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Multas, más multas

jueves 29 de abril de 2010, 17:05h
La literatura popular enfrentaba al español, como leve incumplidor de las normas, con el alemán, como obediente estricto a cualquier mandato. El primero disfrutaba con vadear la progresivamente ampliada relación de infracciones en la espera de que no fuera observado o de que el agente de turno errara al transcribir los hechos en la libreta o, en fin, de que se apreciara cualquier irregularidad en el procedimiento o incluso caducara.

El ordenamiento sancionador ha engordado al modo de Obélix y es casi imposible asimilar qué es lo que se puede hacer, toda vez que se ha impuesto una vocación, la de prohibir casi todo. El ciudadano sea peatón, conductor, viajero, morador de vivienda, trabajador, consumidor, etc. –debe llevar junto a sí el libro gordo de lo vetado y un teléfono móvil para llamar al abogado de cabecera convertido en su permanente sombra.

Los agentes sancionadores disponen de cámaras de aumento teledirigidas para testimoniar faltas minúsculas. Ellos y los inspectores fundamentalistas son animados e incluso incentivados para retorcer las tripas de los infractores. La magna tesorería demanda el incremento de la recaudación para volver a gastar los nuevos ingresos en exactamente lo mismo que ha dado lugar al déficit.

Se visualiza una cierta sensación de acoso, de persecución ante una actuación orquestada de “buscar las vueltas” más o menos siempre a los mismos que deben ser exprimidos hasta quedar en la cáscara. El otrora intervensionismo liberador de desigualdades se ha transformado en intervensionismo limitador de la libertad. No desdeñemos la confirmación de que la libertad está ligada umbilicalmente a la seguridad jurídica, al saber a qué atenernos en cada momento y... ¿quién lo sabe hoy?. Caminamos temerosos por un ordenamiento enmarañado hecho a base de acopios de preceptos vagos, equívocos y descoyuntados en los que se diseccionan cualesquiera conductas, todas las cuales resultan impedidas con cualquier excusa real o ilusoria. Las avasalladoras normas deterministas no sirven para una mejor ordenación de la convivencia social sino para invitar a quedarse en casa haciendo punto de cruz o un solitario con baraja Fournier. Salir a la calle, conducir un vehículo, colocar una maceta en el balcón, tender la ropa, sacar al perro a olisquear arbolado público, fumar, cantar, beber, beber y soplar, hacer una obra, consumir productos altos en colesterol, pensar por uno mismo... formar parte del calendario de nuestra otra vida no sumisa. Ahora tocan las campanas de la inmisión plena en la que se olvidan los derechos que son propios, inherentes a la persona, simplemente reconocidos pero no otorgados.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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