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Contra los progresistas

Rafael Núñez Florencio
lunes 10 de mayo de 2010, 20:22h
Tengo en las estanterías de mi biblioteca un libro al que, desde mis ya lejanos años estudiantiles, guardo un especial cariño: se trata de La idea de progreso, un estudio histórico-filosófico de John Bury cuya edición española estuvo a cargo nada menos que de Elías Díaz y Julio Rodríguez Aramberri. Es un pequeño volumen de la entonces reverenciada colección de bolsillo de Alianza Editorial, fechado en 1971, con una preciosa portada de Daniel Gil y con el precio en pesetas (75) en el ángulo superior de la primera página. Sería quizá excesivo afirmar desde la atalaya actual que aquella obra no muy extensa -aunque sí densa en contenido- desempeñó una influencia determinante en mi itinerario intelectual, pero no sería falso decir que me orientó en cierta manera: aquello -lo que allí se trataba- era un asunto que me interesaba, el enfoque -historia de las ideas y mentalidades- me atraía especialmente y, en fin, aquello era el tipo de libro que me gustaría escribir, si era capaz.

Traigo a colación ese pequeño apunte personal para situar en las coordenadas más precisas posibles la posición desde la que quiero hablar y la forma en que deseo ser entendido: me consideraba entonces y sigo considerándome ahora partidario y valedor del progreso. Ya sé que la idea de progreso, como señala el propio Bury, linda peligrosamente con el progreso como mito, con todas las connotaciones negativas que el pasado nos muestra. Pero si la historia -nuestra historia, la del ser humano- tiene un sentido o, simplemente, si necesitamos dotarla de un significado, podríamos convenir que difícilmente se podría pergeñar (desde la perspectiva actual de una sociedad secularizada) un horizonte mejor que la aspiración universal a la libertad, la justicia y el bienestar de todos los seres humanos. El camino del progreso es ese anhelo de futuro. Pero, obviamente, formulados en esos términos genéricos, tales objetivos no pasarían de ser un vago ensueño que podría suscribir cualquiera. El problema está en qué entiende cada cual por dichas metas y, sobre todo, qué medios considera pertinentes para llegar a ellas. Por decirlo con más claridad todavía: como la aludida finalidad última aparece tan incuestionable y desinteresada, hay quien no duda en servirse arteramente de ella para encubrir intereses particulares, acometer designios espurios o, simplemente, aplicar métodos perversos.

El autodenominado progresista empieza a hacer alarde de ello como tarjeta de visita, antes incluso de concretar una opinión determinada. Salta al ruedo desplegando el capote del progresismo, antes de que salga el toro, antes de dar un pase, pavoneándose, engallándose con quien sea menester. Tiene buena conciencia el progresista, tiene la razón histórica de su parte. Ya en estos compases iniciales se diferencia claramente de sus competidores: quien se defina o sea definido como conservador, se verá obligado más pronto que tarde a ofrecer explicaciones, a justificarse, lo mismo que el católico o el moderado o el liberal o tutti quanta. El progresista hace lo contrario: no es ya que considere innecesaria cualquier clarificación sobre su basamento ideológico, sino que su propia ubicación en el progresismo le sirve a priori de paraguas protector allá por donde transite. Esto lo sitúa automáticamente en posición de ventaja respecto a sus antagonistas: frente a la actitud defensiva de éstos, el progresista juega al ataque. Ello le permite repartir cartas, las cartas del lenguaje, que quedan marcadas a su servicio. Quien decide los nombres de las cosas tiene una inmensa ventaja de partida. Como soy progresista, viene a decir, todo lo que sostengo o defiendo es progresista. Y el que se oponga o discrepe está anclado en el pasado o tiene miedo al futuro.

