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reseña

Philip Roth: La humillación

sábado 03 de abril de 2010, 01:13h
Philip Roth: La humillación. Traducción de Jordi Fibla. Mondadori. Barcelona, 2010. 160 páginas. 17,90 €
El prolífico autor norteamericano Philip Roth retoma en su última novela algunos de los motivos que mayor presencia tienen en el conjunto de su extensa obra: el deseo, la muerte, la naturaleza humana y sus instintos más básicos. La humillación narra la decadencia del sexagenario Simon Axler, un reconocido actor teatral que descubre en el cénit de su carrera profesional que simplemente ya no puede actuar. Ha perdido la confianza en sus capacidades interpretativas y cada función se presenta como un reto que es incapaz de superar. La imposibilidad de resultar espontáneo y vital sobre el escenario, unida a un profundo temor al ridículo, inicia el declive de un personaje cuya existencia empezará a verse dominada por el abandono, la obsesión sexual e, incluso, la cercanía de la muerte.

No hay esperanza alguna en la obra de Roth; se construye una atmósfera opresiva y viciada que envuelve a los personajes y anuncia sombrías consecuencias. El único consuelo que experimenta el protagonista, en forma de poco común deseo erótico materializado en la persona incorrecta, arroja un atisbo de ilusión temporal que desde el inicio se percibe como efímero y desastroso. El clima de tragedia y desesperanza se completa con los personajes que Axler ha interpretado a lo largo de su carrera artística y que aparecen sin cesar en su memoria, como Macbeth o Próspero. Las referencias teatrales y artísticas son frecuentes y suponen el recuerdo de un tiempo pasado en el que Simon Axler era capaz de ser otras personas, y en consecuencia vivir vidas ajenas.

La humillación es precisamente la historia de lo que el protagonista considera una constante humillación vital, a todos los niveles: profesional, personal y sentimental. Incluso la edad se revela en contra de Axler, recordándole a cada momento la merma de sus fuerzas y el comienzo del fin de su propia existencia. Roth parte de esa humillación y realiza en la novela un repaso por lo que él entiende son las constantes obsesiones e instintos del hombre, de un modo descarnado y carente de ilusiones. Como en una representación, sitúa a Axler solo ante su público, bajo la angustia de los focos que iluminan su decadencia y su tragedia, la de no asumir el paso del tiempo y el inexorable envejecimiento.

Por Lorena Valera Villalba
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