reseña
Pola Oloixarac: Las teorías salvajes
sábado 08 de mayo de 2010, 00:37h
Pola Oloixarac: Las teorías salvajes. Alpha Decay. Barcelona, 2010. 280 páginas. 19 €
“En el televisor encendido se veía a la vedette Moria Casán en los albores de su carrera mamífera. Moria, con una peluca fucsia, incrustaba las uñas en la falsa cabellera de otra vedette, parecida a Luisa Albinoni. Sin despegar los ojos de la pantalla, Andy se sentó en la pantalla y dijo: «El mal argentino es la extensión, las extensiones»”.
El desparpajo de este fragmento de la primera novela de Pola Oloixarac sintetiza las contradicciones entre lo banal y lo profundo, la razón y el absurdo que nutren el argumento de Las teorías salvajes. Una pareja de jóvenes, poco agraciados físicamente, disimulan su incapacidad para amar disfrazados con apodos exóticos, giras noctámbulas o muestras de video “arte indie”, y deambulan por los sitios claves de la movida porteña junto a otros dos jóvenes bellos, bisexuales, también artistas multimediales del off Buenos Aires. A la par, una estudiante cool de filosofía atraviesa los pasillos de su facultad esbozando tácticas para atrapar al objeto de su deseo: Augusto García Roxler, “Augustus”, un docente de mediana edad a quien la teoría sobre las transmisiones yoicas le otorgó una posición prestigiosa dentro del claustro académico. Y entre los personajes, aparece el diario de una guerrillera maoísta de los años 70, que le escribía al líder comunista chino para confesarle sus desavenencias afectivas con militantes de izquierda pero de la facción peronista revolucionaria.
Todos ellos son parte de una ciudad de Buenos Aires de la era de la blogósfera, donde la posmodernidad periférica perdió el norte. Ya no hay fábulas –como en la canción de Soda Stereo– y el tópico de la revolución ha sido desactivado hace tiempo. Sólo quedan la pasión por la broma –muy cercana al desdén o al menosprecio hacia los que están fuera del circuito–, la obsesión por la estética, la frivolidad, el sexo ocasional y la ketamina. En algunos casos, el individualismo es tal que la masturbación es el epítome del goce. Hasta la teoría más abstrusa se vuelve trivial en los labios de estos personajes imperfectos: todos hablan, hablan y hablan –como en el gran filme de Whit Stillman, Metropolitan– y no dicen nada, o lo que es lo mismo, arriban a conclusiones vacuas que están al alcance de la mano a tan sólo un doble “click” de distancia.
Algunas de las peripecias de la pareja poco agraciada son desopilantes, y ciertas reflexiones de la narradora en primera persona, muy ocurrentes. La prosa de Oloixarac logra momentos de ironía que recuerdan a John Kennedy Toole. No obstante, con anterioridad Laura Ramos había abordado la crónica urbana en los noventa, y anticipado las epopeyas mínimas de aquellos personajes de la noche porteña, que brillaban a la madrugada y se extinguían los lunes al despuntar el alba. Las teorías salvajes remiten a aquella lectura pero con una prosa más desbordada.
El trajín frenético de la primera novela de Pola Olaixarac conduce al lector por un laberinto de teorías donde Hobbes puede convivir sin contradecirse con Wittgenstein, Platón, Kant, Foucault, South Park o el Michael J. Fox de los años ochenta. Una apuesta arriesgada que, de acuerdo con el cristal que se lo mire, puede provocar la devoción o el rechazo; pero, si algo es seguro, es que despertará controversias y puede que ése sea el objetivo.
Por Verónica Meo Laos