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reseña

Marqués de Sade: Viaje a Nápoles

sábado 03 de abril de 2010, 01:26h
Marqués de Sade: Viaje a Nápoles. Prólogo y traducción de Antonio Redondo Magaña. Alhena Media. Barcelona, 2009. 256 páginas. 19 €
El Viaje a Nápoles del marqués de Sade no puede adscribirse plenamente en la llamada literatura de viaje, no se limita a una mera descripción de los sitios visitados; el texto recoge las reflexiones del escritor francés, sus ásperas críticas al carácter de los napolitanos, sus ataques e ironías sobre las creencias religiosas napolitanas (consideradas el “colmo del mal gusto” y expresión de una mediocridad general).

Desde el siglo XVII, el viaje a Italia formaba parte del Grand Tour, un recorrido por Europa para completar la propia formación cultural, política y en idiomas. A raíz de las excavaciones y descubrimientos arqueológicos de Pompeya y Herculano, Nápoles entró en ese circuito, convirtiéndose en foco de atracción para los viajeros europeos. Por eso mismo, tras haber visitado Florencia y Roma, Sade llega a Nápoles en 1776, animado por el afán de ver todos los tesoros artísticos de esta tierra, los paisajes de la Bahía, las vistas altas de la ciudad, Pompeya, Salerno, Paestum y Capri. En su obra posterior, el autor subrayará la belleza de estos lugares (“Resulta difícil encontrar una ciudad más hermosa que Nápoles...”), sus mujeres hermosas asomadas a las ventanas, las ruinas recién descubiertas…

El resultado es un libro entretenido, lleno de pequeñas historias que el marqués ha vivido en primera persona o que ha recogido durante su estancia en este territorio. Estas historietas (el espectáculo de la cucaña en la piazza del Plebiscito, las fiestas de la Corte, los paseos por las calles de la ciudad y las excursiones fuera de la misma), llenas de ironía y sarcasmo, constituyen divertidas anécdotas que describen la Nápoles de entonces. Sade relata los hábitos y las costumbres de los napolitanos, destacando su ordinariez y tosquedad (“Los habitantes de este país, el más hermoso del mundo, son de lo más zafio que se puede encontrar”), alternando una actitud a veces crítica y burlesca (“La falta de regularidad, que los napolitanos confunden con la originalidad”) y en otras, comprensiva, al considerar este aspecto consecuencia del desbarajuste que ha aquejado a aquel pueblo durante muchos siglos (hasta hoy en día, probablemente…)

Teniendo en cuenta el perfil de Sade y su fama, resulta casi paradójico que una de las cosas que más le sorprende –e incluso le indigna– es la “depravación” de la ciudad, sus hábitos perversos: tanto, que llega a afirmar que es “…materialmente imposible imaginar hasta qué punto está extendida en Nápoles”. Para el marqués, las costumbres ciudadanas se caracterizan por la brutalidad y el deseo único de disfrutar; en Nápoles, con dinero, se puede conseguir lo que “más excite vuestras pasiones” (“He visto niñas de cuatro a cinco años ofrecerse a satisfacer lo más horribles excesos”).

En definitiva, no se trata del clásico libro de viajes sino de un cuento ambientado en la Nápoles de final del siglo XVIII: historias y descripciones narradas con un ritmo ligero y entretenido. A las detalladas descripciones geográficas corresponden agudas reflexiones sobre la sociedad napolitana y las limitaciones de la que siempre se ha considerado como un “paraíso habitado por diablos”.

Por Andrea Donofrio
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