Galipolli
Álvaro Ballesteros
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cronicasdelmundogmailcom/16/16/22
jueves 08 de abril de 2010, 21:22h
“A los héroes que derramasteis vuestra sangre y perdisteis vuestras vidas aquí, ahora yacéis en la tierra de un país amigo. Así pues, descansad en paz. Para nosotros no hay diferencia alguna entre los “Johnnies” y los “Mehmets” allí donde yacen los unos junto a los otros. Vosotras, madres que enviasteis a vuestros hijos desde países muy lejanos, secad vuestras lágrimas. Vuestros hijos yacen ahora en nuestros corazones y descansan en paz. Después de haber perdido sus vidas en esta nuestra tierra, se han convertido también en nuestros hijos”.
Mustafa Kemal Ataturk, 1934 (rememorando a los soldados de las Fuerzas Imperiales británicas caídos en la campaña de Canakkale, 1915-1916).
Hace exactamente 95 años, cientos de miles de soldados del Imperio Británico desembarcaron en las costas otomanas, a la altura de la península de Canakkale, cerca de los Dardanelos. Soldados llegados de Gran Bretaña, Irlanda, Australia, Nueva Zelanda, Canadá y la India, junto con tropas de Francia se aprestaron a un asalto ideado por Sir Winston Churchill que tendría (según lo planeado) efectos devastadores para los enemigos del Imperio Británico en la Primera Guerra Mundial: debilitaría de muerte al Imperio Otomano, conquistando su capital Estambul, y abriría las rutas de abastecimiento a un Imperio Ruso fustigado por el avance imparable de las tropas alemanas del Káiser Guillermo.
Así pues, en abril de 1915, la coalición de tropas francesas y británicas llevó a cabo un desembarco anfibio en la mencionada península de Canakkale, dando comienzo a la famosa campaña de Galipolli. La operación (como saben ustedes por la célebre película homónima de 1981, con Mel Gibson) acabó en un absoluto fracaso para las fuerzas asaltantes: nueve meses de asedio de trincheras, penurias y cargas suicidas, frente a una resistencia turca tan heroica como desesperada, al mando del gran Mustafa Kemal. Al final de la operación, concluida con la exitosa evacuación de las tropas asaltantes en enero de 1916, las cifras de bajas aliadas llegaban a las 220.000, frente a los 253.000 caídos entre las tropas turcas que defendían su patria. A modo de ejemplo, del famoso Regimiento 57 de la infantería otomana, comandado por Mustafa Kemal, solo sobrevivió el propio Ataturk.
Pasados casi 100 años desde aquel episodio, lo más interesante (a mis ojos) es ver precisamente cómo el mismo sirve a día de hoy como nexo de unión entre las naciones que se enfrentaron en las escarpadas cotas de Canakkale. Las palabras de Ataturk en 1934 (recogidas arriba) rememorando a los soldados de las Fuerzas Imperiales británicas caídos, motivaron a australianos y neozelandeses a erigir monumentos a Ataturk en ambos países al otro lado del mundo. Y desde hace décadas, visitantes de Australia, Nueva Zelanda y de toda la Commonwealth peregrinan cada año hasta Canakkale para las ceremonias de recuerdo por los caídos de 1915-1916. Para turcos, australianos y neozelandeses, la campaña de Galipolli supuso el germen de su identidad nacional: la toma de conciencia que marcó sin duda el devenir de estas tres naciones. Los turcos comenzaron su periplo hacia la independencia del Imperio Otomano, y australianos y neozelandeses hicieron lo propio con respecto al Imperio Británico.
En palabras de Abraham Lincoln, “la mejor manera de destruir a un enemigo es convertirlo en amigo”. Una cita que el gran Ataturk tuvo en mente al sentar las bases del gran respeto mutuo que hoy une a Turquía, Australia y Nueva Zelanda. La manera en que estos tres países rememoran a sus caídos en Galipolli emociona por el sentimiento de galantería y camaradería, por el intenso respeto al hombre que ocupaba la trinchera opuesta, por el profundo reconocimiento al valor desplegado, por la humanidad que aun envuelve al recuerdo de semejante carnicería.
Y como en años anteriores, en este abril de 2010, representantes de los gobiernos turco, australiano y neozelandés vuelven a reunirse junto a ciudadanos anónimos de sus países ante el bello monumento de Canakkale, a orillas del Mediterráneo, para celebrar lo mejor de sí mismos y el sacrificio de sus jóvenes.
