www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Paleontología rosa

José María Herrera
sábado 15 de mayo de 2010, 13:02h
El artículo de esta semana comienza con un chiste y termina con otro.

Un avión se estrella en la selva. Sobrevive una chica despampanante. Dos caníbales, padre e hijo, la rescatan. El hijo pregunta: “¿nos la comemos?” El padre responde: “no, mejor nos comemos a tu madre”.

El chistecito deja mucho que desear, pero viene que ni pintado para el asunto del que voy a ocuparme hoy.

Science, la prestigiosa y aburridísima revista, en una inesperada incursión en el mundo del chismorreo, reveló hace unos días que investigadores del Instituto Max Planck, tras analizar el ADN milagrosamente bien conservado de ciertos huesos de neandertal y compararlo con el nuestro, acaban de descubrir que compartimos con ellos una significativa cantidad de material genético, fragmentos enteros de cromosomas que confirman que entre ambas especies hubo, permítanme la expresión, algo más que manteca.

La noticia debía esperarse con impaciencia porque al instante han aparecido exclusivas sobre el idilio que condujo a la hibridación, nombre científico de la coyunda. Los primeros han sido los arqueólogos de Triacastela, en Lugo, donde se conservan restos de neandertales y de cromañones, hasta ahora nuestros únicos ancestros. Adelantándose a la competencia -léase Atapuerca-, han insinuado que el lascivo ayuntamiento pudo tener lugar en su municipio, tesis que sin duda ha alegrado a las autoridades locales, dispuestas ya a montar el correspondiente centro de interpretación y a organizar una ruta turística que podría muy bien denominarse “el triángulo del amor”: Triacastela, Teruel y Verona, patria de Romeo y Julieta.

La competencia ha contraatacado insidiosamente planteando algunas dudas teóricas. Dado que la hibridación, en el falocrático reino animal, suele ser una gratificación con que la hembra recompensa las pomposas exhibiciones del macho: ¿cómo se las arregló el neandertal para engatusar a una dama de otra especie y en particular de una especie que caminaba hacia la inteligencia, o si lo prefieren, hacia la igualdad de género? Descartada la posibilidad de que sucediera al revés, o sea, que la dama fuera neandertal y el caballero sapiens –los expertos no tienen ninguna duda, aunque ignoro si por motivos estrictamente científicos o por temor a ser acusados de machismo-, parece que la única respuesta plausible es la del chiste del principio. Los neandertales practicaban el canibalismo, así que algo muy serio debió ocurrirles para que embistieran a las hembras de otra especie en vez de merendárselas.

La posición de los arqueólogos de Triacastela ha quedado funestamente afectada por estas sospechas. Si quieren explotar el negocio de la hibridación no les quedará otro remedio que defender la teoría de que fueron las cromañonas las que se abalanzaron zoofílicamente sobre los neandertales, una alternativa incorrectísima que justificaría el prejuicio, común a las religiones, de que las mujeres no pueden refrenar sus deseos, especialmente en presencia de tipos marginales, exóticos o intelectualmente menoscabados. La situación es de verdadero aprieto y parece que los paleontólogos lucenses pasan día y noche viendo En busca del fuego, la película de Annaud.

Como quiera que quede el asunto, lo cierto y seguro es que ya nadie podrá continuar manteniendo que descendemos por ambas líneas de una sola especie. Salvo los negritos del África, los únicos cristianos viejos que al parecer carecen del marcador neandertal (aún no se han realizado estudios con los vascos y desconocemos, por tanto, en qué grado afectarán los recientes hallazgos a la creencia de que Adán era vizcaíno), todos somos fruto de la infracción de un venerable tabú. Ahora bien, con tales precedentes, ¿no será ya hora de incluir la zoofilia entre las opciones sexuales respetables? Por si la dulce Bibiana o su corte de los milagros lo ignoran, el progresismo en cuyas filas militan cuenta con un precursor ilustre de esta idea, el padrecito Stalin, quien empleó parte del oro de Moscú en experimentos encaminados a lograr híbridos de hombres y primates, sin éxito.

Y llegamos al último chiste. Lo ha contado un articulista del país, Carles Lalueza-Fox, investigador del CSIC., y es para partirse. Dice así: “Con los datos generados por el Proyecto Genoma Neandertal podemos empezar por fin a construir una definición objetiva de lo que significa ser humano. Este ideal, perseguido desde hace milenios por teorías filosóficas sin base empírica, puede acotarse estudiando aquellos genes que son diferentes entre los neandertales y nosotros (…) Este trabajo durará muchos años, pero nos permitirá entender al fin en qué somos diferentes de los otros humanos del pasado, en qué somos únicos. Nos permitirá, en cierta manera, ser nosotros mismos”

Como después del último Consejo de Ministros hay millones de españoles noqueados, les explicaré el chistecito por si no lo han pillado. Lalueza dice que los hombres no han podido ser ellos mismos hasta ahora debido al desconocimiento de ciertos genes neandertales y que las cosas, venturosamente, van a cambiar. En cuanto sepamos distinguir el gen RPTN del SPAG estaremos en condiciones de ser nosotros mismos, igual que el señor Lalueza. La gracia está en que si lo único que una persona necesita para ser él mismo es saber que comparte unos genes con los neandertales, debe tener un sí mismo minúsculo, un sí mismo que no se ve, demasiado pequeño quizás para erigirse, con tanta pompa y circunstancia, en el macho dominante de la especie.

Pero no quiero ensañarme con algo tan chico. Mejor les dejo una pregunta: ¿para esto no hemos liberado de la tutela de los sacerdotes?
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios