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La solución a nuestros males políticos

Álvaro Ballesteros
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cronicasdelmundogmailcom/16/16/22
jueves 06 de mayo de 2010, 21:14h
“En España se echa en falta una verdadera tercera opción liberal a socialistas y populares, ante el abismo nacionalista. No aventuras personalistas, sino un partido de ideario sólido en el que no sea necesaria la presencia de un carismático líder”.

Carlos Loring Rubio (“La opción liberal”, El Imparcial, 04.05.2010)


El novelista británico Terry Pratchett escribió con gran acierto que “solo somos libres en nuestros sueños”. Y mirando a la realidad política española desde hace ya bastante tiempo, parece que no podemos más que darle la razón. ¿Es posible que solo en sueños España pueda ser un gran país, en el que sus ciudadanos viven, trabajan y crecen en paz? ¿En el que no hay que estar redimiendo a nuestros abuelos cada día? ¿En el que el futuro es más importante que el pasado? ¿En el que los mejor formados y los que se preocupan del porvenir del país arrebatan el poder político a los ideólogos mediocres que solo buscan su provecho personal? Un país en el que sus ciudadanos miran el exterior, y no solo a su limitado ombligo localista. Un país en el que las instituciones son libres del control político de turno, en el que las leyes se aplican, y en el que no se discrimina a nadie por razón de sexo, edad, religión, opción política, o sexual. Un país en el que la religión se queda en los templos, mezquitas y sinagogas, mientras la ciudadanía comparte en libertad el espacio público. Un país en el que los políticos casan a sus hijos en ceremonias privadas y no ganan puntos por despreciar opciones de vida tan respetables como otras. Un país, en el que las contradicciones y la crispación no están a la orden del día, sino que los corruptos van a la cárcel, y el sistema funciona. Un país en el que podemos crear e inventar sin necesitar el carnet del partido del reyezuelo de taifas de turno. Un país donde la economía la dirigen economistas, la sanidad la gestionan gestores sanitarios, la educación se planifica al margen de intereses políticos manipuladores, y las lenguas unen, no separan. Un país donde la defensa del Estado es algo básico e indiscutible, desde la integridad territorial a los símbolos patrios, empezando por el más importante hasta ahora en la defensa expartidista del Estado democrático: la Corona. Un país donde la gente tiene una sólida red de apoyo del Estado, pero donde se encarcela a los que desvalijan las arcas públicas abusando de subsidios y robando inmisericordemente. Un país donde los votos no se compran, donde los políticos tienen que decir algo con sentido o mejor se callan, donde el futbol es un entretenimiento y no una religión, donde se mide a la gente por lo que es y no por lo que posee, y donde el futuro de nuestros hijos es cada día más brillante, y no cada día más incierto. Un país donde los artistas se dedican al arte y no a la coreografía política. Donde los jueces son imparciales y dejan de lado su ideología partidista para ponerse la toga, y no al revés. Un país moderno en el que la inmigración es ordenada y enriquecedora, porque está gestionada con la profunda seriedad que un tema tan importante requiere, sin eslóganes ni manipulaciones, sin ataques ciegos ni insultos cargados de ignorancia. Un país donde no haya que esconder la bandera oficial ni donde los que más gritan y más empujan son los que se llevan el gato al agua. Un país donde no tengamos que resignarnos a soñar solo con un Obama o un Nick Clegg, porque tengamos los representantes que nos hagan sentir orgullosos.

Sí, tal vez haya que resignarse a mirar a Noruega para imaginar todo eso en un mismo sistema real en este planeta. Quién sabe, tal vez solo soñando podamos disfrutar de una España libre de lo peor de los españoles; una España en la que brillan las mejores cualidades de sus ciudadanos. Esa España que pareció empezar a construirse tras 1978, y que los políticos profesionales y los ciudadanos más egoístas y autocomplacientes hace tanto que arrasaron.

