¿El franquismo vindicado?
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 07 de mayo de 2010, 20:32h
En la España hodierna todo va detrás y se ve arrastrado por el fútbol, la política y la novela. En tal triada, la última resulta, desde luego, la dinámica o fuerza más plausible y simpática., pues, al fin y al cabo, se inserta en el universo de la cultura, aquel en el que la condición humana se nutre de más nobles y roborantes alimentos.
Efectivamente: es el caso que, a la fecha, el deslumbrante éxito de una novela ha hecho emerger en muy amplios sectores de la opinión un muy ancho sentimiento de nostalgia y emoción histórica por el llamado “Marruecos español”, comúnmente identificado, a su vez, con la primera etapa del régimen franquista. Éste, de su lado, cabe ecuacionarlo con la dictadura militar, encabezada por un “caudillo” forjado en las campañas magrebíes del primer tercio del siglo XX y sostenida por unos compañeros de armas que recibieron a menudo el apelativo de “africanos”, con alusión directa a la cuna de sus destinos castrenses y protagonismo político. De esta forma, se ensancha y incardina la historia del Protectorado con la de sus auténticos orígenes en los inicios de la centuria pasada, al tiempo que se hace justicia a las miles de familias españolas comprometidas, firme y solidariamente, durante 50 años con un territorio siempre presente en la historia de nuestro pueblo.
La pluma bien abastada de saberes y registros de El tiempo entre costuras ha repristinado con efluvio nostálgico horro de banal sentimentalismo parte esencial de la vida de la bella e impactante geografía rifeña, en la que asentó su existencia, parcial o absolutamente, un número muy considerable de funcionarios y gentes peninsulares que, en conjunto, no adoptaron la clásica y censurable conducta “colonialista”, sino que proyectaron y unieron su propia biografía con la suerte de un mundo que, casi sin excepción, los imantó por entero. La narración referida reivindica su actuación a través de la desconcertante y asaz controvertida figura de su héroe –en la vida real, el general de Estado Mayor y segundo ministro de Exteriores de Franco, Juan Beigbeder Atienza (Alcalá de Henares, 1888-Madrid, 1957)-, que aspiró a morir, recién acabada la experiencia del Protectorado, en la costa malagueña, cara a las montañas del Atlas, de insondable magia…
Esta melancólica evocación se alinea, por otra parte, en una onda más anchurosa, que abarca hodierno a las antiguas metrópolis europeas que vieron desaparecer sus antiguos imperios en la segunda posguerra mundial y en la que parece englobarse en fechas muy recientes la misma Rusia, una vez enmarcado ya en la historia el imperio de los Soviets… Desde Portugal a Gran Bretaña y desde París a Roma, de Bruselas a La Haya, la reconstrucción literaria del postrer capítulo de su pasado colonial se hace con paleta multicolor, lejos del cromatismo iridiscente o sombrío vigente en otro tiempo.
Los artistas, los poetas y los novelistas son a menudo precursores de las corrientes configuradoras de las grandes etapas de la trayectoria colectiva. Quizá les sigan, a corto o medio plazo, los investigadores y estudiosos en este camino de la memoria matizada, tan distante del triunfalismo como del masoquismo, del quehacer de nuestros abuelos en el solar del continente que concita las más nobles esperanzas de los sectores más altruistas de todo el planeta. En el caso español, la relectura historiográfica de dicho periodo no entrañaría una revisita apologética del franquismo, sino una superación del estrecho corsé que ha venido encuadrándolo para reivindicar –y con muy vigoroso trazo- los trabajos y los días de la comunidad española en el novecientos; y, de forma tal vez muy enfática, la de aquellos de sus miembros que entregaron lo mejor de sus vidas al desarrollo y progreso del aún, en buena parte, enigmático Marruecos.