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La crisis de las cenizas negras

jueves 22 de abril de 2010, 19:18h
La nube de ceniza negra, expulsada por el volcán Eyjafjalla y que ha cubierto durante días más de media Europa, se ha convertido en una metáfora de la vigente situación. Millones de partículas recorren como almas en pena los cielos, inmersas en una intratable depresión pues no vislumbran puertas de salida en el horizonte. En su discurrir desnortado por el viejo continente dejan caer lágrimas de pesimismo ante la que ya algunos dicen que es la mayor crisis económica de la historia.

Un volcán que no salía en los libros de geografía de los viejos planes de estudio, situado en una esquina del globo terráqueo, ha paralizado las comunicaciones, en la sociedad tecnológica repleta de avances sofisticados. Los ingenieros se han quedado boquiabiertos y sin respuesta, tocando y retocando sus gafas de sabios. Y todos nos hemos vuelto a sentir empequeñecidos y vulnerables ante las leyes de la física. Una lección de humildad, nacida del capricho de un volcán vikingo, en un momento absolutamente inoportuno por cuanto reaviva los demonios de la inquietud alarmada.

Es una suerte de alegoría de la dramática depresión; o quizás un aviso a navegantes (siempre nos quedará el mar, piratas aparte); o tal vez una advertencia de que hay que hacer bien los deberes y preservar, siempre y en todo caso (sin excepciones), los principios y valores que nos identifican como comunidad. No nos desviemos hacia las profecías de Nostradamus ni por las señales esoterismos u ocultismos. No van por ahí las enseñanzas de “la crisis de las cenizas negras”, que, en cambio, sí nos debe obligar, como mandan los cánones de la tauromaquia a templar y, sólo después, a mandar. Primero a hacer una reflexión colectiva de dónde estamos, qué nos jugamos, hasta cuándo podemos continuar frivolizando con las cosas de comer y, en fin, a dónde queremos llegar. A partir de ahí desaparecerán los nubarrones, se abrirán las cortinas, se despejarán dudas y habrá un legado orgulloso que transmitir a las próximas generaciones.

Desconozco el final del vuelo de las cenizas dramáticamente negras, color de la elegancia pero también del dolor. Mis limitaciones me impiden adivinar el destino de las cenizas de la leyenda negra que deambulan al pairo de los vientos, pero sí me cabe recordar el consejo de Pitágoras de Samos “borra de la ceniza la huella de la marmita”. No me resigno como el mártir Miguel Servet, a punto de ser quemado vivo, a continuar las discusiones en la eternidad. Sin perjuicio de las promesas en la otra vida, no nos resistimos a exigir una más esperanzada existencia en este mundo por lo que se ve cada vez más imperfecto.

P.S.: Y, por desgracia, esta vez no podemos echar la culpa ni al cambio climático ni a Adán y Eva que casi siempre son los responsables de todo.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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