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Elecciones en Gran Bretaña

lunes 03 de mayo de 2010, 19:33h
Una vez Sir Raymond Carr dijo que la política británica era como un partido de cricket: la mayor parte del tiempo no pasa nada, y es aburridísimo. Pero ocasionalmente, pasa algo inesperado, por ende, excitante, que despierta el entusiasmo de los espectadores, hasta ese momento más interesados en el té y su termo. Esto es lo que ha ocurrido depués del primer debate televisado “a la norteamericana”. Lo que hasta ese momento había sido considerada una elección aburrida, con la casi certeza de que la hora de los Tories había vuelto después de trece años en la oposición, se convirtió en una carrera a tres puntas.

La campaña prometía ser una más, con repetición de slogans vacuos que suelen reforzar el cinismo de los votantes. Se inició con la prensa y comentaristas serios anunciando que el tema fundamental era la economía: más específicamente, qué medidas específicas será necesario adoptar para hacer frente al déficit fiscal más grande de la historia de este país, y si deberían adoptarse de inmediato o , como proponen los laboristas, dentro de dos años, para no perjudicar la tímida recuperación actual.

Desde 2001 la proporción del PBI que representa el gasto público ha aumentado del 47% al 55%, mientras que durante el mismo periodo los ingresos totales cayeron del 48% al 42% del PBI. Simultáneamente, los gastos totales aumentaron un 70%, mientras que los ingresos lo hicieron en un 25%. Esta brecha aumentó durante la recesión, pero venía en alza desde 2001. El déficit fiscal tiene entonces un componente estructural, y no es sólo consecuencia de la recesión. Los rubros que más crecieron fueron protección y servicios sociales: 92%; salud: 102%; educación: 76%.

Un principio básico de las finanzas públicas es que los gastos permanentes, tales como seguridad social, salud y educación, deben financiarse con ingresos fiscales, mientras que los gastos temporarios, tales como lo que resultan de una recesión, pueden ser financiados con deuda. La conclusión es clara: para hacer frente al déficit estructural, o se recortan gastos o se aumentan los impuestos.

El debate ubicaba a conservadores y laboristas en extremos conocidos. Si los primeros abogaban por un Estado más chico, más eficiente, menos estrangulador de la iniciativa privada, los segundos insistían en el papel crucial que a su entender, debe cumplir el Estado para alentar la demanda en épocas de crisis. Los laboristas acusaban a los conservadores de planear cortes en el gasto público, los temidos “ajustes” que presuntamente apoyan los conservadores (neoliberales en el vernáculo latinoamericano) en todo el mundo, impulsados por un supuesto desprecio por el pueblo.

La noticia inesperada fue lo sucedido en Rochdale, Inglaterra el 28 de abril. Un día antes del último debate entre los tres líderes, Gordon Brown cometió una de esas gaffes que pueden costar una elección en este país, donde la noción del político como “servidor público” del elector/contribuyente, sigue –por suerte- primando. Sin advertir –ni Gordon Brown ni ninguna de las otras tres personas que estaban en el auto con él- que el micrófono seguía conectado, hizo un comentario despectivo hacia una mujer que lo había encarado respetuosamente en la calle. Quizás más llamativo que el comentario en sí –utilizó la palabra bigot, que tiene connotaciones mucho más despectivas que “intolerante” o “prejuiciado” en castellano-, lo dijo en un tono de voz que recordaba al de alguien que se pregunta qué es lo que está haciendo en ese lugar, hablando con “ese tipo de mujer”. Todos los esfuerzos del laborismo por aparecer como el partido que más cerca del pueblo está, que mejor entiende a la “gente común”, en contraposición con David Cameron fruto de la educación más exclusiva que puede ofrecer este país -Eton y Oxford- se diluyeron en ese solo instante. Si los laboristas hicieron todo lo posible por presentar a los conservadores como el partido de la élite, de los ricos, de los privilegiados, el desprecio por una señora como cientos de miles –sino millones- de otras señoras como ella, le puede haber costado la elección.

Y ya que estamos en el tema del elitismo, es curioso señalar que también Clegg ha tenido no sólo una educación privilegiada (Westminster y Oxford) sino que entre su parentesco cosmopolita hay elementos de esa excentricidad tan británica y tan divertida. Resulta que Nick Clegg tiene como tía abuela a la Baronesa Moura Budberg, aristócrata rusa, escritora, espía, agente doble (actuaba tanto para los servicios de inteligencia británicos como para la Unión Soviética) que fue amante, entre muchos otros, de H. G. Wells y de Maxim Gorky. Con una mujer española (Miriam Durantez Gonzalez), madre holandesa y con dominio de cinco lenguas, Clegg está tan lejos de la “gente común” como Cameron (casado con la hija de un baronet descendiente de Charles II de Inglaterra, e hijastra del Vizconde Astor).

