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La Guerra de la Oreja de Jenkins

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Trafalgar es para los ingleses una de sus victorias más sonadas, pese a que en ella perdió la vida su mejor marino, Horatio Nelson. Se cuenta una anécdota atribuida a Napoleón que da idea de la leyenda que envolvía al almirante británico. Paseando junto a su estado mayor por la costa atlántica francesa, el corso se detuvo un momento con la mirada fija en dirección a las islas británicas y exclamó: “Ya habremos ganado la batalla -de Trafalgar-; entonces, ¿Cuándo tomaremos Inglaterra?”. Informado por uno de sus generales de la derrota, montó en cólera exigiendo una explicación inmediata. “Es sencillo, sire; nosotros teníamos a Dios, y ellos tenían a Nelson”, fue la respuesta de su edecán. Dicha anécdota ha sido mentada hasta la saciedad por la historiografía británica; una historiografía que, sin embargo, apenas menciona una guerra que tuvo lugar cincuenta años atrás, y cuyo desencadenante fue… una oreja.

En 1739, el Caribe estaba infestado de piratas y contrabandistas. Barcos de guerra españoles vigilaban sus aguas para combatirlos en la medida de lo posible. Uno de ellos interceptó a un buque corsario inglés, al mando de un tal Robert Jenkins. El capitán inglés debió ponerse gallito, ante lo cual su homólogo español, Julio Leon Fandiño, decidió cortar por lo sano -nunca mejor dicho-:, sable en mano, le cercenó al inglés su oreja izquierda al tiempo que le advertía: “Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”. Este hecho fue relatado por el propio Jenkins -ya con una oreja de menos- en la Cámara de los Comunes, ante lo cual Gran Bretaña declaró la guerra a España. Dicha guerra duraría hasta 1748 y se saldaría con una estrepitosa derrota para los ingleses, destacando especialmente la humillación sufrida durante el sitio de Cartagena de Indias. Ello se debió a uno de los marinos más insignes de la historia española, no tan conocido como debiera. Su nombre, Blas de Lezo.

Con apenas quince años, participó de manera heroica en la sitio de Toulon, donde una bala de cañón le destrozó la pierna izquierda. Impertérrito, siguió en su puesto hasta el final de la batalla. No sería la única herida de guerra que recibiría; de hecho, durante el asedio a Barcelona perdería también un brazo, y posteriormente, una esquirla de metralla acabaría con uno de sus ojos. Cojo, manco y tuerto, Blas de Lezo recibiría es sobrenombre de “Pata Palo”, aunque pocos se batían como él. La victoria fue una constante a lo largo de su carrera, si bien lo de Cartagena de Indias es caso aparte. Hasta el desembarco de Normandía en la Segunda Guerra Mundial no se volvería a ver una incursión anfibia semejante, con la diferencia de que en Cartagena de Indias, la desproporción era palmaria: 186 buques y 27.000 soldados ingleses por 6 navíos y una guarnición de apenas 3.000 hombres por parte española. Sólo un genio como Blas de Lezo fue capaz de decantar la situación a su favor, infligiendo al imperio británico la más humillante de las derrotas. Hasta tan punto que el propio rey Jorge II prohibió toda mención oficial de aquel hecho. Pero la prepotencia inglesa es la que es, y buena prueba de ello fueron las monedas que acuñaron antes de la batalla -todavía se conserva alguna-, con la leyenda “Los héroes británicos tomaron Cartagena el 1 de abril de 1741”. Pues no. Hubo héroes en Cartagena, en efecto, pero fueron españoles. Y el mejor de todos ellos, Blas de Lezo.

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