Semper Fidelis
Álvaro Ballesteros
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cronicasdelmundogmailcom/16/16/22
jueves 15 de abril de 2010, 21:42h
El coronel alemán Claus Schenk Graf von Stauffenberg dejó dicho, antes de que los del pelotón de fusilamiento le picaran el billete de ida en julio del 44 tras haber intentado cepillarse al mismito Hitler, aquello de que “en la vida, solo te recordarán por dos cosas: los problemas que solucionaste y los problemas que creaste”. Incontestable, así, “sin anestesia”, que dice mi buen amigo José Antonio Jiménez.
La frase, absolutamente clara e inmisericorde, debería resonar en los oídos de nuestros políticos de pandereta. Desalmados directores de orquesta (que con algunas escasas excepciones) siguen intentando enredar a todo el mundo en su endiablado juego de confusión masiva. Nuestros próceres gobernantes y sus maestros de la propaganda partidista (los que ocupan a diario los titulares de prensa) están llevando al país al desfiladero en el que habitan nuestros instintos cavernícolas, esos tan hispanos que hacen que a la gente se le fundan los plomos y se líe la marimorena en un plis-plas.
En un país como el nuestro, en el que las últimas semanas son ya monumento antológico al desvarío y al despropósito institucional más grave, nuestros líderes políticos se han echado al monte para desplegar la mayor cortina de humo nunca vista desde que recobramos la democracia en 1978. Una cortina de humo diseñada para despistar la mirada de millones de ciudadanos, mientras se esconde estratégicamente la retahíla de éxitos de nuestra bendita casta política: un paro mucho más alto que el de todos nuestros vecinos, con una economía hundida (hace mucho que Turquía nos arrebató el puesto de sexta economía europea, por cierto), con una educación encallada y de mínimos (ni idiomas, ni tecnología, ni ciencia, ni humanidades, solo propaganda) y con una falta de eficiencia en el trabajo que solo presagia penurias para los españolitos, que se quedan además pronto sin fondos europeos y sin subvenciones varias para seguir viviendo del cuento. Así y con todo, no es de extrañar que el respetable Josep Antoni Duran i Lleida haya sentenciado que "España pasa por su peor situación política desde la recuperación de la democracia". Es obvio, pues, que la cortina de humo de la que les hablaba tiene una clara finalidad: que los españoles volvamos a tirarnos los trastos a la cabeza por las discusiones de hace generaciones, no vaya a ser que coincidamos en descubrir que nuestros gobernantes nos están llevando a la más absoluta ruina y nos decidamos a ponernos de acuerdo en algo y les piquemos el billete de ida a ellos también de una puñetera vez.
Y así y con esas, el fino de nuestro Presidente del (des)gobierno, con la que está cayendo, no tiene empacho en soltar en una entrevista con los del Financial Times eso de: "no, no. España no va a bajar a la segunda división. Los tiempos son difíciles, sí, pero estaremos en la primera división, con los países fuertes. Creo que he hecho cosas bien y otras mal, pero he sido fiel a mis principios y supongo que así me gustaría ser recordado".
No me negarán que (dejando a un lado los surrealistas símiles futbolísticos) es ciertamente interesante lo de la fidelidad a ”sus principios”, que todo puede ser que el hombre los tenga aunque aun no sepamos exactamente cuáles son. Podía haber elegido lo de ser fiel a la democracia, fiel al país, fiel a sus compatriotas, fiel a los valores socialistas, o fiel a tales o cuales postulados. Pero no, nuestro Primer Ministro vuelve a mostrarnos que la vara de medir el mundo que él usa empieza y acaba consigo mismo.
En una España que deambula sin rumbo (al menos visible) en el orbe, el gobernante que recibió el encargo electoral de guiar nuestro destino común como país hasta dentro de un par de años (repito: con la que está cayendo) solo espera ser recordado en función de si fue o no fiel a “sus principios”. No sé ustedes, pero yo no hago más que volver arriba para releer la cita de von Stauffenberg, y me parece a mí que a nuestro Presidente del (des)gobierno lo vamos a recordar mucho más por los problemas que ha creado (o reavivado interesadamente), que por aquellos que ha solucionado. Lo de “sus principios”, vale, quedará para los recalcitrantes del PSOE y para los coleccionistas freekies de frasecitas hechas, aunque a largo plazo (y eso que dicen que la Historia a la larga suele ser generosa) no creo que pese mucho en la red colectiva de neuronas, esa que aun se pregunta por dónde estarán los brotes verdes y las demás musas de la mitología oficialista zapateríl.
El caso es que la tropa dirigida por el de “la fidelidad a sus principios” casi está consiguiendo que la cortina de humo despiste a más de uno y que los españolitos de a pie acabemos de nuevo enzarzados en discusiones del sexo de los ángeles sobre los temas estrella de nuestro pasado, esos que nos han llevado tantas veces al precipicio y sobre los que nuestros políticos profesionales intentan construir su estabilidad futura (incluidos los patrimonios imposibles de justificar). En los últimos días, yo mismo me he visto inmerso en una serie de debates electrónicos con amigos de hace años, tanto socialdemócratas como democristianos (a mi estas categorías me gustan más que lo de “buenos” y “fachas” que tanto se estila en España), y es verdaderamente sorprendente ver lo fácil que es (década tras década) volver a enfrentar a unos contra otros por aquellas discusiones que nuestros antepasados nunca pudieron dirimir. Esas que deberíamos dejar atrás para centrarnos en el futuro, por mucho que nos venga Ian Gibson a darnos lecciones de complejos nacionales, como si irlandeses, italianos, griegos, alemanes, franceses, británicos, y todo el puñetero mundo no hubiese tenido que hacer lo mismo para evitar acabar matándose de nuevo, y ponerse de una vez a construir un futuro que debe (y solo puede) ser compartido para superar los traumas del pasado común.
