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Todo es culpa de Disney

Regina Martínez Idarreta
domingo 16 de mayo de 2010, 13:42h
Dicen que las expectativas son la causa de la infelicidad. Si no nos empeñáramos en ponernos objetivos, en imaginarnos cómo nos irán las cosas o cómo estaremos en equis tiempo, seríamos mucho más felices porque no tendríamos una dorada imagen con la que comparar la gris realidad. Los sueños, pues, son la fuente de al infelicidad, el lastre que nos impide disfrutar de esos pequeños detalles que los psicólogos tanto predican. Pero cómo no hacerlo cuando esas expectativas de un supuesto futuro mejor son las que nos alivian en los días malos. Si hasta unos cuantos listillos se dieron cuenta hace muchos, muchos años que la mejor manera de tener tranquilitos al resto de la humanidad era prometerles que quien más sufra en esta vida, mejor estará en la siguiente. ¿Hay expectativa más brutal que esa? No sé que nos esperará después de muertos, pero dudo que pueda llegar al nivel de lo que esperan todas esas personas que en la existencia terrenal se han comido todos los marrones esperando verse recompensados en el cielo.

Hace tiempo leí en un libro que las personas con imaginación son las que antes se hunden en una tortura. Las que cantan antes, vamos. Para ellos el suplicio comienza mucho antes de que el martirio se haga físico, desde el momento en que su cabeza proyecta todas las perrerías que van a sufrir y el insportable tormento que supondrán. Para cuando llega la hora de la verdad, están tan hundidos psicológicamente que no aguantan ni un asalto.

La verdad es que visto así, parece que eso de tener demasiada imaginación no es nada bueno. Ser capaz de imaginar toda una historia detrás del crujido de una tabla, en vez de asumir que es eso, simplemente una tabla que cruje; morirse de miedo al caminar popr un pasillo a oscuras; ser capaz de visualizar los ojos acechantes que te observan detrás de unas simples cortinas; agonizar de pena esperando a un principe azul que no llega; ser incapaz de asumir que tu día a día no tiene nada que ver con aquél que imaginaste… Todo ello son consecuencias de una imaginación traicionera que nos acompaña durante los ratos de soledad pero que se esconde vergonzosa cuando la realidad se empeña en dejar al airre sus tretas.

Pero bueno, yo que soy una persona con bastante imaginación, también he de decir que gracias a ella la vida también tiene otro color. Porque no estaría mal eso de no pensar demasiado, de ser práctico al 100%, vivir el momento y no crearse expectativas, pero… ¿no acabaría siendo un poco aburrido? ¿No perderáimos muchos matices que también importan? Porque las cosas no sólo se viven cuando pasan. Como los cuentos de Julio Cortázar, que empiezan en el papel pero terminan, cada uno de diferente manera, en la cabeza de quien los lee, las cosas tienen un antes, un mientras y un después. Las buenas, al menos, hay que saborearlas con fruición, porque si nos limitamos simplemente a los segundos que duran oficialemente, parece como que la cosa sabe a poco, ¿no? Vivir la vida sin áura, sin unos preliminares que comienzan en la cabeza, que saltan y se desarrollan en la realidad y que luego reconstruimos de nuevo en nuestra mente, nos condena a una mera sucesión de momentos anodinos. Supongo que hace falta un aliño que convierta las hechos en experiencias dignas de ser contadas, aunque esto conlleve el riesgo de vivir en una montaña rusa constante.

En Olvidado Rey Gudú –uno de mis libros favoritos- Ana María Matute cuenta la historia de una reina que, después de sufrir lo indecible por amor, decide evitarle ese sufrimiento a su hijo extirpándole desde niño la capacidad de amar a cualquier ser vivo. Obviamente, así te ahorras todos los disgustos que traen las decepciones, el miedo a perder al ser amado o la terrorífica dependencia hacia quien nos ha robado el corazón. Pero… ¿qué razón nos quedaría entonces para vivir? De la misma forma, a pesar del ‘peligro’ de las expectativas, una vida sin imaginación debe de ser tan aburrida que no merece la pena vivirla.

Regina Martínez Idarreta

Periodista

Regina Martínez Idarreta es investigadora del Instituto Universitario Ortega y Gasset

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