El debate económico, por otro lado necesario, ha sido desplazado por uno exclusivamente político. Todas las encuestas indican que ningún partido tendrá la mayoría parlamentaria necesaria para aprobar la legislación que consideran imprescindible para poder gobernar. Eso es lo que un hung parliament significa.

En cambio, ahora la discusión se centra en temas tales como el fin del bipartidismo, las características de los gobiernos minoritarios, la factibilidad de un gobierno de coalición, la necesidad de una reforma electoral, etc.

“Cambio” es la palabra que domina la campaña. Hasta la aparición de Nick Clegg en el primer debate entre los tres candidatos, eran los conservadores los que prometían el cambio. Este era un cambio conocido: producto de la alternancia democrática, de la oportunidad de cambiar de elenco y políticas después de trece años del mismo partido en el poder, del cansancio evidente no sólo notorio en la cara del Primer Ministro Gordon Brown, sino en el mero hecho de que un voto por el laborismo era un voto para “más de lo mismo”. Ahora, el “cambio” tiene una connotación más profunda: Clegg propone y promete al electorado un cambio de verdad: dejar de lado a los viejos partidos, abrazar lo nuevo.

Si pierde Brown, con una proporción de votos menor a la que heredó de Tony Blair, su período en el poder será considerado un fracaso. Mientras que al final de la primera semana de campaña se notaba una sensación de fatiga a medio camino entre el deseo de ganar y la resignación a perder, al final de la segunda, y con el segundo de los tres debates concluido, por un momento las encuestas daban resultados que caben dentro del error estadístico: 32% para los conservadores, 31% para los demócrata-liberales, 29% para el laborismo. El tercer y último debate confirmó la tendencia: David Cameron (Conservador) va a la cabeza, seguido de cerca por Nick Clegg (Liberal-Demócrata), con Gordon Brown (Laborista) a una distancia en aumento.

Dado el sistema electoral, en el que resulta elegido el candidato que obtiene la mayor cantidad de votos en un distrito electoral, el rol de los candidatos individuales es crucial. El sistema electoral explica asimismo la posibilidad de que el laborismo obtenga el mayor número de parlamentarios, con el menor número de votos. Esto es así porque el voto conservador se haya más desparramado, mientras el laborista está más concentrado, en lo que se denominan “safe seats” (en los que un partido tiene la mayoría asegurada). Si le suma a esto el hecho de que los votantes laboristas son más remisos a votar, los candidatos de este partido pueden resultar ganadores con una cantidad menor de votos. Por lo tanto, el desempeño en campaña de un candidato puede alterar el resultado de una elección, más allá del voto “tribal”.

Hubo voces que criticaron la decisión de realizar debates “presidencialistas”, que favorecerían a los candidatos telegénicos, que primaría “el estilo sobre la sustancia”, que era una prueba más de la vulgarización de nuestra cultura, etc.etc. y más etcéteras.

Sin embargo, lo que ha salido victoriosa de estos debates es la Política, así, con mayúscula. Esa actividad que caracteriza a los sistemas de gobierno en los que reina la libertad. Es la política, no la “democracia” lo que caracteriza a nuestras sociedades, a las sociedades que han elegido el camino de la “conversación” (tal como Richard Rorty definiera a la democracia) para intentar dar respuestas a las pasiones, intereses, visiones y hasta valores, enfrentados, sin recurrir a la violencia. Un punto similar es el que hace Jeremy Hardie (http://www.opendemocracy.net/ourkingdom/jeremy-hardie/uk-election-three-cheers-for-uncertainty ), cuando señala que no elegimos un gobierno como si fuera un subcontratista con quien hemos acordado un plan minucioso, sino que lo elegimos porque creemos que comparte cierto valores con nosotros y los candidatos son lo suficientemente competentes para optar por el mejor camino cuando ocurran, como sucederá, sucesos impredecibles (los “known unknowns” a los que alguna vez hizo referencia Donald Rumsfeld). En la misma línea que Rorty, Hardie concluye que cuando examinamos propuestas políticas concretas, no lo hacemos con el afán de aclarar los puntos especificados en el contrato de obra, sino con el objetivo de conversar, para tener una idea de cuáles son las aptitudes del aspirante al puesto de Primer Ministro.

La experiencia de los debates en estas elecciones, con los tres candidatos altamente inteligentes, moderados y respetuosos de sus rivales, ha reforzado el valor de la Política como actividad, así como la solidez y madurez del sistema político británico.
La Política, como señaló Bernard Crick en su libro In Defense of Politics, es la actividad que eligen las sociedades libres para gobernarse. Acaso podemos imaginar un debate semejante en la Venezuela de Chávez? En la Nicaragua de Ortega? En la Argentina de los Kirchner?

Celia Szusterman

Socióloga especialista en América Latina

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