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Escándalos clericales

sábado 03 de abril de 2010, 15:56h
Creo que si hubiera nacido en Gran Bretaña, como el barón Corvo, como Chesterton, como Anthony Burgess o Graham Greene, sería un acérrimo defensor de la Iglesia Católica. Soy sin embargo español –no olviden lo que anotó Cánovas en un borrador de constitución: “son españoles … quienes no tienen otro remedio que serlo”- y tengo que andarme con cuidado con lo que defiendo, pues aquí la Iglesia, demasiado poderosa, demasiado ligada al poder, no fue siempre esa cosa solemne y mística que imaginan los británicos cuando se ponen rebeldes.

Los británicos tienen de la Iglesia una imagen parecida a la que se tiene de una antigua novia con la que se rompió sin saber bien por qué. Nosotros, en cambio, la vemos como una vieja tía gruñona que estaba ahí mucho antes de que comenzáramos a deliberar con claridad. Forma parte de las realidades contra las cuales forjamos nuestro pensamiento y carácter. A lo largo de los siglos, ha sido como una madre y, por eso, sufre también los ataques más severos, a menudo justificadamente.

La Iglesia, en general, no tiene un pasado intachable, aunque nadie tiene un pasado intachable, y menos si predica el desprecio del lucro, el placer y la utilidad. Es este programa intempestivo, más que el no estar a su altura, lo que despierta en nuestra época el rechazo de la gente. Muchos sueñan incluso con su desaparición. Hoy pasamos más tiempo en el mundo que nuestros antepasados y no nos conformamos con lo que encontramos en él. Queremos cambiarlo. Esto es muy presuntuoso, desde luego, aunque no menos que creer que entre las expectativas esenciales del hombre se incluye por fuerza la de acudir a los oficios religiosos y dedicar semanalmente un rato a lo sagrado. Pocos admiten ya la distinción entre lo sagrado y lo profano, el orden del ser y el reino de la utilidad. Para la mayoría sólo existe el reino de la utilidad. Hasta la muerte ha perdido la escatológica gravedad de antaño. Parecemos contentos con el irrisorio aplazamiento concedido por el progreso y por eso ahora preocupa más la vejez, aunque para pensar en ella no necesitamos a la Iglesia y sus curas. ¿Para qué si no creemos en el alma?

Pero tenemos un alma. La prueba es la necesidad que sentimos de probar que no hay nada esencial en nosotros, nada ajeno a las circunstancias. Esta necesidad se ha vuelto mucho más perentoria que nunca, como si nos resultara insoportable el anhelo de plenitud, y afecta sobremanera a la Iglesia, la cual, como defensora del alma, debe mantenerse por definición al margen de la Historia, mirando por lo eterno, cosa difícil de hacer pues en la mayoría de los asuntos sigue aferrada a dogmas circunstanciales y actitudes embrolladoras que la alejan de su misión. Ello no significa, sin embargo, que el sacerdocio haya perdido su sentido. Lo tendría incluso aunque los suplementos dominicales estuvieran en lo cierto y no hubiera alma. Como afirma un amigo evolucionista: nadie en su juicio puede oponerse a unos tipos que se apartan voluntariamente de la lucha por las mujeres.

Lástima que los sacerdotes no estén siempre a la altura. El problema es viejo. Uno de los primeros cismas de la Iglesia se produjo al juzgar algunos que los sacramentos impartidos por un cura en pecado no eran válidos. La cuestión se solventó airosamente, pero no deja de plantearse cada vez que surge un conflicto. Hoy encontramos dos actitudes diferentes: de una parte, los clérigos; de otra, los seglares. Por ejemplo, si un religioso rompe el voto de castidad con una mujer, la jerarquía se muestra severa y la feligresía comprensiva. En cambio, si el voto lo rompe con un niño, la feligresía resulta inflexible y la curia misericordiosa. El seglar disculpa al primero porque conoce el poder de la seducción, pero no encuentra motivo aceptable para justificar el abuso. La curia, por el contrario, comprende tan bien el abuso, que cuesta no pensar, al evocar el pasaje evangélico en el que Cristo pide a sus precursores que dejen a los niños acercársele, si sólo querían impedir que lo molestaran. Confieso que se trata de una idea sucia incluso para un lector de Aretino que no se escandaliza porque un cura se remangue la sotana en un lupanar, pero los hechos mandan y sólo de imaginar el temblor de un sacerdote embelesado con los angelotes de la iglesia, entran ganas de vomitar. “¿Cómo llegaste a esta altura, gusano? Arrastrándome, arrastrándome, hermano.”

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