Alejandría fugitiva
martes 06 de abril de 2010, 21:30h
Surgida a partir de una aldea de pescadores llamada Rakotis, la ciudad de Alejandro Magno, en el delta del río Nilo, mantiene aún el nombre prestado por su fundador.
Otras muchas Alejandrías que salpicaban todos los territorios asiáticos por donde anduvo el hijo de Filipo II de Macedonia, el más legendario y novelado de los caudillos de la Antigüedad, el modelo para Julio César, perdieron la referencia al valeroso héroe epónimo.
Así Kandahar, en Afganistán, o Khojent, en Tayikistán. Situada ésta al norte de Samarcanda, en la tierra de los antiguos escitas, era la Alejandría Escate, cuyo sobrenombre significa la última.
Los egipcios actuales están orgullosos del origen heleno de la ciudad mediterránea afamada por su Biblioteca. Letras griegas anuncian al viajero su entrada en la urbe, la segunda después de la capital, El Cairo, y el principal puerto del país.
Sin embargo, poco queda, a primera vista, de las épocas alejandrina y helenística y tan sólo algunas ruinas hablan de su pasado romano. Cuesta menos revivir la Alejandría vital de Kostantin Kavafis, poeta de los tres continentes ribereños del Mare Nostrum, hijo de griegos procedentes de Estambul y encumbrado por sus poemas menos afortunados como el pesado Ítaca, o la del Cuarteto de Laurence Durrell. Para ello basta con recorrer el hermoso paseo de la Corniche, al borde de la curva dibujada por la bahía, y tomar un té en cualquiera de sus cafés de aire bohemio y elegancia desvaída.
Hace unos años, un equipo de arqueólogos franceses recuperó un número considerable de piezas valiosísimas, faraónicas y griegas, engullidas por el mar a causa de dos seísmos y sendos maremotos acaecidos en los siglos IV y XIV d.C.
El segundo destruyó el Gran Faro octogonal sobre base cuadrada, maravilla del mundo antiguo, que se erguía en la isla de Faro y guiaba al navegante con la lumbrera perpetua de su cúspide especular. Una parte cayó a los fondos marinos y la fortaleza medieval erigida en la siguiente centuria guardó bloques salvados de la ruina.
Ahora, hay una nueva biblioteca, magnífica, luminosa y funcional, con forma de rampa en el interior y en la techumbre y columnas metálicas culminadas por capiteles de flor de loto. La antigua, de tiempos de Ptolomeo I Soter, el Salvador, formaba parte del conjunto de edificios que constituían el Museo. Cerca, se alzaba un templo dedicado al dios egipcio Serapis asimilado a Zeus.
Una historia tan diversa y milenaria no es, empero, garantía de civilización. La vida, nos enseña Ortega, vale más que la cultura.
Entre los anaqueles atiborrados de libros de la Biblioteca o leyendo en los pupitres hallamos mujeres ninguneadas en su condición de tales. La vestimenta negra ocultadora de su sexo -el género lo tienen algunas palabras- arrastra por el suelo, como sus portadoras, y deja tan sólo ver, malamente, los ojos aunque no su expresión.
La desazonante figura se adhiere con fuerza al rememorar la bella ciudad de hoy, la real. Al fondo, queda huidiza la otra.