reseña
José Luis Ferris: Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta
sábado 08 de mayo de 2010, 00:01h
José Luis Ferris: Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta. Temas de Hoy. Madrid, 2010. 640 páginas. 21 €
En 1910, en el pueblo de Orihuela, nacía hace ya un siglo exacto el poeta y autor dramático Miguel Hernández. La reedición de la obra de José Luis Ferris, Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte de un poeta, se enmarca en el contexto de la celebración del primer centenario del nacimiento del autor de Perito en lunas. Una multitud de datos dispersos y a veces incluso contradictorios acerca del periplo vital y literario del poeta oriolano son recogidos, debidamente ordenados y actualizados por Ferris, para ofrecer una rigurosa y detallada aproximación a una de las principales voces poéticas del siglo pasado.
“El único poeta, joven entonces, que peleó y escribió en el campo y en la cárcel fue Miguel Hernández”, dijo de él Juan Ramón Jiménez, en una de las muchas citas que recoge el autor de la biografía. Si bien sus inicios poéticos, aún como “pastor poeta”, se encuentran profundamente marcados por una factura clásica y un vasto contenido teológico, fruto en gran medida de la influencia de su primer círculo de amistades, la evolución política y personal sufrida le llevará a adoptar un tono de compromiso social y político que ya no abandonaría nunca.
El ansiado traslado a Madrid del autor de Viento del pueblo permitió su acercamiento a toda una generación de artistas que dominaba entonces el panorama cultural del país. El poeta contó con la sincera amistad y colaboración de Vicente Aleixandre, Pablo Neruda, Rafael Alberti, María Teresa León o Maruja Mallo, a los que conquistó el carácter rústico y honesto de un Hernández que no habría de quitarse sus sandalias “esparteñas” para recorrer las calles de la ciudad.
La particular personalidad de Miguel Hernández, artista comprometido, sincero, clarividente y sencillo, propició, en ocasiones, algunos desagradables desencuentros con su –no obstante– admirado Federico García Lorca. Aunque el granadino llegó incluso a vetar su presencia en determinados actos literarios, compartieron un mismo círculo intelectual y en la obra teatral de Hernández se aprecia la clara huella de los dramas lorquianos.
El poeta oriolano hubo de convivir desde niño con la incomprensión, la enfermedad y también con serias carencias afectivas, pero un fuerte impulso creador le permitió sobreponerse a las muchas adversidades que acompañaron, sobre todo, sus primeros pasos literarios. Su obra, eterna y lúcida, fiel reflejo de las pasiones, preocupaciones y anhelos del poeta, ilumina el panorama literario español cual “rayo que no cesa”.
Por Lorena Valera Villalba