Y en esos debates con mis viejos amigos de sensibilidades políticas diversas, lo más interesante para mí ha sido ver cómo entre todos hemos conseguido entender la gravedad de la situación, ver que nuestros políticos nos la están queriendo jugar una vez más para mantenerse en el poder mientras el país se nos desmorona, y ver que lo que nos une es muchísimo más fuerte que lo que nos separa y que tal vez siempre nos separará, lo cual no es tan poco tan malo si conseguimos no perder de vista todo lo que nos jugamos como Nación en estos momentos. He de reconocer que en las discusiones (en momentos acaloradas) con esos amigos de diferentes espectros políticos pero con muchas vivencias compartidas, he redescubierto en parte el potencial de nuestro país para salir adelante, para ganarle la partida a esos políticos que llevan 30 años en el escaño, sin dar pie con bola, sin solucionarnos nada, convirtiéndose en una de las principales preocupaciones de la ciudadanía, pero viviendo a cuerpo de rey, eso sí, mientras las expectativas de tantos ciudadanos de a pie se van a pique, ante la indolencia, los silencios inexplicables, y las actuaciones incomprensibles de unos políticos a los que parece que todo lo que no sea su propio cortijo privado les resbala, destilando eslogan e hipocresía a raudales. “Midiendo los tiempos” para no hacer nada.
Les comentaba hace unos días en mi último artículo que la actuación de turcos, australianos y neozelandeses ante el recuerdo de Galipolli me ayudaba a “reencontrarme con la belleza del sentimiento de que aun, sobre la catástrofe compartida, cuando existen unos parámetros mínimos de respeto mutuo, podemos salir reforzados y conquistar el futuro juntos”. Y eso es precisamente lo que he sentido hablando y discutiendo estos días con mis amigos en España. Precisamente porque existe ese basamento sólido de respeto mutuo que hace que los esfuerzos de nuestros gobernantes para descalificar a unos y para cercenar el legítimo debate democrático no tengan éxito. Porque a nosotros no nos pueden manipular mezquinamente; porque nosotros hemos decidido que aunque disentamos en puntos y planteamientos no nos vamos perder ese respeto esencial para vivir en democracia; porque nosotros entendemos que como ciudadanos de la España democrática que ha pasado ya por tantas cosas, es nuestro deber ahora permanecer cívicamente unidos frente a tanto esfuerzo desintegrador. Porque hemos decidido ser fieles (semper fidelis) a nuestro futuro compartido, fieles a nuestra posibilidad de vivir juntos en prosperidad, fieles al sueño de dejar atrás las rencillas de nuestros abuelos. Y porque hemos entendido que todo esto es muchísimo más importante que ser fiel a los principios propios y excluyentes de cada uno: ejemplo singular de un egoísmo político que demuestra a las claras cuán lejos están nuestros gobernantes de ser los verdaderos líderes que necesitamos hoy, cuán lejos están de servir a nuestra denostada democracia a reencontrar el camino de vuelta a la prosperidad compartida que hizo de nuestro país el ejemplo envidiado por muchos en los 70-80-90.
He de reconocerles que a pesar de sonar un pelín iluso, la existencia de ese territorio común (tan crucial para la supervivencia de la democracia en España y que he podido redescubrir debatiendo con tantos en los últimos días) me da esperanzas de que sabremos salir adelante una vez más. Es también ilusionante descubrir que frente a tanto escándalo y tanto miseria política en España, cada vez son más los profesionales que se detienen para escuchar la llamada de servicio al país, al más puro estilo Kennedy. No hablo de los que se acercan a la política para medrar sin dar un palo al agua como hasta ahora, sino de hombres y mujeres preparados, con carreras profesionales sólidas, que simplemente están llegando al punto limite de hastío del que está harto de que el timón del país esté siempre en las manos de aquellos que ya se han descalificado reiteradamente para llevarlo a buen puerto.
Decía recientemente Manuel Chacón en su excelente artículo “Katyn y la muerte de Kaczynski” (publicado en diariocritico.com) que hasta la tragedia de Smolensko puede llegar a servir “para lograr una reconciliación histórica ruso-polaca, tan necesaria tanto para ambos pueblos como para Europa entera”. Igualmente espero que esta crisis (intrínsecamente española ya) dé lugar a que una nueva generación de profesionales curtidos y con experiencia real se anime a tomar las riendas del país para jubilar a una casta política que nos lleva directamente a la ruina, por su incapacidad manifiesta para afrontar los desafíos de hoy y para superar las frustrantes limitaciones de unas ideologías trasnochadas que ya no dan respuesta a nada, pero que siguen sirviendo a la antigua táctica del “divide et impera” aplicada a unos ciudadanos que parecen haber perdido el norte.
Solo siendo fieles a nuestro compromiso común por el futuro compartido de España podremos llegar a solucionar nuestros problemas (los reales) y conseguir así, como decía von Stauffenberg, ser recordados en la posteridad. Decididamente, vale la pena intentarlo. España se lo merece. Seamos, pues, semper fidelis a nuestro futuro común.
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Experto en Seguridad Internacional y Política Exterior
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