Robert Boyers (ed.): George Steiner en The New Yorker. Introducción de Robert Boyers. Traducción de María Condor. Siruela. Madrid, 2009. 392 páginas. 23,90 €
Siruela, editora habitual de la obra de George Steiner (París, 1929), Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2001, nos ofrece ahora una obra singular: la recopilación de algunos de sus artículos (veintiocho, publicó más de ciento cincuenta), aparecidos en
The New Yorker. La selección, un excelente trabajo de Robert Boyers, ha sido realizada temáticamente: I.- Historia y política: Anthony Blunt, Weber y Viena, Solzhenitsin, Graham Greene, Albert Speer y Ariès y la nueva historia francesa; II.- Escritores y escritura: Salvatore Satta, George Orwell, Karl Kraus y Thomas Bernhard, Bertolt Brecht, Robert M. Pirsig, Guy Davenport, John Barth, Jorge Luis Borges, Samuel Beckett, Alexander Solzhenitsin y otros rusos, y Louis Ferdinand Céline; III.- Pensadores: Walter Benjamin y Gershom Scholem, Simone Weil, Claude Lévi-Strauss, E. M. Cioran, Bertrand Russell, Elias Canetti, Arthur Koestler, y Noam Chomsky; y IV.- Estudios biográficos: Sobre el ajedrez, James Murray y el
Oxford English, y Robert Hutchins y la Universidad de Chicago. Completa la edición un Apéndice donde se relacionan todos los artículos de Steiner publicados en
The New Yorker.
Estamos en presencia de un libro excelente que puede, evidentemente, leerse de corrido, pero también, y ahí la grandeza de la selección, leerse de forma salteada, buscando aquellos tópicos y autores de nuestro gusto. Se coincida o no, cosa que suele suceder, con las valoraciones de Steiner, nada hay que no sea de interés. Es más, si algo hay que valorar en el comentarista es su extraordinaria cultura, su capacidad lingüística, y su independencia, el no adscribirse a ninguna escuela, algo que algunos han criticado. Otro aspecto fundamental de Steiner es que enfrentado con un autor canónico, del que aparentemente se ha dicho casi todo, sabe encontrar y exponer planteamientos nuevos, situándolo en un contexto histórico, descubriendo sus antecedentes literarios y de pensamiento. Robert Boyers, en su introducción, pone especial énfasis y toma como ejemplo la figura de Brecht al que sitúa “dentro del marco político, ético y religioso esencial”. Y añade: “Por supuesto, un escritor de la quisquillosa independencia y el empuje de Steiner ha sido fácil de caricaturizar. Sus esfuerzos por distinguir lo mejor de lo óptimo siguen suscitando el epíteto «elitista» y su continua inversión en obras maestras ha inducido a algunos críticos a describirlo como «un museo de monumentos europeos»”. Algo, añadimos nosotros, imperdonable para la intelectualidad norteamericana. Ni que decir tiene que este volumen viene a mostrar lo contrario.
No quiero, y ésta es una apreciación personal, concluir esta recensión sin señalar que algunos artículos me han interesado, por razones estrictamente personales, de forma especial: los que dedica a Borges, Beckett, y a la
“biografía” del ajedrez. Steiner da comienzo a este artículo con la siguiente frase: “Hay tres ocupaciones intelectuales […] en las que los seres humanos han realizado grandes hazañas antes de la edad de la pubertad. Son la música, las matemáticas y el ajedrez”. Y pone como ejemplos a Mozart, Gauss y Paul Morphy. El crítico llega a dos interesantes explicaciones: el niño músico, matemático o ajedrecista es adulto únicamente en dichas disciplinas y se comporta como un niño en todas las demás. Es un adulto parcial, accidental, que ha desarrollado una extraordinaria capacidad de aquello que identifica a las tres disciplinas: que estamos en presencia de actos dinámicos de localización. El niño “sabio”, al igual que el adulto experto, llega a las soluciones respectivas “por medio de una reordenación secuencial de unidades individuales y grupos de unidades”. No me parece adecuado seguir. Si he puesto este ejemplo es para mostrar la notable sabiduría de Steiner.
Sobre Borges:
“Tigres en el espejo”, un artículo fechado en 1970, Steiner cifra el imparable éxito popular de Borges en 1961. Algunas afirmaciones son originales y motivo de honda reflexión: “En cierto sentido, el director de la Biblioteca Nacional de Argentina es ahora el más original de los escritores angloamericanos”, esta extraterritorialidad de Borges subyuga a Steiner; señala luego el crítico “las graves grietas” en el edificio borgiano. Sólo en una ocasión, “Emma Zunz” ha creado Borges una mujer creíble, la visión de “el otro” como contrincante en un duelo, el espacio de acción es mítico y nunca social. Repasa luego una serie de obras de Borges que considera fundamentales:
El libro de los seres imaginarios; el relato
La intrusa, Pierre Menard, La biblioteca de Babel, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, La búsqueda de Averroes, El Aleph. La literatura de Borges, nos dice, es un soñar “contra el mundo”. Y concluye: “Todos estos sueños son, inalienablemente de Borges. Pero somos nosotros quienes despertamos de ellos, acrecentados”.
A Samuel Beckett,
“Del matiz y el escrúpulo” (1968) Steiner lo contrapone a Henry James. Da comienzo a su análisis con su aprendizaje como secretario de Joyce, sus primeros artículos, sus primeros versos y como sus cercanas atracciones: Joyce y Proust son las primeras que abandona. En Beckett, señala, hay una
reductio del lenguaje que culminará en 1957 en
Acto sin palabras. Pero esa estética monocroma y silenciosa no tiene que ver con Beckett que posee una formidable elocuencia inversa. Hay fugas de diálogo en
Esperando a Godot, por más que dialogo no sea la palabra adecuada. El crítico concluye señalando como W.H. Auden al rendirle homenaje póstumo le definió como “Maestro del matiz y del escrúpulo”.
Un análisis artículo a artículo haría esta crítica interminable. Baste añadir que en pocos casos un libro es tan recomendable como el que hoy reseñamos.
Por Alberto Sánchez Álvarez-Insúa