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¿Por qué los parados votan a Zapatero?

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
martes 11 de mayo de 2010, 21:22h
Lo racional, en un país civilizado, es que cuando un Gobierno da síntomas palmarios de ser superado por una crisis, la sociedad le retira su apoyo y busca una alternativa. Y digo con propiedad que en un país civilizado. Porque en los menos desarrollados, es absolutamente corriente ver cómo se perpetúan los administradores de la pobreza, aunque sea por el simple hecho de mantener el control sobre la estructura del poder.

La pregunta es, por tanto, ¿qué posibilita que en España, siendo como se supone, un país desarrollado en lo político, se persista mayoritariamente en la intención de voto al partido de un Gobierno con un fracaso económico espeluznante?

Hay dos razones, a mi juicio.

La primera es que la simpatía ideológica en España es un factor absolutamente determinante en la decisión electoral: Al igual que los hinchas de fútbol son de un equipo, aunque éste juegue rematadamente mal, los votantes españoles somos de un equipo político, aunque sea un desastre, y lo veamos.

Es cierto que cuando nuestro equipo juega muy mal, podemos dejar de verlo, aunque mantengamos, como se dice, los colores. Es decir, podemos abstenernos. Pero no nos pasamos a otro, salvo en contadísimas excepciones. Y, además, basta con una noticia levemente esperanzadora (como un fichaje futuro, por ejemplo) para que volvamos a ilusionarnos con nuestra opción. Un hecho que conoce bien la Prensa deportiva, que a una derrota de los suyos contraataca inmediatamente con la esperanza de un refuerzo, el cambio de un entrenador o cualquier otra cortina de humo que aleje el sabor de la derrota, que no vende nada.

Dicho en términos de Gobierno, cada noticia dramática sobre la crisis tiene que tener su contrapunto de brote verde, sea real o imaginario. Si la realidad no alimenta las urnas, que lo haga la esperanza.

La segunda razón es de orden político práctico. ¿Cómo puede un Gobierno zarandeado sobrevivir? Relativamente sencillo: difundiendo primero que no es responsable de lo acontecido; segundo, que hace lo posible para resolverlo; tercero que nadie podría hacerlo mejor. Y, cuarto, si nada de esto funciona, que todos los políticos son iguales, oportunistas y corruptos, que esto es una porquería y no tiene solución humana.

Naturalmente, cuando el elector internaliza que nadie puede arreglar el problema, vuelve a la primera opción, la simpatía ideológica. Y puede votar al anterior Gobierno.

En este punto hay que decir que, aunque los responsables del partido gubernamental siempre se lamentan de su falta de política de comunicación, se quejan en falso. Son unos genios. Quizá sin pensarlo, porque les sale de corrido. Zapatero está muy mal, ha perdido su encanto interior y su credibilidad exterior. Pero, ay, Rajoy. Ése sí que está mal. Más aún, está peor. Y, si te preguntas por qué puede estar peor alguien que no gobierna que el que fracasa en su Gobierno; que plantea una política anticrisis que, al final, es la que tiene que aplicar el propio Gobierno; que diagnostica el problema y que, incluso, se apoya en la experiencia pasada para recordar que ya afrontó con éxito otra crisis anterior, te contestan con toda tranquilidad que Rajoy no tiene carisma.

Lo llamativo es que esa estrategia del calamar, de generar confusión bajo la premisa de que todos los políticos son un desastre, se ha infiltrado también entre los votantes del PP. Que seguirán votando a ese partido, pero que se han dejado convencer por el bombardeo sobre la incapacidad general de los políticos.

Por parte de este modesto columnista, y puesto que he criticado a Rajoy cuando lo he considerado oportuno, en este momento en el que se le cuestiona por ser incapaz de rebañar los votos de Zapatero tengo que decir que con un brazo atado a la espalda lo haría mejor que el frívolo y ocurrente presidente del Gobierno que padecemos.
Nunca he creído acertada la estrategia del mensaje exclusivamente económico en tiempos de crisis empleada por el PP, puesto que, por efecto de la misma crítica a la situación, terminas por ser antipático al electorado. Un cenizo, cuando no un aprovechado de la desgracia ajena. Y he echado en falta un mensaje permanentemente esperanzador en la alternativa, más que el recorrido funerario por los datos macro.

Pero sí creo que el diagnóstico del PP respecto a la crisis fue más sincero y leal, y contuvo en todo momento la capacidad de hacer las cosas de otra manera. Y cualquier manera, salvo que salga de las mentes sindicales, es mejor que la que actualmente se vislumbra (que es, básicamente, no hacer nada, o improvisar, o dejarse llevar por el dogal de Ángela Merkel tarde, mal y a rastras).
Hasta el tipo más iletrado de España sabe que el PP gestiona mejor que el PSOE. Otra cosa es que al ejército de los subvencionados le importe una higa cómo se gestiona, y sólo pretenda conservar lo suyo, aunque sea modesto. Especialmente si tiene la excusa del discurso de la protección social, aunque éste se produzca desde un atril sujetado por cinco millones de parados.

Viene todo esto a cuento de que en la última encuesta del CIS, un tercio de los parados va a volver a votar a Zapatero. Y muchos menos a los demás partidos. A más parados, más voto socialista.Visto con frialdad, parecería éste un país de masoquistas. El problema es que los masoquistas que votan a Zapatero son unos sádicos con quienes no le votan, que todo hay que decirlo.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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