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Ejército y democracia

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 19 de abril de 2010, 19:11h
Los muchos y muy loables menesteres en que de sólito vemos afanado al benemérito cuerpo de Bomberos –desatranque de puertas inadvertidamente cerradas; apertura de automóviles bloqueados con heridos o muertos dentro; desescombro de ruinas en búsqueda de supervivientes o fallecidos en terremotos, etc., etc.,- en nada empecen para que su misión esencial e identitaria sea la de apagar el fuego de los incendios. Así ocurre igualmente con el eje medular de la actividad castrense, que no es, obviamente, otro que el de salvaguardar los intereses de la comunidad a través de la actividad bélica, ofensiva o defensiva. Mil otras atenciones –y todas ellas positivas- ocupan de ordinario el trabajo de las fuerzas armadas, especialmente, en los países del llamado primer mundo. Todas –insistamos- en extremo plausibles y acreedoras a la gratitud de los afectados por grandes inclemencias meteorológicas o de otro signo –riesgo, v. gr., de atentados terroristas a bienes y personas- que ponen en grave peligro la vida y comodidad de los ciudadanos. Por espectacular o trascendente que sea la dimensión de dichas actividades nunca podrá opacar o desdibujar el cometido último y vertebrador de los ejércitos, que estriba en el recurso a las armas en orden a preservar la continuidad de la patria –como antaño se decía- en caso de peligro por la amenaza de enemigos.

Justamente en el vocablo acabado de mencionar, el de patria, reside hodierno una de las más graves dificultades en punto a visualizar adecuada y fácilmente la naturaleza y función del estamento castrense en algunas democracias, como, por ejemplo, la española. Surgida ésta en considerable medida del repudio de la herencia del régimen franquista, considerado en bloque como una dictadura militar –la segunda en el siglo XX-, la cochura del flamante Sistema se encuentra aún en agraz en vertientes de innegable importancia para la construcción de una colectividad plural de firme basamento. El núcleo configurador de los países anglosajones o de Alemania o Francia– supremo modelo de democracias contemporáneas, única forma estatal válida e imaginable en los umbrales del III milenio- descansa sobre una muy precisa e intangible idea nacional, ahondada y fomentada por una educación histórica de nítidos e inconcusos perfiles y aceptada plenamente por la inmensa mayoría de la sociedad, incluso en estos tiempos de multiculturalismos y globalizaciones.

Con toda patencia, la España actual no se inserta en dichas coordenadas, sin que, por demás, sea ella, antes al contrario, un solar alejado de potenciales conflictos, dada su situación estratégica y, hasta si se quiere, su legado del pasado. En un horizonte de generaciones, el motto latino Si vis pacem, para bellum continuará conservando toda su vigencia para gobernantes y gobernados en un país en que el término “patria” –tierra de los antepasados- y el sentimiento de pietas histórica a él íntimamente vinculado se muestran más delicuescentes y contestados que en ningún otro de su entorno. La cohesión social proporcionada por la vivencia de una fuerte identidad nacional podría quizá también aportarla un conjunto de valores morales trascendentes testimoniados en el quehacer cuotidiano de un pueblo; pero tampoco es éste el caso español. El frenesí más que la aceleración del cambio social en la España de las últimas décadas no se ha decantado todavía en una cosmovisión que reemplace con eficacia al pensamiento unificador -¿habría que llamarlo “patriótico”?- que, por encima de normales y legítimas diferencias, hormaba en tiempos pasados la visión de España.

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