El accidente de la semana pasada en la ciudad rusa de Smolensk, en el que murieron el presidente polaco, Lech Kaczynski, y la plana mayor de su gobierno, nos trae a la memoria otros episodios igual de trágicos en los que eminentes figuras políticas de todo el mundo perdieron la vida. Accidentes aéreos o de coche, magnicidios o simples infortunios recogen la crónica negra política de las últimas décadas.
Jadwiga Kaczynska es, siete días después del accidente aéreo de Smolensk, una de las pocas polacas que no llora por las víctimas que perecieron en la fría mañana del pasado sábado. Debido a su precario estado de salud, que la mantiene hospitalizada, la madre del difunto presidente
Lech Kaczynski desconoce el trágico desenlace que ha tenido la vida de su hijo, una de las figuras políticas polacas más importantes de las últimas décadas junto a su hermano gemelo Jaroslaw y el ex presidente Lech Walesa.
El accidente aéreo que se cobró la vida de 96 personas que acudían a rendir homenaje a los oficiales polacos masacrados durante la tragedia de Katyn en la II Guerra Mundial, nos recuerda que ni los altos mandatarios son ajenos al infortunio y al azar más cruel. A lo largo de las últimas décadas, políticos de todo signo ideológico, procedencia y rango han perecido en accidentes de diversa naturaleza, han caído bajo balas y bombas magnicidas o han sufrido desgraciados percances que han puesto un negro punto y final a sus vidas.
El episodio que más nos hace recordar el vivido hace escasos siete días fue el protagonizado por el primer ministro portugués,
Francisco Sa Carneiro. El político luso, que apenas estuvo en el cargo 12 meses (del 3 de enero de 1980 al 4 de diciembre de ese mismo año) falleció en un accidente de aviación cerca de Lisboa. En la tragedia, que conmocionó al país vecino debido a la popularidad de Sa Carnerio y su juventud, 46 años, también perdió la vida su ministro de Defensa, Adelino Amaro de Costa. A pesar de que durante mucho tiempo se creyó que el fallecimiento de Sa Carneiro había sido una catástrofe inevitable, una comisión investigadora dictaminó que su muerte era obra de un atentado.
Puede que uno de los personajes políticos más olvidados por la historia reciente sea
Alexander Dubcek, el gran precursor de la Primavera de Praga. Tras promover un intento de democratización en la Checoslovaquia comunista de los años 60 y sufrir la venganza de Moscú en sus propias carnes, Dubcek se convirtió en uno de los grandes baluartes de la libertad durante la Guerra Fría. A pesar de no figurar mucho en los libros y de no ser apenas recordado más allá de su tierra natal, la labor de este político checoslovaco ha sido admirada por coetáneos, rivales e historiadores. De perfil bajo hasta su muerte, en 1992, Dubcek falleció tras las graves heridas sufridas en un grave accidente de tráfico.
De izqda. a dcha.: Francisco Sa Carneiro, Surab Schwania, Alexander Dubcek y Jörg Haider.Surab Schwania es, antes y después de su muerte, un gran desconocido para la mayoría de las personas. Este político georgiano protagonizó -sin quererlo- en 2005 uno de los misterios magnicidas más sonados de los últimos años. Schwania, por aquel entonces uno de los grandes líderes opositores de la república caucásica, murió en extrañas circunstancias en casa de un amigo. Debido a la tradicional alianza entre Estados Unidos y Georgia, el FBI colaboró en la investigación de su muerte y determinó que Schwania había fallecido por inhalación de gas debido al mal funcionamiento de un calentador. A día de hoy, el caso está cerrado a pesar de que sus familiares y seguidores sostienen que en realidad se urdió un complot para asesinarle y cortar de raíz sus aspiraciones presidencialistas.
Más cercana en el tiempo es la muerte en accidente de tráfico de
Jörg Haider. A pesar de no haber ocupado ningún puesto en la jefatura del gobierno central austriaco, el avance mediático y político de Haider justo antes de su muerte, el 11 de octubre de 2008, era imparable. Líder de un partido de extrema derecha y gobernador del estado de Carintia, Haider hizo temblar los cimientos de la democracia austriaca con sus proclamas en contra de los inmigrantes, la minoría eslovena y los homosexuales.
La lista de accidentes de políticos eminentes es trágicamente larga, en especial en países subdesarrollados donde las condiciones de las aerolíneas provocan que las catástrofes aéreas sean más habituales de lo normal. De este modo, en las últimas décadas han perdido la vida
Barthélemy Boganda, presidente de la República Centroafricana (1959),
Dag Hammarskjoeld, secretario general de la ONU (1961),
Ahmed Ould Bousseif, primer ministro mauritano (1979),
Jaime Roldós, primer ministro de Ecuador (1981),
Samora Machel, presidente de Mozambique (1986),
Zia ul-Hag, presidente paquistaní (1988), y
Boris Trajkovski, presidente de Macedonia (2004).
A pesar de que no era una figura política de primera fila, la muerte de
Diana de Gales , el 31 de agosto de 1997, trascendió todos los límites de la vida social en el Reino Unido. 'La princesa del pueblo’, como era conocida entre los británicos, perdió la vida en un accidente de tráfico en París junto a Dodi al-Fayed, su novio por aquel entonces. Ex mujer del heredero a la corona británica, la muerte de Lady Di conmocionó a la opinión pública de todo el mundo y supuso un antes y un después en el reinado de Isabel II.
