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José Tomás, el hombre tranquilo

martes 27 de abril de 2010, 21:58h
Conocer, lo que se dice conocer a José Tomás es más difícil que descifrar el misterio de “la carabina de Ambrosio adamasquinada” o descifrar el sexo de los ángeles, tarea iniciada por Eugenio D´Ors y que tal vez haya descubierto, compinchado por el arcangélico Gregorio Prieto en ese rincón de cielo que Dios habrá concedido al pensador catalán, como premio a “la obra bien hecha”.

José Tomás es inexcrutable. Lo era de niño, cuando yo lo invitaba a los partidos de nuestro “Aupa, Aleti” y él todavía no se había decantado por consagrar la ruta futbolística o taurina. Primó la segunda opción que era la que gustaba a su abuelo. Se habla mucho de la influencia sobre el hombre del matriarcado; pero se obvia la importancia, real, la gran trascendencia de los abuelos que significan, frente a los padres, el triunfo de la rebeldía. De haberse decantado por el fútbol, José Tomás – ya lo ha demostrado en partidos amistosos- sería un “niño Torres” y este verano veríamos sus correrías en el campeonato mundial sudafricano.

José Tomás prefirió los ruedos y así, a sangre y fuego, tiene a sus fanáticos – solo el fanatismo nos salva de la incertidumbre- como Quevedo veía a la siempre compleja España: en un tris. Y a punto de dar un tras.

Estuvo a punto de los segundo porque el diestro de Galapagar- el pueblo en el que reposa Jacinto Benavente- camina todas las tardes por una arena candente, sobre cristales afilados como los cuernos del toro mexicano “Navegante” que lo empitonó. “No puede ser, no puede ser”, es frase pronunciada por el padre del diestro, un hombre como deben ser los hombres. Y un padre aunque parezca un personaje melodramático, que responde al significado- obligación de serlo. (Aunque los padres, dentro del “planeta de los toros”, no tengan buena prensa. Y de ahí que “Camará” hiciese frase lapidaria: “Para apoderar a un torero antes debe enseñarme el certificado de defunción de su progenitor”)

Al percance gravísimo sufrido por José Tomás, le siguió la mayor gravedad de los pronósticos, el anuncio temido de las impensables consecuencias. Su hablaba de seis meses de convalecencia y hasta de la tragedia que significaría no recuperar la pierna herida por el rayo.
Felizmente los partes facultativos son como la veleta que rige la vida de los toreros. Dentro del ruedo pueden descender de la gloria inicial a a los infiernos de la ira del español sentado en los tendidos. El triunfo y el fracaso dependen del estado de opinión de los espectadores. Ni el que se deje ir un toro a los corrales, y nada menos que en la Mezquita Sabina, también rayado en rojiblanco.
Seguir a l “Aleti” y a José Tomás .¡Qué manera de gozar!. ¡Qué manera de sufrir!.
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