Rafael Rojas: Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la revolución de Hispanoamérica. Taurus. Madrid, 2009. 424 páginas. 19,50 €
Latinoamérica ha sido siempre una región de contrastes. Desde su descubrimiento y conquista hace más de quinientos años por exploradores españoles, hasta la ola de independencias que revolucionó el continente en el siglo XIX, ese vasto territorio ha sido una mezcla heterogénea de difícil asimilación. Sin embargo, los que en su día fueron llamados a ser líderes de la independencia, concibieron una América Latina muy diferente a la que se encontraron. Soñaban con una Latinoamérica unida bajo un gran proyecto común, de dimensión continental, y que trazase sobre el territorio aquel paraíso terrenal esbozado años antes por Immanuel Kant.
El historiador cubano Rafael Rojas (Santa Clara, 1965), propicia con su libro
Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la revolución de Hispanoamérica, galardonado el pasado año con el
I Premio de Ensayo Isabel de Polanco –y editado a continuación por Taurus–, un acercamiento singular a esa América Latina de doble cara, la soñada y la real. Y nos muestra con especial acritud el desencanto que el devenir histórico de las repúblicas nacientes produjo en quienes un día fueron sus principales patrocinadores.
Realiza el autor este acercamiento a través de la visión política y social de ocho ejemplos de letrados y estadistas partícipes todos ellos de la creación del corpus doctrinal que habría de regar y sostener a los movimientos independentistas: los caraqueños Simón Bolívar y Andrés Bello, los mexicanos fray Servando Teresa de Mier y Lorenzo de Zavala, los cubanos Félix Varela y José María Heredia, el peruano Manuel Lorenzo de Vidaurre y el guayaquileño Vicente Rocafuerte. La lectura de este libro aportará al lector poco familiarizado con la materia, datos reveladores acerca de la especial idiosincrasia latinoamericana, y sobre algunos de sus principales protagonistas.
Especialmente recomendable es el retrato, de trazo fino y detallado, que se dibuja a lo largo de todo el libro sobre una figura tan controvertida como la de Simón Bolívar. Fue éste sin duda un personaje singular, poliédrico, con muchas más aristas de las que conocemos, y –desde luego– intelectualmente mucho más complejo de lo que algunos puedan pensar. La utilización impertinente y grotesca de su recuerdo, esperpéntica hasta llegar a extremos "valleinclanescos", por parte los nuevos caciques latinoamericanos, no debe sino alentarnos a acercarnos más en profundidad, y con la mirada de quien observa personas extraordinarias en momentos extraordinarios, a un ilustrado de extensa cultura militar y vasto conocimiento intelectual, cuya decepción con el acontecer del republicanismo latinoamericano que él mismo ayudara a forjar, lo llevó a deslizarse, con el transcurrir de los años, hacia posiciones despóticas y cesaristas; hecho este que le valió una dura contestación por parte de Benjamin Constant –y que en otras circunstancias el propio Bolívar, indiscutiblemente, hubiese firmado de no ser por el irónico hecho de que él mismo era el destinatario de tales ataques–.
En
Las repúblicas de aire, no sólo encontraremos una rigurosa aproximación a los orígenes de los procesos de independencia latinoamericana, sino que también asistiremos a la quiebra que se produce entre los autores intelectuales y sus ejecutores materiales, y que produce aquello que el autor acertadamente denomina "utopía y desencanto". Uno de los aportes más enriquecedores de esta obra, es su extensa documentación epistolar entre los que fueron de una u otra forma actores relevantes durante los procesos de independencia de las republicas latinoamericanas. Este género, convenientemente tratado como lo hace Rafael Rojas, nos permite una perspectiva mucho más profunda, densa y clarificadora acerca de los orígenes intelectuales y académicos de quienes pretendieron edificar, sobre los restos del imperio borbónico, un auténtico “Nuevo Mundo”.
Pero al mismo tiempo, y quizá este hecho sea fundamental a la hora de valorar positivamente el libro que hoy nos ocupa,
Las repúblicas de aire, como su propio nombre indica, deja al descubierto con toda su crudeza, los profundos desequilibrios existentes en la vasta región que se extiende desde los calurosos valles de la Alta California hasta la inhóspita Tierra de Fuego; esos mismos desequilibrios que se trasladaron al republicanismo hispanoamericano cuando trató de adoptar en su ser lo mejor de la tradición liberal europea.
Han sido numerosas las ocasiones en que la herencia hispano-europea ha sido esgrimida como argumento para justificar los males de América Latina.
Las repúblicas de aire, no sé si pretendidamente, desmitifica dicha versión, dejando a quienes la sostienen ante la difícil tesitura de reconocer que las naciones americanas fueron verdugos inesperados de su propio futuro, víctimas de una deriva despótica y cesarista de lo que un día fue el pacto republicano en Hispanoamérica y cuyas consecuencias todavía hoy son visibles en gran parte del continente. Tal vez una relectura sosegada de quienes hace doscientos años vislumbraron una América Latina diferente, en paz y desarrollada, ayude a las generaciones futuras a evitar que tiranos de medio pelo y desconocido intelecto transmuten, una vez más, la historia en mitología, o si me lo permiten, haciendo uso de la universal prosa de Benjamin Constant, “no se puede ir en contra del más estúpido cuando éste tiene la fuerza en la mano, y esto se vuelve así el pretexto banal de todas las opresiones en todos los tiempos y en todos los pueblos”.
Por Carlos F. Ojea