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La crisis roe el cerebro

viernes 07 de mayo de 2010, 21:01h
“En tiempo de crisis, sólo flotan los corchos”.

Esta frase se la oí hace dos años a un amigo que acaba de fallecer, Manuel Espiña Gamallo. Su muerte -era sacerdote - concitó en Galicia, sobre todo en A Coruña, donde vivía, artículos, testimonios, homenaje público de ateos, agnósticos, indiferentes, artistas, fieles, políticos, periodistas -escribía en la prensa de modo asiduo-, trabajadores anónimos, compañeros, incluido el Obispo de Santiago de Compostela. Y el único motivo era su testimonio de vida transparente, confianza en que el hombre lleva dentro una luz reveladora. Fue el primer traductor, con otro amigo, de los Evangelios al gallego, idioma que usaba siempre en misa dentro de la comunidad galaica. Y desde ese espíritu se había opuesto públicamente a las sentencias de muerte, ya históricas, del franquismo en tiempos también de crisis profunda. Tuvo entonces problemas en ambos recintos, el político y el episcopal. El pueblo lo apoyó sufragando una multa considerable que suplía la detención y más que cárcel segura.

A la frase de don Manuel le añadía yo en aquel diálogo próximo a la Torre de Hércules, que, cuando la crisis toca el bolsillo, ya roe el cerebro.

Y el tiempo a veces se agolpa, batiente. Da saltos, pero con un reclamo dentro.

Hace pocos días celebramos en la Fundación Ortega y Gasset, ubicada en Madrid, un debate sobre el relativismo de la cultura actual y los fundamentalismos. Surgió a raíz de la presentación de los dos últimos libros del filósofo Javier San Martín y suscitado por José Varela Ortega, quien presidía el acto. El fondo del debate era también la crisis actual de valores y el encuentro de culturas.

La vivencia de crisis nos afecta de frente. Afronta. Remueve la conciencia. Aviva la entraña y destierra hasta los cuerpos difuntos para ver el plomo del hueso afondado en un mar profundo de olvido. Don Manuel pidió como único homenaje que esparcieran sus cenizas en el río Lérez a su paso por un puente de su tierra natal, en montañas de la provincia de Pontevedra.

Europa vivió la floración y crisis de los ismos a comienzos del siglo XX. Todo era nuevo. Había ansia enorme de que el tiempo destapara su rostro con otra vivencia, sonriendo. Y siguieron guerras, muerte, y vida, ansia de vida. Se crearon espacios de fundación en la tela del artista y en la página del escritor, en las ondas del sonido, en las relaciones de números y líneas, de personas, matemáticas, geometría, sedes internacionales de cultura y naciones. Deseos de vida y paz salpicados de bombas y conflictos que aún resuenan y estallan hoy de frente. El debate citado recayó también de modo inevitable sobre Israel y Palestina, con la sombra de Estados Unidos al fondo.

El golpe del tiempo, y en fracciones de segundo, iba en mi recuerdo y al hilo del debate -llega ahora- a textos del primer tercio del siglo XX. Nada mejor que el fondo del río para alimentar con cenizas el lecho de sus limos. “Es también edad de crisis”, decía Ortega y Gasset hablando de “nuestro tiempo” en un artículo de 1927 publicado en El Sol con el título de “Los escaparates mandan”. En “tiempos de transición”, y aún vivimos en ella según lo que vamos viendo, “Queda solo el dinero”. Surge a superficie su valor secundario e instrumental en ausencia y retraimiento de otros valores más originarios y sustantivos: “raza, religión, política, ideas”. En una palabra, cultura. Y la política de escaparate parece invadir el ámbito de la escuela, del atrio, del parlamento, es decir, de la mente que habla y piensa. Se compra todo, hasta la cultura.

Fundación. Tal es la palabra que suscité en este coloquio. Un creador sabe que sin fundamento no hay espacio de reflexión y vida compartida. Y ante la crisis, surge la refundación de las ideas, de los valores democráticos.

Una de las conferencias que dio en Buenos Aires Manuel García Morente en 1934 y sobre la “naturaleza de la vida” contiene un párrafo sobre la crisis de entonces que cuadra como en marco sobre la que vivimos ahora mismo. Dice allí recordando el valor etimológico de la palabra que “la crisis es lo normal en la vida”. Crisis significa capacidad de discernimiento, juicio y elección. La crisis normal surge -añade- “de la apetencia de un nuevo tipo de vida” al desgranar las condiciones que impiden el libre vuelo del espíritu y de la mente en el espacio destinado a ello, la democracia. Y cuando ésta invade como política de “escaparate” el tiempo fundador de la vida, entonces ahoga la conciencia, el pensamiento, su lenguaje. Se produce un vuelco de valores que repercute de inmediato en la cultura, la enseñanza y la convivencia. Es el momento de los corchos, como decía aquel otro don Manuel sacerdote ante el batir constante del mar océano.

La crisis que vivimos carece de fundamento, es decir, de mente creadora. Niega el valor de su raíz, la facultad de previsión selectiva ante los problemas. No tiene la fuerza que otorga la claridad mental del análisis. Y por ello tampoco la asiste el impulso sabio de la elección precisa en el instante de urgencia concreta.

Los corchos flotan por todas partes, incluso en los recodos donde se esconden quienes debieran dar la cara y evalúan “en moneda corriente lo más lejano a toda mercancía”. Esto piensa Antonio Machado de cuantos acotan en “ideas ómnibus” -tópicos, conceptos vacíos- “la corriente de la vida”. Donde mejor se manifiestan los corchos flotantes de esta crisis es en las palabras e imágenes del discurso político, la enseñanza burocratizada y la creación convertida en valor de cambio.

El pensamiento español “se sitúa en la vanguardia, abre brecha y descubre nuevos planos”, podía decir aún García Morente en Montevideo al concluir su viaje por América y refiriéndose a la obra de José Ortega y Gasset. ¿Afirmaríamos hoy lo mismo de algún pensador, científico, gramático, artista, político español en el panorama americano y europeo de la cultura? La crisis roe, con la vida, el cerebro de quienes ostentan valores democráticos sin mente fundadora.

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