Hubo de pasar mucho tiempo para que la opinión pública española cayese en la cuenta de que los terroristas y sus círculos afines llevaban mucha ventaja a los demócratas en el terreno del lenguaje político. Aquéllos habían impuesto a éstos su terminología, empezando por las denominaciones más elementales, como acotar diferencialmente “su” territorio como Euskadi (en castellano no decimos Catalunya o France), admitir impuesto revolucionario en vez de chantaje o extorsión, o llamar kale borroka al vandalismo. ¿Podría haber arraigado y subsistido tantos años el terrorismo vasco -y obtenido tanta comprensión- si se hubiera acogido a cualquier otra bandera que no fuera progresista? En cambio, bajo la advocación de ese talismán, todos los excesos podían ser explicables, empezando por la propia violencia de ETA -sabotajes, secuestros, asesinatos- o, en general, la lucha del “movimiento vasco” por su “liberación nacional”. Aunque ya no hubiera franquismo, la democracia española fue sospechosa durante mucho tiempo, incluso para algunos conspicuos conservadores, lastrados por un patente complejo de inferioridad ante todo lo que tuviese visos de progresismo. Dentro y fuera de España, aun a estas alturas, periodistas, intelectuales, artistas y políticos diversos manifiestan una cierta benevolencia, cuando no abierta simpatía, por lo que consideran un genuino movimiento popular y progresista.

Se dirá que el progresismo stricto sensu no es responsable de las manipulaciones y mixtificaciones que otros hagan en su nombre. Cierto. Pero no puede ignorarse que, con suma frecuencia, puede detectarse una sospechosa empatía entre todos los que se acogen al manto sagrado del progresismo. Por ejemplo, concedamos que el progresista español -socialista, comunista, republicano, anarquista, ecologista, etc.- es sinceramente demócrata (aunque habría mucho que hablar sobre este punto) y rechaza de plano cualquier tipo de dictadura. Aun así, su actitud no es la misma ante Pinochet que ante Fidel Castro, del mismo modo que históricamente no equipara a Hitler con Stalin, o al fascismo con el comunismo. Este diferente rasero ha calado socialmente, es una realidad con la que hay que contar. Hagan la prueba: intenten salir a la calle con una esvástica bien visible. Por el contrario, si salen con una camiseta con la hoz y el martillo yo mismo les puedo garantizar que no les va a pasar nada. Volviendo al caso vasco, no quiero cuestionar la voluntad del gobierno actual de erradicar el terrorismo y combatir con todas sus fuerzas a los etarras. Pero... ¿cabría alguna sospecha sobre la búsqueda de un final negociado si éstos fueran nazis en vez de marxistas?

Uno de los grandes problemas del actual sistema político español es que se ha dejado comer el terreno por sus enemigos. Si se fijan, siempre en nombre del progresismo. Si a usted le tildan de “nacionalista español” está apañado. En abierto contraste, los nacionalismos vasco y catalán, aunque desprendan ranciedad doctrinal y una práctica xenófoba, gozan de un envidiable pedigrí progresista, porque en España el nacionalismo periférico, haga lo que haga, se beneficia de su (sobrevenido) antifranquismo. Por esto mismo, basta calificar cualquier medida gubernamental como centralista para descalificarla de un plumazo. En cambio, el autonomismo o incluso el federalismo son, per se, actitudes progresistas. No se extrañe si le llaman franquista por exhibir la bandera rojigualda, pero si saca la senyera o la ikurriña estará usted en la onda del progreso. Por ello, un acto público en el que se queme alguna de estas últimas será calificado de antidemocrático, pero si es la enseña nacional la que se incendia o pisotea, será en ejercicio de la libertad de expresión. En consonancia, el himno de España será silbado y abucheado a la menor oportunidad, mientras las multitudes progresistas entonarán con entusiasmo Els Segadors o el Eusko Gudariak.

Me he limitado a poner ejemplos cercanos y vinculados todos a la órbita política. Pero no es, claro está, sólo un problema político ni circunscrito a España. Aliado al relativismo cultural y al multiculturalismo, el progresismo hace estragos en todo Occidente, diseñando una tela de araña de “corrección política” de la que es difícil zafarse. En nuestro horizonte cultural, de Obama a Zapatero, el progresismo se ha convertido en la nueva religión laica. Los que discrepamos somos los nuevos herejes.
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