Y una vez más, yo vuelvo a emocionarme ante semejante muestra de unión, reconciliación y grandeza humana. Una vez más vuelvo a reencontrarme con la belleza del sentimiento de que aun, sobre la catástrofe compartida, cuando existen unos parámetros mínimos de respeto mutuo, podemos salir reforzados y conquistar el futuro juntos. Y una vez más, por desgracia, vuelvo mis ojos a la realidad actual española para ver la incapacidad de nuestra generación para poner en su sitio a unos políticos fracasados que han tenido que recurrir al odio entre las dos Españas para justificarse y mantenerse en el poder, ignorando lo que ya habíamos aprendido con tanto sufrimiento: que solo unidos podemos afrontar nuestro futuro con las mínimas garantías de éxito, que querer hacer generalizaciones de “buenos” y “malos” a estas alturas es un sinsentido, que buscar hoy el ganar batallas perdidas hace generaciones equivale a perdernos en quimeras eternas, y que querer ignorar una de nuestras mitades es tanto como mentirnos sobre nuestro todo global.
En la última década, ciertos políticos han buscado en España recuperar las confrontaciones de hace varias generaciones para sacar partido y para esconder su ineficacia e ineficiencia actuales. Han hecho de la ideología el mejor escudo para defenderse de la realidad, a la que tantos han decidido darle la espalda por tanto tiempo. El daño que nos hemos hecho a nosotros mismos por nuestros complejos como Nación, y por no haber sido lo suficientemente valientes para saber condenar al ostracismo a esos políticos miopes y resentidos, alcanza niveles que habrán de ser estudiados profundamente, pues nos va en ello nuestra propia supervivencia como Nación. Tanto más cuando en el momento actual de globalización contradictoria, el multilateralismo y el multinacionalismo han entrado en crisis por el empuje imparable de los postulados nacionales propios de los más fuertes. Precisamente de aquellos que han sabido superar las heridas de sus guerras civiles para renacer con fuerza de sus propias cenizas.
La historia de alemanes, franceses, británicos y muchos otros de nuestros vecinos europeos y mundiales está también plagada de conflictos fratricidas y de guerras civiles. Pero ellos, a diferencia de nosotros, han tenido la suerte de contar con líderes de verdad que han sabido pegar las piezas del todo que se había roto en el pasado, para afrontar su presente y su futuro unidos, con fuerza y decisión. El gobierno Zapatero, ayudado por sus palmeros mediáticos y por tantos que prefieren mirar al pasado por falta de algo que ofrecer a día de hoy, se han dedicado a romper y separar esas piezas que la Transición había unido por el hambre de futuro y la responsabilidad compartida de tantos.
Hoy me pregunto: si turcos, neozelandeses y australianos son capaces de reconocer con respeto y valor al hombre que ocupaba la trinchera enemiga, si alemanes y franceses han podido construir un futuro de unión y desarrollo compartido tras siglos de guerras y humillaciones, si los estadounidenses pueden incluso ondear la bandera de los EE.UU. junto a los monumentos a los líderes Confederados, si tantos pueblos pueden reconocerse con respeto y humildad compartida, ¿no podemos los españoles de 2010 reconocer a aquellos españoles que se enfrentaron en la contienda de 1936-1939 por su valor, sacrificio y entrega por igual, para volver a unir las piezas rotas del puzzle de nuestra maltratada España, y así poder aspirar a conquistar el siglo XXI? Es obvio que hay muchos a quienes no les interesa que eso ocurra, pero ¿hasta cuándo vamos a entregar la llave de nuestra prosperidad a políticos mediocres que se aprovechan de las miserias de nuestros antepasados para asegurarse ellos mismos el control de nuestras vidas?
Se lo debemos a aquellos españoles de entonces, nos lo debemos a nosotros mismos, y sobre todo se lo debemos a nuestros hijos, cuyo futuro en prosperidad se ve amenazado por la irresponsabilidad de unos políticos que solo buscan su propio provecho exclusivo. Superemos el pasado de una vez y miremos al futuro unidos: nuestro potencial es inmenso, pero hay que ponerlo en marcha… cuanto antes mejor.
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Experto en Seguridad Internacional y Política Exterior
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