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Un Parlamento en el alero

Alejandro Muñoz-Alonso
sábado 15 de mayo de 2010, 20:57h
Nadie puede razonablemente poner en duda que el triunfador de las elecciones británicas ha sido David Cameron y su Partido Conservador, pero le ha faltado eso que en España hemos llamado a menudo “mayoría suficiente para gobernar”, más exactamente, le ha faltado la mayoría absoluta. Algo que en el Reino Unido es una novedad que se da sólo muy de tarde en tarde, pues su sistema electoral está precisamente diseñado para evitarlo. Durante décadas he explicado a mis alumnos que los sistemas electorales sirven para dos cosas igualmente importantes y necesarias ambas. En primer lugar, para representar de la manera más exacta posible la distribución de tendencias y opiniones en la sociedad, pero evitando “fragmentaciones excesivas de la Cámara”, como sabiamente decía la Ley para la Reforma Política, aprobada por referéndum de los españoles en el ya lejano año de 1976. En segundo lugar, para conseguir sólidas mayorías parlamentarias que puedan sustentar Gobiernos eficaces y responsables. Los azares de la historia predispusieron a los británicos para optar preferentemente por el modelo mayoritario que favorece esta segunda exigencia. Tradicionalmente tenían sólo dos partidos, el tory y el whig, y su sistema electoral era el mayoritario de distritos uninominales. En cada distrito se elige un solo miembro para la Cámara de los Comunes y en cada uno de ellos competían, por lo general, sólo dos candidatos, uno de cada partido. Uno ganaba, el otro perdía y santas pascuas. El sistema electoral se adaptaba como un guante a su tradicional bipartidismo.


Pero las cosas empezaron a cambiar a principios del siglo XX cuando apareció el Partido Laborista, fundado por las Trade Unions, esto es los sindicatos. La tendencia al bipartidismo del sistema electoral mayoritario fue tan fuerte que, en menos de un cuarto de siglo, los liberales quedaron reducidos a la mínima expresión, en beneficio de los laboristas, que se alzaron como única alternativa a los conservadores. El proceso fue ayudado, desde luego, por la decadencia interna del Partido Liberal (los clásicos whigs) por su división entre las facciones de Asquith y Lloyd George y la producida a causa del problema de Irlanda. Por cierto, que aquella fue la época del Churchill liberal, que en 1904 había abandonado su familiar Partido Conservador, por fidelidad a sus ideas librecambistas de las que su formación había renegado. El eclipse liberal ha sido largo –durante mucho tiempo se decía que todos los parlamentarios liberales podían ir a Westminster en un solo taxi- pero empezaron a resucitar en los años ochenta del siglo pasado, especialmente cuando el ala derecha del Partido Laborista (eran los tiempos del radicalismo izquierdista de Michael Foot, recientemente fallecido) se escindió y fundó un pequeño Partido Socialdemócrata que, tras un periodo de alianza electoral, acabó fusionándose con el Partido Liberal, denominado a partir de aquel momento Liberal-Demócrata.

Desde entonces existe, de hecho, un tripartidismo en Gran Bretaña y cada vez es más evidente la inadecuación del actual sistema electoral, no sólo porque el diseño geográfico de los distritos es totalmente inadecuado, en beneficio casi siempre de los laboristas (algunos distritos son tan pequeños que podrían parecerse a los famosos “burgos podridos” del siglo XVIII o las prácticas del “gerrymandering” de algunos momentos de la historia norteamericana), sino porque es netamente injusto para el tercer partido, esto es los lib-dem, como por allí les llaman. La alarma saltó ya en las elecciones de 1983 cuando las encuestas vaticinaban que los laboristas podían quedar arrumbados en la cuneta electoral, en beneficio de la todavía entonces alianza, precedente de los actuales lib-dem. Casi les alcanzaron en votos pues mientras los laboristas obtuvieron el 27’6 por ciento de los votos emitidos, los lib-dem se quedaron en el 25’3 por ciento, mientras los conservadores, con Thatcher a la cabeza, se alzaron con el 42’4 por ciento. Pero el reparto de los escaños es impresionante: Los conservadores obtuvieron 397 escaños (el 61’01 por ciento del total de los 650 escaños de la Cámara de los Comunes); los laboristas, 209 escaños (el 32’16 por ciento de los escaños)…y los lib-med, se tuvieron que conformar con 23 escaños (el 3’54 por ciento del total). Nunca he sido un entusiasta del sistema proporcional, sino todo los contrario, pero una desproporción tan abismal entre el porcentaje de los votos y el de los escaños no parece admisible en una democracia representativa que, de hecho, tira a la basura millones de votos, simplemente porque estaban demasiado dispersos.

Los resultados del pasado jueves son del mismo tipo. Los conservadores, con el 36’1 por ciento de los votos obtienen 306 escaños, esto es el 47’07 del total de la Cámara; los laboristas, con el 29 por ciento de los votos, ganan 258 escaños, esto es el 39’69 del total. Los pobres lib-dem con el 23 por ciento de los votos se tienen que conformar con 57 escaños, que son sólo el 8’76 por ciento del total. Los británicos tienen que decidir si esto es sostenible, pues no se trata de una minoría insignificante, de esas que no llegan ni al 3 por ciento de los votos, sino, prácticamente, de la cuarta parte de los votantes. Y lo que no se puede decir es que las pasadas elecciones podrían considerarse como un referéndum sobre el sistema electoral ya que el único partido que hizo campaña por la reforma electoral fueron precisamente los lib-dem y sus malos resultados serían una negativa a cambiar el sistema. No parece admisible esa conclusión. Además, ¿cómo van a proponer los conservadores o los laboristas la reforma de un sistema que siempre les favorece abusivamente? Quizás este Parlamento “colgado”, como dicen allí, sea la ocasión para plantear la cuestión. Y quiero insistir que no soy, ni mucho menos, un partidario del proporcional puro sino, más bien un nostálgico del distrito uninominal que no existe en España. Pero no parece que se pueda maltratar y despreciar a la cuarta parte de los votantes ¿Por qué no ensayar un sistema mixto, como el alemán o una fórmula a dos vueltas, como la francesa? En fin, que Cameron gobierne, que por algo ha ganado las elecciones, y que le vayan bien las negociaciones con Clegg. Allí, como aquí, el socialismo ha dado de sí –o, más bien, de no- todo lo que podía. Y ya es hora de ventilar…

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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