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Un estatuto constitucional

martes 20 de abril de 2010, 21:00h
Cualquier cambio en la estructura de los principios, en los que se basa el comportamiento de las personas y sus más íntimas convicciones, es de tal dificultad que el individuo repele de atender a cualquier razonamiento que violente su tranquila conciencia, con el objetivo de no llevar a cabo el denodado esfuerzo de replantearse las bases sobre las que se asientan sus propias creencias o aquellas a las que se pudiera haber adherido. Sobre esta afirmación de carácter científico, la Doctora Carol Anne Tavris explica que se trataría de un mecanismo de supervivencia desarrollado para evitar el sentimiento de culpa, que busca la justificación de nuestras propias acciones, aunque estas sean totalmente erróneas. Sin embargo, la Doctora es optimista y explica que el individuo posee la capacidad para poder cambiar de criterio, de afrontar la disonancia cognitiva y de alumbrar una nueva razón.

De esta manera, podríamos elevar esta capacidad de cambio a toda una sociedad. Me refiero a la urgente necesidad de reformar la Constitución Española. Pero la reforma debe llevarse a cabo honestamente, mediante los cauces legales establecidos para ello y no a través de subterfugios interpretativos de la Norma de normas. El recurso de inconstitucionalidad interpuesto en revisión del Estatuto de Autonomía de Cataluña, sobre el que el Tribunal Constitucional lleva dirimiendo durante más de tres años, ha puesto de manifiesto el problema del que adolece nuestro sistema político.

Atendiendo al ineludible carácter de permanencia e inalterabilidad por el que toda carta magna debe estar definida, no es posible la necesaria estabilidad del Estado si la letra de la Constitución puede estar sometida a un constante trabajo de interpretación. La Norma suprema debe ser clara, breve y concisa. No puede estar sometida al pulso constante de quienes quieren resquebrajar su significado originario. Sobre los integrantes del Tribunal Constitucional no corresponde que recaiga la responsabilidad de dar cabida a normas que distorsionan y se enfrentan a la literalidad de la Norma. Porque la modificación de la Constitución es una decisión política y no de aplicación de doctrina jurídica.

La clara inconstitucionalidad del precepto en cuestión sólo puede dar como resultado una sentencia que no sea del gusto de nadie, y menos de los defensores y artífices del estatuto catalán, que lejos, estos últimos, de elaborar una norma que se atuviera a las características que este tipo de legislación requiere, eludieron toda vergüenza legislativa para dar a luz a un tocho que más parece un compendio de leyes administrativas. El problema es que el tocho ha sido aprobado en el Congreso de los Diputados y mediante plebiscito por los empadronados en Cataluña. Ante la peculiaridad de la normativa sometida a análisis, el Tribunal Constitucional no puede más que declararse incompetente, declarar al estatuto en suspenso a expensas de la necesaria reforma constitucional que pueda, de forma precisa, sentar las bases para su adecuación constitucional.

Es cierto que el Estado está en continua transformación, pero la norma que preside la pirámide normativa debe tener la suficiente entidad para que no puedan ser puestos en entredicho sus mandatos de manera constante, para que el Tribunal Constitucional sea una vía de excepción y no una instancia más, sobre el que recaiga la responsabilidad de aplicar e interpretar, en menor medida, la letra constitucional. El Tribunal Constitucional no debe ser, en ningún caso, un órgano político, con poder para deformar el significado de los imperativos constitucionales, a instancia de aquellos que propusieron los nombres de sus integrantes.

Por último, quiero aclarar a un lector ofendido que no puedo esconder mi condición de militante comunista desde 1907, que aunque coqueteé con las tesis de Bakunin y más tarde con las trotskistas, me rendí en 1936 a los principios marxistas leninistas como baluartes de la verdadera democracia liberal y que, desde ese mismo año, acompañé al Comisario Político Carrillo en todas sus correrías, llegando incluso a ser, en tiempos oscuros para nosotros, quien le proporcionara las pelucas para que pudiera eludir la persecución del eje capital fascista. Espero que esta vez pueda entender la ironía.

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