Del 'I have a dream' a la huella islamistaSi hay un país donde el magnicidio se mira como el drama nacional por excelencia ese es Estados Unidos. Los norteamericanos tienen en su presidente a la más alta instancia política, militar y social del país y la mera idea de atentar contra su vida es ya vista como una tragedia por millones de ciudadanos. Antecedentes no les faltan. Abraham Lincoln, James Abraham Garfield, William McKinley y John Fitzgerald Kennedy murieron tras recibir varios disparos y no son pocos los ejemplos de presidentes que han sufrido intentos de asesinato.
El hecho de que su muerte fuese recogida por las cámaras y de pertenecer a la familia más glamurosa del país ha hecho que el magnicidio contra
John F. Kennedy sea el más recordado. El trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos murió el 22 de noviembre de 1963 en Dallas tras recibir varios disparos realizados por Lee Harvey Oswald mientras saludaba desde un coche descapotado. A pesar de que su muerte fue recogida por las cámaras, no son pocos los que ven tras la muerte de 'JFK' una mano negra y, en Oswald, al chivo expiatorio de una trama mucho más compleja para acabar con el más carismático de los miembros del clan Kennedy.
Otro episodio que tiñó de sangre los televisores norteamericanos fue el asesinato de
Martin Luther King. El líder civil de la comunidad negra en EE.UU. fue tiroteado en Memphis el 4 de abril de 1968 por un supremacista blanco. Para el recuerdo queda su histórico discurso en Washington y su 'I have a dream' que se ha convertido en las últimas décadas en el emblema por excelencia de la igualdad de los derechos civiles de la raza negra en Norteamérica.
De izqda. a dcha.: Martin Luther King, Indhira Gandhi, John F. Kennedy y Benazir Bhutto.Pero no sólo la política está detrás de estos episodios históricos. La religión también ha sido una mano ejecutora clave en algunos de los más famosos magnicidios del siglo XX.
Indhira Gandhi, primera ministra de India entre 1966 y 1977 fue asesinada por sus guardaespaldas, de confesión sij, tras luchar por la igualdad de derechos en su país durante más de una década. A pesar de implantar una dictadura al final de su mandato, lo cierto es que Gandhi fomentó la industrialización con varias reformas económicas y sólo el atentado que terminó con su vida la privó de su gran sueño: una India desarrollada.
En el país vecino también se vivió hace poco un drama político que trastocó la vida entera de Paquistán.
Benazir Bhutto, una de las grandes candidatas a las elecciones presidenciales paquistaníes, fue asesinada el 27 de diciembre de 2007 por fundamentalistas islámicos tras dar un mitin en la ciudad de Rawalpindi. Bhutto ya había sido primera ministra del país en dos ocasiones, de 1988 a 1990 y de 1993 a 1996, y cuando murió se presentaba como una de las favoritas a suceder a Pervef Musharraf al frente del país como candidata del Partido Popular de Paquistán.
Pero la lista de magnicidios en el último siglo no se queda aquí. Otros personajes políticos destacados que perdieron la vida en atentados fueron el
Archiduque Francisco Fernando de Austria (1914), cuya muerte desencadenó el inició de la I Guerra Mundial,
Mahatma Gandhi, el famoso político pacifista indio (1948),
Isaac Rabin, primer ministro israelí (1995) y
Olof Palme, primer ministro de Suecia (1986).
España, tierra de magnicidiosLa historia de España nos deja varios ejemplos de atentados perpetrados contra figuras políticas que lograron su objetivo. Desde
Juan Prim a
José Canalejas pasando por
Eduardo Dato o
Antonio Cánovas del Castillo, el periodo que va desde finales del siglo XIX a comienzos del siglo XX es un claro ejemplo de lo habitual que ha sido en España atentar contra las figuras políticas más relevantes del país. Esta desgraciada práctica, que ha heredado la banda terrorista Eta, está muy ligada a la historia española que tampoco está exenta de trágicos infortunios.

Uno de los episodios más desconocidos de las últimas décadas fue el que acabó con el
Infante Alfonso de Borbón y Borbón, hermano menor del actual Rey de España, Don Juan Carlos. En un desgraciado y fortuito percance durante las vacaciones familiares de Semana Santa en Madeira, Portugal, el Infante Alfonso recibió un disparo mortal de la pistola que en ese momento estaba limpiando despreocupado su hermano mayor. En la actualidad sus restos yacen en el Monasterio de El Escorial bajo expresa petición de su padre, Don Juan de Borbón, conde Barcelona.
El magnicidio más famoso de la historia española reciente fue el que sufrió
Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno franquista en 1973. 'Operación Ogro' es el nombre que utilizó la banda terrorista Eta para acabar con la vida de Carrero Blanco el 20 de diciembre de 1973. Mientras su comitiva pasaba por la madrileña calle Claudio Coello, los terroristas hicieron estallar una carga explosiva que habían colocado en un túnel bajo la calzada haciendo volar por los aires el coche del político franquista.