Hoy España es un campo yermo en el que los ciudadanos de bien tienen cada vez menos puntos de asidero político para poder mirar con tranquilidad al futuro. Nuestros partidos esenciales están exhaustos: en ruina moral y caos. El PSOE sigue diciendo que “Zapatero es su principal activo”, y es precisamente eso lo que certifica su entrada en coma profundo, la realidad de su denigrante situación, su entrada en barrena. Ello, que es una tragedia para el PSOE en sí, es también un drama para el país y para nuestro entramado institucional, pues el PSOE es una pieza clave del desarrollo democrático de España. Igualmente trágico es el estancamiento del otro partido esencial en nuestra democracia. El PP comenzó a embarrancarse en los dos últimos años del segundo mandato de José María Aznar, posiblemente el mejor Primer Ministro de nuestra historia (con la excepción de Adolfo Suárez) hasta 2002. Cruzado el ecuador de su segunda etapa de gobierno, con esa mayoría absoluta que resultó ser una manzana envenenada muy indigesta, el egocentrismo monclovita echó por la borda el fantástico trabajo hecho hasta ese momento para que España levantase cabeza en Europa. Desde entonces, la travesía en el desierto de los “populares”, liderados por el camellero Rajoy, parece no llegar a su fin. Parecen olvidar en el PP que ganar por el desgaste del oponente político es tan dañino para el país como continuar un día más sin rumbo bajo Zapatero.

El gran Kahlil Gibran escribió que “los hombres más pobres son aquellos que abandonan sus sueños por el oro y la plata”. El silencio pétreo en las filas del PSOE y del PP, con un panorama nacional como el actual, muestra que los políticos profesionales en ambos partidos hace mucho que pasaron por caja para trocar sus sueños en euros. Incluso aquellos de mayor tradición librepensadora y de mayor capacidad intelectual han callado como traidores a sus ideas, hasta que el sistema se los ha fagocitado por no aplaudir con los decibelios requeridos. Son los pocos como Leguina los que parecen no haber olvidado que a quien todos debemos lealtad es a España, entendida como el conjunto democrático de sus ciudadanos, y no a la cúpula de uno u otro partido.

Sobre UPyD, a quien analistas como William Chislett comparaban recientemente con los refrescantes Liberales de Nick Clegg en el Reino Unido, lo cierto es que hace ya tiempo que esta formación es mucho más “el partido de Rosa Díez” que “UPyD” como tal, por lo que no puedo más que darle la razón a Carlos Loring, autor de la cita con la que empieza esta columna. Es cierto que en su seno queda aun gente magnífica que trabaja por la regeneración democrática en sus pueblos y ciudades, pero son ya minoría, tras la defección de gran parte de aquellos que impulsaron este proyecto en 2007 y 2008. Toda esa gente de peso intelectual y compromiso ético, de esfuerzo creador y sana ambición de país, que ya han abandonado UPyD en masa, lo han hecho decepcionados por un personalismo cesarista que ha fagocitado el proyecto nacido en 2007, sepultándolo bajo descalificaciones, insultos, manipulaciones y desprecios. Nunca antes se ha “adelgazado” un proyecto de este calibre en un tiempo record tan fulgurante. Y mientras los aparatchiks acusan a los que se han ido yendo de “desmesurada ambición política”, el hecho de que estos se hayan ido voluntariamente es en sí el principal argumento que les da la razón frente a los que abrazan voluntariamente el síndrome de Estocolmo.

Henry David Thoreau dejó escrito que “los sueños son las marcas clave de nuestro carácter”. Y es por ello, me permito añadir yo, que debemos intentar ser fieles a nosotros mismos y a nuestros sueños tanto tiempo como podamos. No debemos olvidar que nuestros sueños son el combustible que alimenta el motor de nuestras vidas para seguir impulsando los proyectos que nos hacen ser quienes somos. Por eso mismo hemos de seguir confiando en nuestra capacidad para conquistar un futuro mejor, libre de tantos tiranos que quieren amordazarnos y someternos, de tantos líderes sin liderazgo que quieren marcar los límites de nuestra vida. Y tal vez, si algo hemos demostrado los españoles en nuestra historia, es nuestra capacidad para rebelarnos contra esos personajes que quieren secuestrar nuestro futuro, acotando nuestros movimientos y cegando nuestro acceso a un futuro pleno en libertad.

