Ayuno de noticias
domingo 09 de marzo de 2008, 21:41h
Para la Cuaresma, que ahora no antecede a la Pascua, sino que sigue al Carnaval, el Papa Benedicto XVI ha pedido a los católicos que se dejen de mojigaterías y, en vez de alimentar su buena conciencia sustituyendo la carne por el pescado, como manda la costumbre, prescindan durante varios días de toda clase de noticias.
Las palabras del Pontífice han producido cierto alboroto. Esto no es raro porque, cualquiera que sea su discurso, a los sectores más rancios del progresismo, hegemónico en el ramo de la predicación mediática, les escandaliza siempre que una magistratura que no debería existir persevere en su pretensión de orientar moralmente a los hombres. La recomendación de Ratzinger ha sido, además, particularmente sangrante. Al parecer, el Papa no pide a sus seguidores un ayuno de actualidad porque recele de unos medios que favorecen la deliberación racional y la libre circulación del pensamiento, enemigas ancestrales de la fe, sino, paradójicamente, por todo lo contrario, es decir, porque cree que las impiden.
Como un Voltaire ensotanado, un Kant con báculo y tiara, el Pontífice ha salido al balcón de San Pedro y ha gritado a sus seguidores: ¡Atrévanse por una vez a pensar por sí mismos, libérense de la tutela de la informadores, abandonen la superstición de la actualidad!
¿Tendrá razón el Papa?, ¿se habrán convertido los medios de comunicación en un peligro para el pensamiento, una traba semejante a lo que antaño representaron los púlpitos de la Iglesia y sus inquisidores?
Ustedes saben que dar la razón al jefe de la Iglesia Católica es un pecado mortal en los tiempos que corren, pero, qué le vamos a hacer, pienso francamente que la tiene. Los medios de difusión han adquirido una preponderancia tan desmesurada en nuestras sociedades que, amén de usufructuar la realidad, la determinación de lo que es real o no -con ciertos retoques, quizá siga siendo válido el viejo adagio vaticano "quod non est in actis, non est in mundo"-, amenazan, sin que nadie esté en condiciones de discutirlo, con monopolizar también su interpretación.
El problema, en todo caso, no es que los medios de comunicación, constreñidos por su propia función de espejo de la actualidad, se pronuncien en cualquier momento sobre cualquier cosa; el problema es que hayan impuesto su manera de hacerlo, que es hacerlo de cualquier forma y como quien tiene que salir siempre al paso de los asuntos. En otros tiempos, se creía que, frente al trabajo apresurado del periodista, cuyo deber era simplemente informar, estaba el trabajo concienzudo del intelectual, cuyas obras tenían efecto e influencia a largo plazo. Hoy mantener esto se ha vuelto una ingenuidad. Si las ideas mueven a la sociedad, no son ya, desde luego, las ideas profundas, sino las ideas triviales, esparcidas a los cuatro vientos desde los púlpitos mediáticos. La figura del "tuttologo" ha convertido la superficialidad en el estilo de la época. Por peliaguda que sea una cuestión, por graves que puedan ser las consecuencias de comprenderla o tergiversarla, ésta se despacha de un manotazo. Efecto irremediable de todo ello es el acusado giro político que se advierte hoy en la difusión e interpretación de toda clase de noticias e ideas. Y no por casualidad, ciertamente, pues profesar una ideología fue siempre la mejor manera de evitarse la molestia de pensar.
El Papa pide a su gente que se pare a pensar. Se trata de un deseo paradójico, al menos para todos aquellos que identifican la Iglesia con lo contrario. Pero Ratzinger, no se olvide, es un pensador brillante, lo bastante brillante como para saber que la mayor amenaza que tiene la fe no es el despliegue de la razón, sino su declive. Una sociedad que confunde actualidad con realidad, información con conocimiento, creencia con idea y reacción con acción libre y voluntaria, está tan perdida para la una como para la otra. Lo asombroso es que este proceso de trivialización general haya sido desencadenado en nombre de la racionalidad, del espíritu crítico, de la libertad de expresión, un sin fin de nobles ideales que, a fuerza de pequeñas subversiones, comienzan a oler peligrosamente a chamusquina. No hay que ser un gran cocinero para saberlo: hasta la mejor carne se acaba pasando en la parrilla si no la apartamos del fuego a tiempo.