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Manifiesto contra la pedagogía

José María Herrera
sábado 24 de abril de 2010, 15:30h
El ministerio de educación acaba de presentar públicamente el documento con el que aspira a conseguir un gran pacto por la educación. Los sindicatos de clase se han apresurado a mostrar la adhesión de la comunidad educativa al documento. La extraordinaria rapidez con la que lo han hecho demuestra lo poco que cuentan los profesores en España. Se diría que éstos han otorgado poderes ilimitados a sus representantes. Alguno creerá incluso que los sindicatos de clase disfrutan de un apoyo masivo en la enseñanza. No es así. El número de profesores que acude a las elecciones sindicales es irrisorio. Cosa diferente es el provecho que de esto sacan las organizaciones implantadas en todo el territorio nacional. Pero ya trataremos de este tema otro día. Hoy basta con recordar que mientras mil liberados sindicales protestaban a favor de Garzón, mil profesores hacían lo mismo en Sevilla contra lo que consideran el último paso en la totalitarización de la enseñanza, muy adelanta en la Andalucía de las modernizaciones, sin que apareciera por allí ninguno de sus supuestos representantes.

Son muchos los profesores que, al contrario de lo que dicen los sindicatos, se lamentan de la situación en la que se encuentra la educación en España. Uno de ellos es Ricardo Moreno Castillo, autor de un libro muy recomendable, Panfleto antipedagógico, y de un manifiesto que circula por Internet desde la semana pasada titulado: “Por una vuelta al sentido común en la enseñanza”. El número de adhesiones que ha recabado ya entre los docentes demuestra que la comunidad educativa no está tan contenta como dice la curia sindical. Es evidente también que lo que preocupa a los profesores no tiene nada que ver con lo que preocupa a políticos y sindicalistas. Sus tiros van por otro lado. La idea principal del texto es, de hecho, la afirmación de que “la pedagogía no es una ciencia, sino un lenguaje sin contenido.”

Yo creo, como el profesor Moreno y otros muchos profesores, que la gran responsable de los desaguisados de nuestro sistema educativo es la pedagogía, no la Pedagogía como tal, sino la doctrina que aquí se identifica con ella, quizá porque ha sido incorporada a la ley. Que esa doctrina no es ciencia se ve efectivamente en el hecho de que incumple el requisito básico de toda ciencia: medirse con lo real. Otra cosa es que se trate de un lenguaje sin contenido, o sea, algo insignificante, y no, como creo, de una ideología, un falso sistema de pensamiento al servicio del poder. Que el Estado haya convertido en ley el principio nuclear de esa pedagogía –la sociedad de la información no necesita conocimiento, sino información (conocimiento de usar y tirar)- no es sólo una prueba de que los viejos ideales de formación y emancipación han quedado obsoletos.

Los Estados comenzaron a gestionar la enseñanza en el siglo XIX por influencia de la Ilustración, un movimiento filosófico que combatió el monopolio educativo eclesiástico con el argumento de que sólo hay una forma de progresar: mediante el progreso del conocimiento. La educación debía servir para lograr que las personas fueran más razonables y ello sólo era posible instruyéndolas en los métodos de la filosofía y las ciencias. Las naciones donde impera la fe impiden la consecución de este objetivo al situar ciertos valores por encima de la razón. Para ellas las virtudes intelectuales deben supeditarse a las virtudes morales derivadas de tales valores sagrados. Esta es la causa de su estancamiento.

Cuando se supeditan las virtudes intelectuales a ciertas virtudes morales la educación se convierte en adoctrinamiento. El adoctrinamiento, enmascarado bajo la fórmula “educar en valores”, es también el propósito fundamental de nuestra pedagogía. El modo en que esto se lleva hoy a cabo no es mediante la inculcación de tales o cuales contenidos, sino mediante la relativización de todos los contenidos y su vulgarización en aras de la igualdad. El descenso de nivel producido en nuestro sistema no preocupa por eso a sus partidarios. Aunque solamente ciudadanos formados en el uso de la razón y de la libertad de pensamiento impiden que las democracias se conviertan en una pantomima –“la alegría de los esclavos en las saturnales”, que decía Nietzsche-, nuestro modelo pedagógico prefiere supeditar los valores de la razón a ciertos valores morales incuestionables que se supone suficientes para sostener el mundo en que vivimos.

La fe que se profesa a esos valores es la causa última de que se otorgue a la pedagogía la relevancia legal que posee en nuestro sistema. En absoluto se trata de una cuestión técnica, ya que no es verdad que la pedagogía ayude a mejorar la enseñanza de los diversos saberes. La supervisión pedagógica de la educación constituye simplemente una variante de la supervisión eclesiástica. Ambas descansan en la idea de que una sociedad necesita menos el conocimiento que la virtud. Las víctimas de esta creencia son los profesores. La pedagogía pasa a convertirse en algo intimidatorio, una nube volcánica de preceptos que recorta su libertad intelectual. Si no fuera por la traición sindical, se habría advertido hace ya tiempo que la implantación de un modelo pedagógico constituye un ataque al libre ejercicio de la razón, consagrado por nuestra Constitución como libertad de cátedra.

La táctica empleada por la pedagogía para supeditar los contenidos científicos, objeto de la educación, por los valores que ella representa, ha consistido en deshonrar por sistema al profesor y a aquello que el profesor sabe. Nuestra pedagogía tiene de sí misma una idea tan elevada como baja la tiene del profesor. Y claro que hay profesores pésimos, aunque no sólo entre los detractores de la pedagogía. Contrariamente a lo que se cree, sus mayores valedores no son los profesores más comprometidos con su tarea, los buenos profesores, sino los malos, aquellos que prefieren estar bajo la cobertura de un modelo que les permite vivir en el fracaso sin culparse por ello. La burocratización de las tareas docentes constituye en realidad un alivio para quien apenas tiene que enseñar. Lo más parecido al profesor tradicional e incompetente contra el que se alzó la reforma del sistema es, de hecho, un profesor formado íntegramente en el nuevo sistema. Pero de esto no se habla, o no se habla más que en privado, quizá porque para eso hay sindicatos o porque entre los profesores predomina el modelo del intelectual de izquierdas, gente muy capaz de hacer sutiles análisis de la realidad que a la hora de la verdad acaban haciendo siempre lo que hacía Sartre, arquetipo del intelectual comprometido: apoyar incondicionalmente al partido.
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