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La controversia sobre el ajuste del mundo árabe al proceso de globalización

Víctor Morales Lezcano
viernes 16 de abril de 2010, 20:34h
Abdeljelil Temimi, colega de fuste en su oficio de historiador y documentalista (Túnez), ha recopilado en una síntesis de emergencia los argumentos a favor y en contra que viene inspirando el proceso de globalización en el seno del mundo árabe-islámico.

Como suele ocurrir en todas las controversias, e indistintamente de la magnitud del asunto en discusión, hay quien es favorable a la causa del fenómeno que se debate; mientras que, en ninguna de aquéllas, falta quien se opone a que se de por buena la línea de enfoque que se valora negativamente.

Así, el mundo árabe, según Temimi, rechaza en parte la globalización de la economía, de la información y de la cultura movido por una intención defensiva, para “curarse en salud” y justificar de este modo la pervivencia de un estilo de vida y de unas estructuras de funcionamiento socio-económico poderosamente ancladas en la tradición.

Otra parte de ese mundo árabe, aunque minoritaria, no deja de acoger con predisposición favorable el susodicho proceso. En ocasiones, lo hace con una estima relativa, aunque en otras lo haga miméticamente.

En cualquier caso, una riada de publicaciones sobre el tema viene desembocando en librerías desde hace cerca de veinte años.

Cuando no fue Djäit, filósofo tunecino, resultó ser el profesor Lewis (Bernard); cuando no Talbi (Mohamed), ha sido Meddeb (Abdelwahab), por citar al azar algunas de las autoridades intelectuales que han terciado en la materia, generando en consecuencia un flujo de opiniones encontradas que ha alimentado la controversia en torno a los inconvenientes y ventajas del proceso globalizador dentro del mundo árabe.

No creo en las interpretaciones monocausales de un fenómeno complejo como es la percepción del mundo árabe -repito, a la larga, del mundo islámico- por los intérpretes de oficio con que cuentan múltiples universidades, editoriales y fundaciones europeas y americanas.

En todo caso, es evidente que el desarrollo y difusión de la postura de insurrección de varios países árabes versus el orden internacional poscolonial, ha dejado maltrecho a ese orden -y de paso a no pocos de los países árabes-.

Valga recordar cómo de Nasser a Ben Bella, o de Gaddafi a Sadam Hussein, se viene repitiendo el desencuentro del mundo árabe con los intereses occidentales (diálogo euro-árabe, por ejemplo), cuando no se trata de un entendimiento interesado entre los dos interlocutores.

De ahí que lo que, desde un principio, no fue fácil, ni asequible, se haya incluso ido mutando en áspero y cruel -incluso desde antes del 11-S; pero, en particular, luego del magnicidio que tuvo lugar con el atentado que se perpetró en 2001 en las Torres Gemelas de Nueva York-.

La relación que establece una conexión estrecha entre la política intolerante de los israelíes ultra-ortodoxos y la inclinación del sector radical árabe hacia el ejercicio terrorista con el Enemigo (¿el mundo occidental?) por excelencia y sus aliados, peca de simplista aunque no parece encontrarse muy alejado de la realidad que ofrece a la vista el tiempo presente.

Cuando el aliado israelí se muestra insumiso frente a Washington y burla las pautas conciliadoras que emergen del Despacho Oval en la Casa Blanca, otras antenas “disidentes” de la hoja de ruta anglosajona con sus estrategias a cuestas en Oriente Medio, han comenzado en los últimos meses a escabullirse -siempre que han podido- de la tutela vigilante de la intervención militar de los Estados Unidos.

Véase, si no, el juego de Hamid Karzai cuando el vicepresidente Biden ha visitado Kabul hace un mes aproximadamente y su rapprochement de última hora al pugnaz Ahmadineyad de Irán -vocero del derecho iraní al uso de la energía atómica con fines no bélicos.

La noción de que los árabes han ido perdiendo posiciones y prestigio en las relaciones internacionales durante la segunda mitad del siglo pasado, ha fomentado el gusto por la provocación -primero- y, más tarde, por la adopción de medidas violentas contra la Potencia imperial de visos pacificadores -aunque estos últimos se plasmen mediante la intervención armada (¿inexorable?), como ocurrió ayer en Iraq, y hoy se está produciendo en Afganistán.

Quizá quepa pensar que en fecha imprevisible, el mundo árabe irá saliendo de las contradicciones no resueltas que le maniatan bastante, impidiéndole por ello un tránsito cómodo por la vía de la transición hacia los tiempos que corren: democracia y competitividad. Sin necesidad de desafíos aparatosos frente al insumiso, como aparatosa ha solido ser la respuesta europea (por ejemplo, la de Francia en Argelia entre 1954-1962) y la estadounidense, en casi todo el arco territorial que cubre desde Libia hasta Paquistán).

Mientras que el pulso entre contrincantes prosigue, el estado de guerra -encubierto por el diplomático proceso de paz- continúa firme en torno a Jerusalén, Bagdad y Kandahar.

Sólo si Obama reafirma sus triunfos en casa, podrá luego mostrarse fuerte en el teatro de la crisis internacional permanente para intentar consolidar un statu quo lo más equitativo posible en el valle de lagrimas y sangre en que se ha convertido el mundo árabe (e islámico a la larga).

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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