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Europa, raptada o no, en imágenes sobre papel

Pedro González-Trevijano
miércoles 12 de mayo de 2010, 19:34h
Las efemérides son una excelente ocasión, casi siempre, para montar una retrospectiva. Lo que se acredita, una vez más, al hilo de la variadísima muestra que se exhibe en la Biblioteca Nacional con el ilustrativo título de Europa en papel. En la intención de sus organizadores -la mentada Biblioteca Nacional y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales- está el recordatorio de la entrada de España en las entonces Comunidades Europeas en 1985, y de la actual Presidencia española de la Unión Europea durante este primer semestre de 2010. Ya lo afirmaba clarividentemente Ortega y Gasset en Una meditación sobre Europa: “La unidad de Europa no es una fantasía, sino que es la realidad misma, y la fantasía es precisamente lo otro: la creencia de que Francia, Alemania, Italia o España son realidades sustantivas, por tanto, completas e independientes.” Esta Exposición es irrefutable prueba de lo dicho.

Un soporte, el del papel, sencillo, a la par que grandioso, que abraza una pléyade proteiforme de manifestaciones a lo largo de dos mil años. Esto es lo que atrae la atención de un deslumbrado espectador: el riquísimo elenco de trabajos realizados en y sobre papel en el milenario devenir europeo. Por el contrario, hoy, dada la ignorancia y ausencia de interés por la mitología, a casi nadie importa conocer como Europa, la hija del Agénor -rey de Fenicia-, fue raptada por Zeus -disfrazado de toro- para llevarla a tierras de la isla de Creta, donde engendrará a Minos. La mitología parece definitivamente postergada, así que dentro de poco serán incomprensibles parte de los motivos de la pintura clásica –de los Tiziano, Veronés, Rubens, Poussin- en museos y galerías.

La secuencia temporal de la retrospectiva, sin ser novedosa, lo que seguramente era harto problemática, está estructurada en cuatro tradicionales fases: clásica, medieval, moderna y contemporánea. Con una atención evidente a tres de los elementos básicos conformadores de la identidad europea. Primero: un contenido axiológico esencial construido sobre los derechos y libertades fundamentales de la persona; ya lo afirmaba solemnemente el artículo 16 de la Declaración Francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 26 de agosto de 1789: “Toda sociedad en la que no se reconocen los derechos fundamentales y el principio de separación de poderes carece de Constitución.” Segundo: la irrenunciablidad de la democracia como mejor forma de ordenación de la Res publica. En palabras del agudo Winston Churchill, “La democracia es el peor de los regímenes excluidos todos los demás.” Y tercero: la pertinente fundamentación de la convivencia ciudadana en los mejores valores. Una idea que acoge explícitamente nuestra Carta Magna de 1978: “España se constituye en un estado social y democrático de Derecho que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.”

Un paseo pues sobre papel, convertido de esta suerte en la mejor guía para desentrañar la historia de Europa en los últimos veinte siglos. Todo un conjunto plural y ejemplificador del mejor ser y hacer europeo: folletos, manifiestos, ilustraciones, libros (el Beato de Liébana, los Códices de Leonardo da Vinci o del dominico Diego Durán, un primer Quijote de Miguel de Cervantes ilustrado en Holanda, una edición de las obras dramáticas de Voltaire de 1825 o de la Constitución de Cádiz de 1812), mapas, dibujos (entre ellos, siempre escasos, del mismísimo Velázquez), grabados (unas maravillosas piezas, difíciles de ver, del año 1910 de Pablo Picasso), partituras musicales (Il Don Giovanni de Mozart y el Emperador de Beethoven), etc.

Pero una historia europea que también se forjó, para nuestro sonrojo, sobre papel negro: las dos Guerras mundiales, el Holocausto, el Muro de Berlín, la Guerra Fría o las matanzas en los Balcanes. Sea como fuere, dejemos por hoy la ineludible crítica de los avatares vergonzantes, y disfrutemos con la cara amable del hombre europeo. Que, como apreciarán, no ha sido escasa ni de segundo orden. Sólo falta entre nostros la enigmática Monna Lisa, pues nadie como ella expresa los perfiles seductores y seducidos de la Europa del hombre del Renacimiento, y del mayor genio de su época, pero ésta ya no sale del Louvre. Y sí lo hace es, como en la referida mitología, raptada, en este caso por Vincenzo Peruggia, tal y como nos narra detectivescamente el reciente libro de R. A. Scott, El robo de la sonrisa. Aún así, no importa. La Exposición merece la pena.

Pedro González-Trevijano

Catedrático de Derecho Constitucional

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