www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

¿Por qué no se halla remedio al fracaso educativo? (I)

Rafael Núñez Florencio
lunes 19 de abril de 2010, 19:04h
Cada cierto tiempo un titular en los medios informativos -normalmente quejumbroso, cuando no abiertamente alarmista- nos recuerda con datos concretos y evaluaciones comparativas el deficiente estado de nuestro sistema educativo en todos sus tramos, de la primaria a la universidad. No es sin embargo un asunto que sea fácil de tratar en los canales habituales de comunicación, pues su complejidad y su tempo largo contrastan con la urgencia y el sentido de la novedad que rigen en los grandes medios (y también, dicho sea de paso, con el ansia de resultados concretos e inmediatos de las autoridades políticas de este sector). Tampoco es cuestión de abrir todos los días con incidentes que, por más significativos y hasta alarmantes que resulten (violencia entre los propios jóvenes, consumo de alcohol y drogas, agresiones a profesores, etc.) no dejan de ser excepcionales en el conjunto del sistema. Conviene no perder de vista, sin exageraciones ni alarmismos, que el mal no está en esos brotes ponzoñosos, del mismo modo que los picos de fiebre no constituyen la enfermedad en sí, sino uno solo de sus síntomas.

Me gustaría en este par de artículos tratar el tema desde un enfoque no diré que nuevo, pero sí menos frecuente de lo que en mi opinión sería deseable, una perspectiva que orille la complacencia pero también el catastrofismo, que no se enrede en aspectos tan llamativos como superficiales, que no intente endosar las culpas a priori a un determinado sector social o político y que, en definitiva, trate de coger el toro por los cuernos y vaya a las raíces mismas de la materia. Pero partamos también de la base de que nadie tiene la varita mágica para remediar el problema. De hecho, se ha teorizado tanto sobre el particular, se han hecho tantas críticas y propuestas, se han ensayado tantos planes y medidas, que lo primero que un observador lejano o imparcial tendería a preguntarse, perplejo, es por qué no se ha llegado a ningún gran acuerdo teórico o, al menos, a unas sólidas medidas paliativas. ¿Es que está el medio -o sus estratos directivos- lleno de necios o ineptos?

Obviamente, no. Desconfíen, por tanto, como punto de partida de toda determinación salvadora o de quién asegure tenerla. Esto no se arregla en un par de meses, ni en un par de años. Hablemos más bien en términos de una generación, como poco. Y eso, repito, como punto de arranque y si las cosas no se deterioran más, que es otra posibilidad no desdeñable. Ya sé que esto desespera a muchos, pero me temo que en el ámbito educativo, como en tantas otras facetas humanas, las prisas no llevan a ningún sitio... bueno. Una vez dicho eso, frente a la dejación más o menos fatalista que puede asaltar a algunos, cabe la labor callada y tenaz, en la buena dirección, que consiga frutos parciales. Así que... ¡claro que se pueden hacer cosas! ¡Y tantas! Pero es fundamental que se hagan con un diagnóstico preciso, sabiendo adónde se quiere llegar y arbitrando concienzudamente los medios para cumplir esos objetivos. O, dicho de manera más concreta, habría que empezar desbrozando el camino de los tópicos y fáciles panaceas que, como árboles frondosos, no nos dejan ver el bosque.

Me atrevo a señalar, sin agotar ni mucho menos el capítulo de falsos remedios, tres de esos supuestos, hoy tan en boga que parecen tomar carta de naturaleza como realidades incuestionables. La primera es la cuestión presupuestaria. “En España se invierte poco en educación”. A partir de esta premisa se establecen cuadros comparativos, con Finlandia y con otras naciones más próximas, para demostrar que el gasto per capita en nuestro país es sensiblemente inferior. Conclusión: el fracaso educativo se combate con más dinero, tanto para la escuela en sí, como para mejorar los instrumentos educativos y para el propio profesorado. Que conste que, como parte integrante de este último cuerpo, estoy tirando piedras contra mi propio tejado, porque me vendría muy bien que me equipararan a un director general del ramo (y a lo mejor me lo merecería más que éste). Pero, a fuer de honesto, tengo que confesar que el planteamiento es falso. No, no es una cuestión de medios materiales, sobre todo cuando hemos arribado al digno nivel que es moneda habitual en nuestros lares. Es indudable que todo se puede mejorar y, como en ese dicho corriente de la felicidad, el dinero ayuda..., pero nada más.

La segunda falsedad se mueve en la órbita política, atribuyendo los males del sistema educativo a un sector ideológico o, dicho sin ambages, a un determinado partido político. Voy a ser claro: la responsabilidad del desmantelamiento de la enseñanza media en general y muy en particular del bachillerato corresponde sin duda alguna al partido socialista y a su equipo de expertos, desde la llegada del aciago Maravall al Ministerio de Educación. Por si fuera poco, lejos de mostrar flexibilidad ante los primeros síntomas de que aquellas reformas no daban los resultados apetecidos, el gran error del PSOE en sus largos años en el poder ha sido empecinarse en el sostenimiento y extensión a todos los tramos educativos de unos principios que implicaban la destrucción lo que había -mereciera ello mejor o peor consideración- sin poner las bases de una alternativa funcional. Colegir de ello que la alternancia política o -para ser también claros en este aspecto- la llegada del Partido Popular al poder resolvería la situación, era una vana quimera. El caso es que dicho partido gobernó durante dos legislaturas sin que, por diversos motivos, se materializaran cambios sustanciales. No puede negarse que, frente a los tibios pasos de la derecha, el nuevo rumbo del socialismo, con Zapatero al frente, supuso una reafirmación dogmática en la senda logsiana, pero ello no nos autoriza a pensar que la solución del conflicto dependa tan sólo de un cambio de gobierno. Porque, como veremos, el problema tiene mucho mayor calado.

La tercera falacia comúnmente aceptada es la que yo denominaría la mitificación instrumental. Consiste en dar prioridad y proponer como fines lo que no pasarían de ser en el mejor de los casos medios o instrumentos de mejora educativa. Es uno de los defectos más comunes de los políticos, pero también de las autoridades académicas a todos los niveles, que se pasan la vida en los despachos -¡nunca en las aulas!- trazando nuevos planes, rectificando criterios de evaluación, estableciendo itinerarios, cambiando nomenclaturas, diseñando transversalidades, modificando créditos, jugando con troncales y optativas, generando vías muertas, introduciendo alternativas ficticias o inoperantes... y así, ad nauseam, siempre con el concurso entusiasta de los pedagogos de salón o desertores de la tiza, haciendo y deshaciendo todo para volver, en el mejor de los casos, a una situación parecida al punto de partida. Que nadie espere mucho, por ejemplo, de la posible extensión del bachillerato o de la implementación de los planes de Bolonia: si no van acompañadas de profundas rectificaciones y de otras disposiciones de fondo, esas medidas por sí solas no cambiarán gran cosa del actual panorama educativo.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios