Un volcán en erupción
domingo 18 de abril de 2010, 15:47h
Así como la erupción de un volcán en Islandia ha ensombrecido los cielos europeos hasta el punto de imposibilitar la circulación aérea, el bombazo mediático que han supuesto los procesos abiertos contra el juez Garzón parece haber cegado la capacidad de raciocinio de unos cuantos hasta límites insospechados. Lo que se está juzgando en estos momentos no es la moralidad de su actuación contra el franquismo. Lo que se está juzgando es sí Garzón ha cometido un error en su labor como juez, a sabiendas de que lo estaba haciendo. Independientemente de las valoraciones personales sobre la necesidad o no de juzgar los crímenes del franquismo, lo cierto es que, hoy por hoy, tras una ley de amnistía y con la mayor parte de los supuestos culpables muertos, el magistrado de la Audiencia Nacional no es competente para juzgar la causa y él lo sabía. Una vez más, el gusto por las portadas y por cumplir el papel de comodín judicial de las iniciativas del Gobierno, caracterizaron la labor de Garzón, que hasta ahora siempre ha actuado así sin tan siquiera disimularlo.
Afortunadamente, a veces la Justicia nos da sorpresas y los que parecían intocables, por una concatenación de circunstancias dejan de serlo. Puede que las razones últimas que se esconden detrás de los procesos contra Garzón se deban más a enemistades personales, a venganzas políticas de los enemigos que se ha ido dejando por el camino, cegado por su arrogancia, que a un riguroso afán legalista. Pero lo cierto es que lo que no se puede admitir es que un juez camine por la vida administrando justicia arbitraria, abriendo casos absurdos y como el del franquismo, que le ha llevado a él mismo a un tribunal.
Es lo que pasa cuando antepones el tráfico de influencias y la fama al cumplimiento serio de tu labor como impartidor de justicia. Que te arriesgas a que tus enemigos sigan tu ejemplo y estiren al máximo las posibilidades legales para llevarte a ese destierro forzoso que parece cernirse sobre la cabeza de un magistrado que se creía intocable.
Y es que, aunque aquí y ahora todo el mundo tire para su terreno, lo cierto es que tanto PP como PSOE se han aprovechado de la imaginación y ductilidad del juez para dar el impulso legal a sus iniciativas políticas. Cada uno en su momento ha sacado partido de la buena disposición del “juez estrella” de la Audiencia Nacional para convertir en papel mojado aquello de la división de poderes que en su día se inventó por gusto un tal Montesquieu. Porque aunque ahora sea el PSOE quien se levanta en armas en defensa de Garzón mientras el PP se frota las manos ante las nubes negras que se ciernen sobre el juez, éste se ha caracterizado por pendular entre ambos partidos con toda naturalidad, tomando siempre decisiones con un sospechoso sesgo personal o político.
Sin querer restar valor a la loable y necesaria investigación que Garzón llevó a cabo en torno al vergonzoso caso GAL, destapando el maloliente asunto y llevando a la cárcel a sus responsables –a casi todos-, lo cierto es que el juez se metió de lleno en el asunto tras un decepcionante y fugaz paso por las filas del PSOE. De ahí en adelante, Garzón ha sido el juez comodín de los gobiernos, desde el PP hasta el PSOE, desde la Ley de Partidos hasta la Ley de la Memoria Histórica; eso sin contar los muchos procesos imposibles en los que se ha embarcado como si de un adicto a las portadas se tratara.
Todos aquellos que se han lanzado a la yugular del Tribunal Supremo con una fiereza más propia de un régimen sectario que de la supuesta democracia que dicen defender, cegados por su ideología de manual y sus consignas de usar y tirar, se olvidan de que, nos guste o no, la Ley no se mete en pantanosos terrenos morales o subjetivos. A pesar de jueces como Garzón, la legalidad ha de ser ciega e implacable con quien se la salta y la rebaja a una mera palabrería que adaptar a su conveniencia. El fin no justifica los medios.
|
Periodista
Regina Martínez Idarreta es investigadora del Instituto Universitario Ortega y Gasset
|
|