceleraciones de vértigo. Occidente ha tocado a retirada y se repliega perdiendo carne de su carne y sangre de su sangre. Trepa la yedra de la relatividad por inmensidades geográficas. Semíramis ya no reina en el mundo. Convertida en dulce paloma, voló para siempre a los cielos. Y sobre el orden de Melquisedec pesa la amenaza de la destrucción total.
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