Los tiempos de Rajoy
martes 13 de abril de 2010, 00:17h
La no demasiado larga historia de esta democracia española (tan alabada durante un tiempo, tan vituperada en los últimos años, hasta el punto de que abundan quienes la niegan la misma identidad democrática) está bien surtida de ese peculiar tipo de operaciones que, taurinamente, se denominan “de acoso y derribo”. Cualquiera puede recordar unos cuantos ejemplos del más alto nivel. Pero ahora ya se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que nadie ha tenido que sufrir una campaña de embestidas tan continuada ni tan variopinta como Mariano Rajoy. Lo de variopinto va porque los ataques contra él no sólo vienen de quienes desde el Gobierno y sus aledaños practican –casi como única política- “la oposición a la oposición”, sino también de sectores que combaten el actual desgobierno socialista, próximos incluso al PP, y que, por lo tanto, sería lógico que estimaran que no hay más alternativa al Gobierno de Zapatero que el PP, y que no hay más PP que el único existente, cuyo líder es Rajoy. Me refiero, claro está, a esos sectores que, desde aquí, hemos denominado “la derecha de la derecha”.
Cualesquiera otros planteamientos, se hagan conscientemente o no, sólo sirven para llevar agua al molino zapateril, por muy imaginativos que puedan parecerles a algunos. La gran exigencia del centro derecha español es mantener la unidad y la cohesión interna que si se erosionan, por leve que parezca el daño, tendrán deletéreas consecuencias por el hecho de que un cierto voto, “naturalmente” de centro derecha, vota en algunas regiones a irreductibles opciones nacionalistas. Mantener la unidad y la cohesión de ese amplio sector de la opinión pública ha sido el gran acierto del PP en los últimos veinte años, pero parece que a algunos ya les cansa y sueñan con ese divertido artilugio que es la jaula de grillos. En el PSOE lo saben muy bien y por eso prosiguen sin pausa y usando todas las armas, incluso las menos admisibles, para intentar dividir y hundir al PP. Y lo hacen, seguramente, alborozados al constatar que en su tarea de demolición se les unen inesperados aliados, procedentes de donde menos lo podían imaginar. Gentes que tendrían que recordar un famoso discurso de Churchill en la Cámara de los Comunes, cuando a mediados de 1942, en plena guerra, le presentaron una moción censura. Allí dijo, entre otras muchas cosas: “En tiempos de guerra, si queréis ser bien servidos, tendréis que dar la lealtad a cambio”. Y nadie puede dudar que aquí estamos en una situación que no es, ciertamente, de guerra, pero en la que sí nos estamos jugando el futuro.
Desde que fue elegido Presidente del PP y, especialmente, desde el Congreso de Valencia, que ratificó su liderazgo, Rajoy ha tenido que capear muchos temporales y, en los últimos tiempos, ha tenido que vérselas con lo que, sin exageración, se podría calificar como la tormenta perfecta. Y lo cierto es que lo ha hecho globalmente muy bien, aunque, como en cualquier gestión, puedan detectarse algunos fallos que, puestos en un platillo de la balanza, son, incomparablemente y sin duda alguna, de mucho menos peso que los aciertos situados en el otro. Se le critica a menudo a Rajoy el uso que hace de sus tiempos porque a veces tarda en tomar sus decisiones, en opinión de quienes, desde las tribunas mediáticas, no sólo analizan, critican o comentan sino que dictan el tiempo, modo y contenido de esas decisiones. Pero cuando Rajoy actúa así está ejercitando una de las más importantes virtudes políticas, considerada por los clásicos como la más deseable en un político, que es la prudencia. Porque quien tiene que tomar una decisión política ha de tener en cuenta muchos más factores, elementos e implicaciones de los que suelen ver y considerar los más avezados columnistas. Sólo cuando se está sentado en “el sillón” y se siente el peso de la responsabilidad que acompaña a cualquier cargo se puede saber cuándo y cómo hay que actuar. Y al hacerlo se evita, además, la precipitación, que esa sí que es el peor de los defectos que pueden “adornar” a un político, aunque les guste a los que buscan sensaciones y grandes titulares. ¿Es que es acaso deseable actuar a golpe de ocurrencias e improvisaciones como ocurre ahora casi a diario en España? Pocos recuerdan las sabias recomendaciones de nuestros clásicos a la prudencia, como la de Bernardo de Balbuena, aquel poeta del Siglo de Oro que acabó como obispo de Puerto Rico y que escribía: “Que cada vida tiene su corriente, y las riendas del tiempo el que es prudente”.
Nada de lo anterior quiere decir, claro está, que haya que esperar hasta que los problemas se pudran ni que sea deseable la práctica de los malos políticos que siempre esperan, vanamente casi siempre a que el tiempo resuelva por sí solo los `problemas, como hace, por ejemplo, Zapatero con la crisis. En Rajoy se observa una clara tendencia a elegir el momento en que una decisión sea menos nociva para su partido, para su unidad y su cohesión, en el buen entendimiento que así también será más beneficiosa para el conjunto del sistema democrático. El buen político, como escribió hace tiempo Bettrand de Jouvenel, es “un técnico de la agregación de voluntades”, es decir el que concita adhesiones y evita divisiones, y es esa una técnica de delicado manejo, que está reñida con la precipitación y nada tiene que ver con las estrategias editoriales de aquellos medios que viven del titular escandaloso, de la política como rencilla permanente de todos contra todos y que, reacios a los matices, todo lo ven en blanco y negro. Actores políticos frustrados, dictan a diario autoritariamente lo que tienen que hacer o no hacer los responsables políticos en ejercicio y transforman al “perro vigilante” –que es lo que debe ser la Prensa según la clásica teoría anglosajona- en un “perro mordedor”, dedicado a dar dentelladas con ocasión y sin ella, a diestra y siniestra, pero sobre todo a diestra.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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