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El Arca de Noé

José María Herrera
sábado 08 de mayo de 2010, 15:36h
Que exista un grupo de investigadores evangélicos chinos resulta de suyo bastante raro; que sus miembros hayan descubierto en el monte Ararat una estructura de madera de cinco mil años de antigüedad, una cosa asombrosa; que esa estructura sea, además, el Arca de Noé, demasiado para que uno lo pueda admitir. Y, sin embargo, esto es lo que asegura el documentalista chino Yang Ving Cing, miembro de una asociación internacional dedicada a la búsqueda de la mítica nave. Las pruebas del hallazgo todavía no han salido a la luz, pero la afirmación, compulsada por las agencias, de que la estructura descubierta debe ser la de la embarcación del patriarca porque se han hallado indicios de que estuvo dividida en varios compartimentos, construidos sin duda para ubicar a los diferentes animales, hace sospechar que estamos ante otro timo histórico, tan frecuentes en todo tiempo. No es la primera vez que el Arca de Noé es descubierta, ni tampoco la primera que los chinos revelan su interés por el asunto –el año pasado se inauguró en Hong Kong una exposición consagrada a su historia en la que, junto a una réplica de la nave, se exhibía un trozo de madera petrificada supuestamente desprendida del original-, mas justamente por ello, hay buenos motivos para el escepticismo.

Aunque los científicos occidentales llevan también tiempo investigando los hechos que pudieron dar lugar a la leyenda del diluvio universal, estos evangelistas chinos parece que no acaban de entender por qué nuestros arqueólogos se han mostrado hasta ahora tan negligentes. En vez de ir a excavar el Machu Pichu, deberían haber revuelto antes el patio de su casa. Y es que estas reliquias no se descubren porque sí. Cuando uno excava el monte Ararat es porque sueña con encontrar el Arca de Noé, o sea, porque cree que efectivamente existió. De acuerdo con el relato bíblico, el barco varó allí tras el diluvio y dado que las aguas retrocedieron rápidamente, por fuerza deben haber quedado en el lugar restos de la nave. El problema, naturalmente, es admitir a pie juntillas estas cosas. La Biblia no es esa clase de libro que nos informa de hechos realmente sucedidos. Los episodios narrados en el Génesis pertenecen a un orden distinto de los hechos que se narran en la Ilíada, y si a partir de ésta cabe salir a la busca del palacio de Agamenón o las ruinas de Troya, en absoluto puede hacerse lo mismo con el Paraíso o la torre de Babel. No comprender la diferencia entre los distintos textos es la causa de que aún haya gente empeñada en hallar la Atlántida, continente fabuloso cuyo origen se remonta a los diálogos de Platón, quien inventó otros muchos mitos con un propósito filosófico que a estas alturas ya no interesan a nadie. Pero buscar la Atlántida es como tratar de descubrir las herraduras de Clavileño, el caballo de madera de don Quijote: un disparate.

Los chinos que acaban de descubrir el Arca de Noé probablemente no son de esa clase de gente que da vueltas dentro de una habitación intentando comprender un pasaje difícil. Si el texto dice “Arca” ellos entienden Arca, y si dice “monte Ararat” ellos entienden monte Ararat. Sólo así se explica la pretensión de hacer plausible con pruebas materiales un hecho que, por su naturaleza poética, difícilmente las puede ofrecer. ¿Cuándo se dejará de leer la Biblia como si fuera un documento histórico o un tratado de cosmología?

Los teólogos del siglo XIII, mucho más finos que nosotros, decían que la Biblia se puede leer literal, alegórica, moral o anagógicamente. Una lectura literal toma el texto como un relato de hechos efectivamente sucedidos; una lectura alegórica, como un conjunto de metáforas; la lectura moral, como una serie de exhortaciones; y la lectura anagógica, como predicciones gracias a las cuales entrever los misterios de la vida futura. El texto es divino y, por tanto, inagotable, pero desde que se convirtió en una prerrogativa de los sacerdotes, la lectura alegórica, quizá por ser incompatible con cualquier dogmatismo, parece haber caído en desgracia. Partidarios y detractores leen el libro sagrado como si fuera el boletín oficial de la divinidad. La cosa no puede ser más tonta, ni tampoco más reveladora, pues sólo una absoluta falta de lucidez puede llevar a alguien a suponer que Dios, incluso no existiendo, haya preferido hablar como un cronista, un predicador o un visionario antes que como un poeta.

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