La fiesta nacional y la Hª
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 05 de abril de 2010, 20:20h
¡Hasta para las –hodiernamente- politizadas controversias taurinas sirve el uso de la historia, siempre magíster vital!… En la cultura actual, en la que la suprema medida axiológica es la rentabilidad, el recurso a las enseñanzas de Clío descubre igual utilidad que en la civilización grecorromana y en los días renacentistas. No es esto un proemio a la vieja usanza del programa de cualquier asignatura humanística –tan “aparcadas” en los planes boloñeses- sino la simple constatación de una realidades más candentes de la España de la primavera de 2010, en la que una de sus tensiones ideológico-sociales de mayor entidad resulta ser la encarnada en la polémica acerca de las negruras o refulgencias de las corridas de toros, al abrigo de la intención de suprimirlas por parte del Parlamento catalán.
En la discusión intelectual y política acerca de la estructura del Estado y aun incluso de su misma naturaleza que se renovara tras el breve pero fructífero asentamiento de la Constitución de 1978, el tema taurino se ha visto estrechamente unido al más vasto y trascendente para el país de la incardinación de Catalunya en la España democrática. Por consiguiente, los perfiles más propios de la “cuestión taurina” se desdibujan en buena parte y se deturpan en otra. Al servicio de una posible clarificación, proyectándola sobre un fondo de siglos, concurre la historia de nuestra agitada contemporaneidad. En sus inicios, auscultando algunos de sus principales latidos en una de las ciudades parteras de su ciclo –Barcelona-, la pluma buida y laboriosa de uno de sus habitantes, José Coroleu, nos legó un testimonio de inapreciable valor para la reconstrucción del Principado en el tránsito del Antiguo al Nuevo Régimen –Memorias de un menestral de Barcelona, 1792-1854 (Barcelona, 1916). A fuer de buen cronista violentaba los sentimientos íntimos de un epígono de la Ilustración taurófoba y dejaba constancia de la apasionada afición de sus coterráneos por la que pronto iba a llamarse fiesta nacional por antonomasia. “Aquí – registraba- se declama mucho contra los toros, espectáculo en el cual, a la verdad, no se aprende nada bueno; pero debemos tener la franqueza de confesar que los barceloneses son singularmente aficionados a él”. Antes de que, a finales de la centuria, el cantor de las glorias identitarias y católicas de Catalunya, el gran obispo vigatense Torrás i Bagés, considerase al “cante jondo” y a las corridas como rechazable aportación a las costumbres y carácter autónomos de los inmigrantes atraídos al solar patricio por su desarrollo industrial, se descubre la inexactitud de las tesis esencialistas y diferenciales, en punto al menos al asunto ahora abordado.
Naturalmente, el testimonio antecitado del simpático menestral barcelonés en nada empecé ni menos todavía deslegitima la oposición a la fiesta nacional en el solar del antiguo Principado del lado de incontables gentes entre las muchas y, por lo común, envidiablemente instruidas, que hoy lo pueblan. El juicio del detallista cronista de la “cap i casal de Catalunya” en tiempos del nacimiento y consolidación del sistema liberal es, sí, muy pertinente para reivindicar un mínimo fuero historiográfico –el respeto a la cronología- y, quizá más secundariamente, para refrendar por incontable vez la fragilidad de no pocas mitologías de los nacionalismos. En muchas ocasiones éstos, de simbología, textura y discurso fundamental cuando no exclusivamente históricos, se encuentran con la sorpresa de que es la misma historia su máxima adversaria y
debeladora.