Como bien señaló Carl Sandburg, “nada ocurre sin antes un sueño”. Esta frase que se puede aplicar a los peores momentos y personajes de nuestra historia, también es aplicable a los mejores. A esos a los que debemos rememorar. A los españoles humildes que afrontaron retos inmensos, que defendieron sus sueños frente a enemigos muchos más poderosos, que se esforzaron por su país con la resolución propia de los grandes pueblos, unidos y con decisión de futuro, renaciendo de nuestras cenizas, cual ave fénix. Tal vez no hay un símil mejor apara explicar nuestra capacidad de superación en una historia tan adversa como la nuestra.

Frente a esos políticos profesionales que llevan tanto tiempo viviendo a expensas de nuestro trabajo y nuestras aspiraciones de un futuro mejor, ha llegado el momento de reivindicar un liberalismo moderno regenerador y de futuro, de ciudadanos comprometidos que se levantan para aportar al país su esfuerzo. Un esfuerzo que es coyuntural y momentáneo, no eterno, como el de esos salvapatrias que han hecho de la política una profesión y que llevan 30 años viviendo de ella mientras todo se desmorona a su alrededor.

Ha llegado la hora de construir juntos de nuevo. Atrayendo a los demócrata-cristianos que se sienten incómodos desde la aciaga segunda mitad del segundo mandato de Aznar. Atrayendo a los que sienten incómodos con la deriva en el desierto que propugna Rajoy. Atrayendo también a los social-demócratas que se sienten cada vez más alienados en un PSOE al que ya le sobran todas las siglas de su nombre. A aquellos que no quieren rendirse a los designios de un ignorante demagogo, sea cual sea su pretendido “pedigrí ideológico”. Atrayendo a los desencantados de UPyD: fuera y aun dentro del partido. Atrayendo también a Ciudadanos. Entre sí, todos ellos componen conjuntamente lo mejor del entramado socio-político de la Nación española. Si se pudiese acercar a toda esta gente, y unirlos a los profesionales liberales que no se vinculan con ningún partido y que están cansados de estar cansados de la coyuntura reinante en nuestro país; si pudiésemos conectar a toda esa gente para empezar a trabajar en un nuevo proyecto generacional de refundación democrática real, no me queda duda de que España estaría de nuevo entre los mejores países de Europa y del mundo en un plazo muy breve.

Nuestra tragedia como Nación no ha sido nunca la falta de talento, sino tal vez la falta de capacidad para entendernos, controlar egos, compartir proyecto y saber eludir los abrazos de oso de los salvapatrias que no quieren más que vivir del cuento a nuestra costa. Son los personalismos cesaristas (tan abundantes en el relato de nuestra historia) los que nos matan. Una y otra vez.

El “Imagine” de John Lennon resuena en mi cabeza mientras escribo estas líneas, y me imagino a toda esa gente poniéndose de acuerdo para sacar adelante España otra vez. ¿Cómo podremos aspirar a ser un actor de peso en la UE o en la ONU algún día, si no afrontamos ahora el más importante episodio aun por escribir de nuestra historia? ¿No vamos a ser capaces de afrontar nuestros retos como país, desde la unidad del que sabe que estamos en un momento decisivo y crucial en nuestra vida? Quiero creer que sí, que también podemos soñar juntos y hacer realidad ese sueño que nos saque de este yermo páramo de enfrentamiento fratricida que no nos lleva a ningún lado. Porque si algo nos muestra nuestra historia, es que cuando nos enfrentamos a nosotros mismos, denigrando una de nuestras mitades, nuestro todo común es el que sufre la mayor derrota, esa que los profesionales de la discordia, los mismos de siempre, utilizan para seguir medrando a nuestra costa.

Hemos de recuperar el “I have a dream” de Martin Luther King, entendiéndolo como parte de nuestro patrimonio humano; ese impulso de una nueva generación vital que nos lleva a trabajar para construir un mundo mejor, que empieza (como requisito ineludible) por recomponer una España mejor. Solo así podremos afrontar nuestro futuro con las mínimas garantías de éxito para nosotros y, por encima de todo, para nuestros hijos.

Álvaro Ballesteros

Experto en Seguridad Internacional y Política Exterior

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