El poder destructor del catalanismo
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 17 de mayo de 2010, 19:18h
A comienzos de la segunda década del pasado siglo, la poderosa emergencia del catalanismo de signo conservador coadyuvó en medida muy destacada al irremediable cuarteamiento del turnismo bipartidista, base y articulación por excelencia del sistema canovista, conforme es harto sabido. Según algunos estudiosos, la capacidad devastadora de esa fuerza nacionalista en dicha coyuntura que llegó a desmoronar por entero el entramado de la Restauración, desahuciando de facto al régimen alfonsino mucho antes de que llegase 1931.
Sin necesidad de rubricar tal análisis ni tampoco de hipostasiar la fuerza encarnada por la Lliga en torno a la primera guerra mundial, puede, sin embargo, afirmarse que el desafío nacionalista encarnado por el dúo Prat de la Riba-Cambó –formidable alianza de teoría y praxis, pensamiento y acción– resquebrajó considerablemente los fundamentos de los partidos dinásticos. Ante unas organizaciones en crisis de liderazgo, el admirable timing de freno y arrancada de las peticiones a “Madrid” de las dos principales figuras del catalanismo conservador hizo saltar por los aires la ya por entonces débil cohesión de una y otra fuerza del turnismo. Aunque con Canalejas –en sintonía empírea con Cambó- la reiterada solicitud de una Mancomunidad de las Diputaciones Provinciales del Principado consiguió abrirse paso en el Cámara Baja en medio de grandes dificultades surgidas de las mismas filas del partido gobernante que la veían como una importante cesión de soberanía, la implosión se produciría cuando el sucesor de Canalejas, Romanones, llevó la tramitación del proyecto al Senado –octubre de 1913-. Sería, no obstante, Dato el que sancionase dos meses después la ley de erección del principal vehículo de catalanización durante el decisivo decenio de su funcionamiento: enero, 1914/ mayo, 1925.
A la desintegración del viejo partido sagastino siguió, según se recordará, el de su oponente tradicional, también en los pródromos de la Gran Guerra. Conforme a la tesis de varios prestigiosos contemporaneístas, el deseo del caudillo de los “idóneos” y, sobre todo, de su ministro de la Gobernación, el cordobés J. Sánchez Guerra, de aquistarse la voluntad de la Lliga cara a la inminente convocatoria de Cortes -en la que se pronosticaba un revival de las huestes mauristas- determinó que Dato acelerase el curso parlamentario de la Mancomunidad de Catalunya. Tras ello, la distancia que separaba a las dos fracciones del conservadurismo español se ensanchó más, acentuándose el marginamiento de Maura.
Como es lógico, la experiencia histórica ha de analizarse con suma circunspección y delicadeza para evitar el peligro de la deturpación, siempre al acecho. El que ha un siglo el catalanismo fuese un factor de indudable trascendencia en la corrosión del bipartidismo de la Restauración, en manera alguna puede esgrimirse como una amenaza al desenvolvimiento hodierno de la trayectoria política surgida de la Transición y la Constitución de 1978. La persistencia, empero, en nuestro paisaje social de amplios tramos con señalados rasgos novecentistas y aun ochocentistas, especialmente en el diálogo entre periferia y centro, obliga a traer a la actualidad o, al menos, hace quizás oportuna la evocación de tiempos de provechosa relectura o revisita por unas generaciones como las presentes no muy inclinadas al comercio frecuente con la altiva y aleccionadora Clío.